CAPÍTULO 23
JAVIER
Justo antes de que todo lo malo pasara
Al final, Cristina y yo terminamos comiendo juntos.
Y lo cierto es que no me he de esforzar mucho para pasar un rato agradable.
La gente cambia mucho cuando la ves en un ambiente distinto al habitual.
Al principio, nada más verla, instintivamente me puse en guardia.
No solo iba mucho más arreglada de como suele hacerlo para venir al trabajo, también tenía la pinta de estar a punto de desmoronarse.
Tenía cara de haber estado llorando durante bastantes horas.
Pero en cuanto le dio unos cuantos sorbos a la cerveza que se pidió, cambió radicalmente.
Se relajó. Es como si se hubiese quitado durante un rato la máscara que sostenía cada día y me hubiese dejar ver su lado más humano y natural, y ese lado, para mayor contrariedad, fue mucho más agradable de lo que intenta aparentar cada día.
Me ha pasado más veces a lo largo de esta vida, encontrarme con personas que fingían ser de una manera para ocultar su verdadero yo, el cual resultaba ser mucho más atractivo y divertido que aquello que aparentaban ser.
Por norma general, imitar o intentar parecerse a algo puede estar bien en un inicio, pero a la larga cada uno ha de seguir su propio camino, de lo contrario acabas viviendo una vida que no es la tuya.
Cristina me estuvo contando la historia de su relación fallida con su marido, cómo fue cuando descubrió que él tenía una amante, lo realmente humillante que fue enterarse de que, además, la amante era una chica que ella conocía.
También me contó lo complicado que estaba siendo el divorcio, él quería dejarla sin nada, se sentía como si hubiese tirado a la basura muchos años de su vida, porque ella tenía la ilusión de ser madre, construir una familia, y ahora todo eso ya no iba a ser posible.
Yo traté de animarla diciéndole que lo que a veces parece un problema, un obstáculo, en realidad es el preludio de algo bueno que está a punto de ocurrir en tu vida.
⸺No lo sé, Javier, no entiendo por qué la gente hace ese tipo de cosas, la infidelidad es algo horrible.
Pienso durante un par de segundos qué responder.
⸺Sí, efectivamente, lo es. Pero tienes que pensar que si esa persona no te valoraba es porque alguien habrá que si lo hará.
⸺Eso es muy fácil de decir, sobre todo para vosotros los hombres, nosotras lo tenemos más complicado, a medida que pasan los años estamos cada día más feas. Las posibilidades de encontrar a alguien decente se reducen a medida que cumples años, como suele decirse, todo lo bueno ya está pillado.
⸺Lo dices como si fueses una mujer mayor.
⸺Es que lo soy.
⸺Venga ya, Cristina, eso si que no lo admito, eres jovencísima y tienes toda la vida por delante para conocer a un hombre que te valore lo suficiente, como te mereces, y que te diga lo que guapa que eres todos los días.
⸺¿En serio crees que soy guapa? ⸺pregunta Cristina, casi con una súplica en la cara. Necesita un refuerzo del que yo no soy el más indicado para dárselo, pero tampoco creo que sea bueno darle un golpe bajo ahora.
⸺Sí, Cristina, por supuesto que lo creo, como también creo que es algo que deben pensar la mayoría de hombres con los que te cruzas a diario ⸺digo para restarle algo de peso y trascendencia a mis palabras, pero lejos de ello, hacen que el rostro de Cristina se ilumine por completo.
Durante unos segundos no dice nada, solo me mira embelesada. Hubiera preferido que dijese algo, así tendría la oportunidad de arreglar un poco mis palabras.
Nos despedimos con un fuerte abrazo. Cristina me da las gracias y me dice que tenía razón, que salir le ha sentado de maravilla, que si me apetece otro día podríamos repetir. Yo le digo que claro, que repetimos otro día, que me alegro muchísimo de que ya vea las cosas de otra manera.
Sin tiempo para reflexionar sobre mi quedada con Cristina, paso a por Ana para ir juntos a por las niñas, tal y como habíamos quedado.
Pienso en Lorena, en que no sé nada de ella desde esta mañana.
No es normal tanto silencio. Generalmente, cuando llevo todo el día sin escribirle, ella da señales de vida, pero está muy callada, así que me temo que los demonios internos de los que me habló anoche hayan vuelto a la carga.
Así que me digo que, si le escribo, y ella me dice que está mal, estaré obligado a intentar consolarla, a intentar llegar a ella, entenderla, y no sé si me apetece todo eso ahora.
Estoy en una fase de mi vida en la que he decidido ir soltando mi rol de “salvador”, y con Lorena es con quien más dentro de ese rol me siento.
Cuando Ana se sube a mi MG me llega un exquisito aroma que me resulta familiar.
Durante unos segundos no sé bien qué es, pero al final me viene a la cabeza el exclusivo perfume que le regalé a Lorena hace un par de aniversarios.
Me pregunto fugazmente si Ana se habrá puesto ese perfume casualmente o tras un largo castin a través de todo el tocador de Lorena.
Lleva puesto uno de los vestidos que se compró ayer.
Es bastante más corto de lo que imaginaba, prácticamente deja al desnudo la mayor parte de sus piernas, no obstante, al tener algo de vuelo, no da la impresión de ser provocador en exceso, es, simplemente, una prenda elegante a la par que sensual. Un cóctel mortal.
Me pregunta por mi día en el trabajo y yo le hablo de los cambios que estoy introduciendo en mi vida, de mi quedada para comer con Cristina, una de mis administrativas.
Ella me dice que todo eso dice mucho de mí, que soy un gran hombre que intenta ser mejor cada día, que no solo se desvive por su familia, sino que también tiene tiempo para ayudar a los demás, como, por ejemplo, ella.
Yo le respondo que solo trato de reparar aquellas cosas que hago mal, de equilibrar la balanza entre mi parte buena y mi parte mala.
⸺Anda ya, tú no tienes parte mala, Javier, eres un santo.
⸺Qué va, qué más quisiera, hay cosas que he hecho de las que sí me arrepiento, y bastante, además.
⸺No me lo creo, qué cosas, a ver, sorpréndeme.
La miro y veo que ella me observa con esa sonrisa tan encandiladora. Me da la impresión de que todavía tiene el pelo más brillante de lo que lo tenía ayer. No sé cómo es posible que mantenga esos rizos tan esponjosos y flexibles. Aparco frente al colegio de las niñas.
⸺Esas historias las dejamos mejor para otro día, vamos a por las niñas ⸺digo dotando a mis palabras de un aire más enigmático del que me hubiese gustado. Es ese tipo de enigma por el cual la gente seguirá preguntándose hasta averiguarlo.
Cuando recogemos a las niñas, Natalia y Martina se abrazan a Ana con felicidad, como si la conociesen de toda la vida.
Es raro, es como si tuviese un extraño y potente magnetismo hacia ellas, y hacia mí.
Me fijo en que hay algunas madres que observan la escena y ponen el foco en las piernas de Ana, luego me miran a mí, supongo que en busca de algún tipo de gesto que les pueda decir qué tipo de relación o parentesco puede existir entre Ana y las niñas y entre Ana y yo, claro.
Al final va a tener razón Lorena, no sé si el hecho de que Ana venga conmigo a recoger a las niñas va a ser buena idea, más que nada por los comentarios de la gente.
Trato de quitarme esas paranoias de la cabeza y me centro en disfrutar de la tarde, en mi nuevo yo.
Tal y como habíamos hablado esta mañana, ponemos rumbo al cine.
Las niñas están muy ilusionadas, dicen que han estado todo el día pensando en ello y que tienen muchas ganas.
Con Lorena nunca hacemos este tipo de cosas entre semana.
Siempre hay una obligación que atender, alguna extraescolar a la que nunca se puede fallar, algún cumpleaños, preparar meriendas y cenas, preparar baños, limpiar.
Es como si el ocio y la diversión hubiesen sido recluidos al fin de semana y el resto de los días fuesen un puro trámite por el que hay que pasar para poder llegar a esas pequeñas islas de libertad provisional.
Cuando llegamos al cine sigo sin saber nada de Lorena, y entonces sí le escribo para saber dónde está. Le pregunto si le apetece venirse al cine. Pero tiene el móvil apagado o sin cobertura. Algo raro en ella.
Me quito de la cabeza el miedo a su posible reacción, a un posible enfado, y me concentro en pasar una bonita tarde con Ana y las niñas.
Lorena ya es mayorcita y sabe cuidar de sí misma.
Y lo cierto es que pasamos una tarde maravillosa.
Después del cine damos una vuelta por el centro comercial y hacemos una pequeña parada en una tienda de ropa interior.
Ana necesita un par de prendas que no tuvo tiempo de comprar el día anterior.
Durante unos minutos me siento bastante incómodo, más que nada por la situación que vivimos ayer por la tarde noche, si Lorena se entera de que he acompañado a Ana a comprarse ropa interior, no sé cómo reaccionará.
Miro el teléfono móvil y veo que ya le han entrado los mensajes, que me ha leído, pero no me ha respondido.
Me extraña muchísimo. Me pregunto si debería llamarla, pero tampoco quiero agobiarla.
Vuelvo a escribirle preguntándole qué tal está y ahora sí me responde que bien, que ha quedado para tomar algo con una amiga y volverá a casa enseguida.
Me tranquiliza el tono con el que Lorena me escribe los mensajes.
Cuando Ana termina de comprar ponemos rumbo a casa para ir preparando la cena, pero ocurre algo extraño.
Nos cruzamos con una pareja de unos cincuenta y largos.
Ella tiene un perro tamaño mini en los brazos, creo que es un Foxterrier, él se queda mirando fijamente a Ana, quien tengo la impresión de que, con independencia de si lo ha visto o no, acelera como puede el paso, teniendo en cuenta que va con una muleta.
Tras caminar unos cuantos pasos, me giro y veo que el hombre todavía sigue mirando.
Me pregunto si la conoce y por qué la mira así.
Al llegar a casa, mientras las niñas se pegan una ducha, ayudo a Ana a preparar la cena a la espera de que llegue Lorena.
Como ya suele ser habitual, el menú de Ana es espectacular.
No es hasta las nueve y media más o menos cuando Martina, la pequeña, y ya con la cena en la mesa, empieza a preguntar por qué no llega su madre.