La Invitada CAPÍTULO 24
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CAPÍTULO 24

LORENA

Aprender a jugar

A veces tengo la impresión de que la vida te pone cerca de ti a las personas que necesitas justo en el momento en el que las necesitas.

A veces no solo ocurre con las personas, sino también con situaciones muy concretas.

Es como si por un lado te pusiese en un aprieto y por otro te estuviese ofreciendo pistas sobre cómo superar esa situación.

A veces pienso que la vida es como un juego al que hay que aprender a jugar, en eso consiste todo. Aprender a jugar.

Estás triste y la vida te pone a alguien que te alegra.

Tienes una crisis de pareja y te encuentras con una antigua amiga que hace unos meses pasó por lo mismo y te da unos consejos de maravilla, precisamente porque ya ha vivido lo mismo que tú.

Tienes un problema económico y al día siguiente te llama tu madre para preguntarte si necesitas algo.

Esto no siempre ocurre, no es matemático, pero digamos que sí ocurre con la suficiente frecuencia como para que, aparte de sorprendernos, nos preguntemos qué más hay ahí fuera y por qué juega con nosotros de esa manera, o, mejor dicho, en qué consiste el juego que nos rodea y por qué no nos dejamos de enfadar y empezamos a jugar de verdad. Sin malos rollos.

Mi fisioterapeuta me ha estado contando que hace poco pilló a su mujer con otro.

Ella le dijo que lo hizo porque ya no lo quería igual, necesitaba algo más en su vida, porque la realidad es que en su día a día, se aburría.

Que lo quería muchísimo, pero que ella necesitaba otra cosa distinta.

Cuando le pregunté cómo estaba, él me respondió con un simple y sincero: mejor que nunca .

Lo que a veces experimentamos como una tragedia, como un gran problema, resulta ser nuestra salvación.

Me ha dicho también que la mayoría de los cambios ocurren para bien, para mejor, que siempre podemos obtener un aprendizaje de todo aquello que nos pasa y que ese aprendizaje nos acerca un poco a más a esa vida que rebosa calma, paz y felicidad, esa vida a la que todo el mundo aspira.

Además de la conversación tan apropiada y tranquilizadora que hemos tenido, el masaje que me ha hecho ha sido divino.

Podría decirse que la Lorena que ha salido de su consulta ha sido una muy distinta de la que ha entrado.

Después ha llegado la sesión como mi psicóloga, Andrea García.

Y como si tuviese el poder de leerme la mente, ha sabido con una exactitud casi milimétrica lo que me ocurría, el verdadero motivo de mi presencia de urgencia en su consulta: el miedo.

El miedo a la incertidumbre.

Si hay algo a lo que la mayoría de seres humanos teme, es a no saber qué va a pasar. A no tener el control sobre los acontecimientos que podrían influir en tu vida, sobre todo en lo referente a los acontecimientos que consideramos negativos.

En mi caso, mi miedo es más común de lo que parece.

El juego de la vida nos sacude a todos cuando llegamos a los cuarenta, es como si quisiera despertarnos, espabilarnos.

Sí, está claro que hay algo en todos nosotros y nosotras que nos empuja a mirarnos siempre el ombligo y pensar solo en nosotros, en que nuestro problema es exclusivo, es nuestro y solo nuestro, pero esa no es la verdad.

Esa visión solo aumenta el problema, porque te hace sentir más sola, y que tu supuesta desgracia es mayor de lo que es.

El problema, en realidad, no es nuestro, es una prueba del juego por la que todos pasamos.

Llegar a los cuarenta, tener dudas de tu pareja, el desamor, la incertidumbre o los problemas de salud, son pantallas del juego por las que todo el mundo ha de pasar si quiere llegar al final de la partida, si quiere seguir jugando.

Pensar así, con una visión digamos que más externa y menos propia, ayuda a ver las cosas de otra manera, como menos graves o trascendentales.

Lo que nos ocurre es lo mismo que le ocurría a una mujer en la época victoriana, o en la edad media, o en el antiguo egipto.

Está claro que la versión del juego que estamos jugando es como una versión más moderna, una versión dos punto cero, pero es el mismo juego.

Andrea no me ha hablado en esos términos exactos, pero lo que me ha transmitido equivale a lo mismo.

También me ha dicho que la mayoría de las cosas que nos preocupan y que conforman el corazón de todos nuestros miedos, no llegan nunca a cumplirse.

Son elucubraciones de nuestra mente que se acrecientan cuando está especialmente dispersa.

Y así estoy yo últimamente, muy dispersa.

Es como si de repente no supiera lo que quiero, ni lo que me gusta, ni quién soy.

Me ha dado unas cuantas pautas para trabajar esa ansiedad y ese pensamiento negativo recurrente, para salir del bucle con rapidez y no entrar en estados alterados de conciencia.

He salido de su consulta completamente renovada, pensando que mi vida es maravillosa tal y como es, que no me hace falta nada.

Que Javier me sigue queriendo igual, que no se fija en mujeres más jóvenes y afines a él como Ana.

Que las niñas me adoran. Y que sí sé quién soy y lo que quiero.

He respirado hondo y me he llenado de calma, paz y felicidad.

Todo ha sido perfecto durante unos segundos, hasta que he mirado el puto móvil y he visto los mensajes de Javier diciéndome que estaba otra vez en el centro comercial con las niñas y con Ana.

Que iban a ir al cine. Que si me apuntaba.

Este tío se cree que soy idiota. Me pregunta que si me apunto al cine media hora antes de que empiece la película.

Si realmente hubiese querido que fuese me lo habría dicho con la suficiente antelación para que me pudiese planificar y poder llegar.

Pero esto es una verdadera puñalada trapera.

Solo faltaría que también se hubiesen ido otra vez de tiendas.

Reconozco que hay algo en ese gesto que me enerva en exceso.

Creo sinceramente que el mero hecho de que un hombre acompañe a una mujer a que se compre ropa, ya significa algo.

Es como el acceso a una parcela de intimidad a la que solo se les permite la entrada a aquellas personas o muy allegadas, o con un interés sentimental detrás.

Y cuando la ropa en cuestión es interior, entonces ya no hay más que hablar, hay algo.

Me intento tranquilizar siguiendo las pautas y haciendo los ejercicios mentales que me acaba de sugerir Andrea, pero no me resulta nada fácil.

Elaboro frases cortas que se opongan a mis pensamientos negativos y los repito una y otra vez en mi cabeza, tal y como Andrea me ha enseñado: Javier me ha avisado de lo del cine justo cuando lo han decidido, no se ha esperado a decírmelo a última hora a propósito.

Javier y Ana no han vuelto a ir de tiendas, y muchísimo menos a una tienda de ropa interior, eso nunca, lo de ayer fue algo puramente inocente y casual.

Javier me sigue viendo igual que cuando se enamoró de mí y dejó a su por aquel entonces mujer.

Las niñas me quieren y me ven como a la madre ideal, la madre perfecta, no piensan que Ana sería una mejor madre para ellas, de ninguna manera.

Para mi sorpresa, los ejercicios de Andrea funcionan, son como el antídoto contra los pensamientos recurrentes negativos.

Sonrío como una adolescente mientras camino por la avenida Peris y Valero camino de mi coche.

Pero entonces me entra otro mensaje que hace que se me revuelvan las tripas otra vez.

Joder. Es de una mamá del cole, la mamá de Cloe, se llama Isabella.

No me ha escrito en la vida, y me escribe hoy para preguntarme por la mujer con la que Javier ha recogido a las niñas dos días seguidos.

¿Qué coño le importa eso a ella? Me pregunta que, si es mi hermana, o mi cuñada.

Me pongo tan cardiaca que ni tan siquiera respondo.

Y sin pararme ni a pensarlo ni a meditarlo, le escribo a David movida por un arrebato.

Lo cierto es que llevo todo el día con él en la cabeza.

No en plan obsesivo, como en su día me pasó con Javier, pero digamos que lo he tenido en una especie de segundo plano, como el mueble del salón que tu subconsciente ve siempre tras la televisión.

Le pido disculpas por haber sido un poco borde hoy con él cuando me ha propuesto ir a comer y le digo que si tiene un rato nos podemos tomar una cerveza ahora.

Me responde casi al instante para decirme que sí, que para mí siempre tiene un rato.

Me arranca una sonrisa tan grande como para hacerme olvidar momentáneamente todo lo negativo que está invadiendo de nuevo mi cuerpo y mi cabeza.

Quedamos sobre las ocho y media en una cervecería del barrio de Ruzafa. Lleva un look más desenfadado del que suele llevar en el trabajo. Unos vaqueros desgastados, una camiseta negra con el cuello de pico que le está bastante ceñida y unas zapatillas Converse.