La Invitada CAPÍTULO 20
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CAPÍTULO 20

LORENA

Esto es una pesadilla

Apenas he pegado ojo en toda la noche, y eso que sobre la una de la madrugada decidí tomarte un Valium, viendo que mi cabeza no paraba y que las horas pasaban cada vez más rápidas.

Cuando me despierto parece que tenga resaca. Lo peor de tener una mala noche como la que yo acabo de tener es cuando consigues dormirte justo antes que llegue la hora de despertarte. Hace que te levantes con muy mal cuerpo.

Como es normal en él, Javier ya se ha levantado. No está en el cuarto. Son las ocho menos diez, me pregunto si, como ayer, hoy también estará desayunando tranquilamente con nuestra estupenda invitada o ya se habrá ido, como era habitual en él hasta hace un día.

Inspiro profundamente tratando de recoger con mi olfato algún tipo de información que me diga si en la planta baja de mi casa, concretamente en mi maravillosa cocina, alguien ha preparado tortitas americanas o cualquier otro espectacular desayuno. Afortunadamente, a mi nariz no llega nada.

Entro en la ducha percibiendo un incipiente dolor en la parte superior de ambos muslos.

Imagino que son el principio de unas molestas y potente agujetas fruto de la clase de gimnasia de ayer.

Ahora es cuando debo enfrentarme a la crucial decisión de esperar unos días a que las agujetas pasen, cosa que puede alargarse casi una semana, o tirar para delante a pesar del dolor y seguir con el plan de entrenamiento, con la puesta en forma.

Dejo que caiga el agua de la ducha sobre mi cabeza, a ver si me despeja y me aclara las ideas.

Tengo cuarenta años, y he conseguido todo cuanto anhelaba, todo cuanto deseaba y quería, pero me encuentro más perdida que nunca.

Quisiera saber qué me pasa, si esto es normal, si hay más personas como yo, en la misma situación que yo, quisiera ser feliz, sonreír, no estar siempre enfadada, o cansada, o dándole vueltas a la cabeza a preocupaciones que, en el fondo, no tienen demasiada importancia.

Pero me encuentro como atrapada en una especie de trampa de la que no soy capaz de salir.

Siento que no llego a nada, que no soy suficiente, que no soy ni excelente, ni tan siquiera buena, en nada.

Soy como el primer borrador de una imagen totalmente desdibujada y deformada de lo que yo soñaba con llegar a ser a esta edad: una mujer sin miedo a enfrentarme a un nuevo día, sin la preocupación constante de qué va a ser de mi vida, segura de sí misma, valiente, poderosa, que se respetase y quisiese a sí misma tal y como es.

Pero no soy nada de eso, todo lo contrario, cada día me alejo un poco más.

Creo la cena de anoche fue con mucha la más complicada, humillante y dolorosa de cuantas he vivido.

Tras mi descomunal grito, y posterior recomposición tras mi conversación con Javier, no era plan de volver a montar otra escena en plena cena, aunque motivos no me faltaban.

Cuando bajé las escaleras me sentí totalmente pisoteada cuando vi la cena que Ana había preparado con la ayuda de mis dos hijas.

Una exquisitez tras otra sin ni siquiera salir a hacer la compra ni demasiado tiempo para pensar.

Esa mujer me hizo sentir la peor ama de casa del mundo.

Esa mujer, para más inri, va a la pata coja, está siempre sonriente, con la piel resplandeciente y sabe tocar la guitarra.

Y para colmo, no guarda ni enfado, rencor o preocupación por haber perdido el importante puesto de trabajo al que optaba.

Es como si estuviese tan segura de sí misma que no tuviese miedo a nada.

Pero lo peor de todo no fue lo de la cena, lo peor fue cuando comentaron con gracia la tarde que habían pasado los cuatro juntos en el centro comercial.

Fui yo la que le pedí a Javier que fuese a recoger a las niñas, lo que nunca imaginé es que lo fuese a acompañar Ana, menos aún que, tras ello, se fuesen de compras para que ella estuviese todavía más estupenda.

Solo el hecho de imaginar a Ana en los probadores de Zara y a Javier y a las niñas esperando fuera para dar su opinión acerca de lo bien que le quedaban todas las prendas, hizo que se me helase la sangre por completo.

Y eso por no hablar de su paso por las tiendas de ropa interior, como Women´s Secret o Intimissimi.

Eso no me atrevo ni a imaginarlo, porque me pongo realmente mala.

Pero cuando salgo de la ducha se cuela en mi cabeza la imagen de Ana decantándose por el tanga o la braga brasileña, por el color rojo o el negro, los básicos o con encaje.

Intento apartar todas esas imágenes de mi cabeza pensando en Verónica llorando, o en David tirándome los trastos, pero en esta ocasión no me funciona.

Las imágenes de anoche, las imágenes del dolor, son mucho más poderosas.

Me pruebo algo de la ropa que me compré ayer, pero es como si fuese otra persona la estuvo de compras. Parece nada me siente bien. Si ayer me sentía gorda y fea, hoy soy como un monstruo amorfo.

Me decanto por algo poco llamativo, recatado. Incluso dejo a un lado el zapato de tacón que tan bien me hace sentir y me pongo un zapato plano muy discreto. Es como si una parte de mí quisiera empujarme todavía más hondo del lugar en el que me encuentro.

Cuando bajo a la cocina de mi casa, descubro que la pesadilla, lejos de terminar, ha empeorado.

Javier todavía está desayunando, como ayer, Ana no ha hecho tortitas, ha hecho un desayuno ultra saludable y muy apetecible a base de fruta, huevos revueltos y un café que no sé cómo lo ha hecho pero que huele infinitamente mejor que el que Javier y yo hacemos.

Pero eso no es lo peor, qué va, lo peor es que tanto Natalia como Martina están aprovechando para hacer algunas actividades atrasadas del colegio mientras Ana les da cariñosas indicaciones.

Ninguna de las dos se acuerda de la dichosa tele con la que todos los días se despiertan.

Cuando Javier me pregunta si me prepara un café, yo algo que no pienso ni tampoco si no hará más que empeorar las cosas, pero necesito huir como sea de aquí.

Le digo que me han puesto una reunión de urgencia a primera hora y necesito salir ya para poder llegar.

Le pregunto si puede él llevar hoy a las niñas, a lo que me responde, de forma exquisita, que sí, que no me preocupe, que me vaya tranquila, que él se encarga, y que si quiero, hoy también va a recoger a las niñas, que me relaje un poco y me tome las cosas con más calma.

Cuando estoy saliendo por la puerta de casa puedo escuchar cómo Natalia, mi hija mayor y de la que cada día me siento más desconectada, dice:

⸺Papá, ¿vendrá hoy también Ana?