La Invitada CAPÍTULO 18
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CAPÍTULO 18

LORENA

Gorda y fea

Lejos de hacer que me sienta mejor, ir al gimnasio hace que me sienta peor. Hace que me sienta gorda y fea.

No es la primera vez que vuelvo al gimnasio tras un largo periodo de inactividad, pero sí es la primera vez que lo hago con cuarenta años.

Siempre pensé que lo de la crisis de los cuarenta no era más que un cuento, una de esas leyendas urbanas que se inventa la sociedad y que la gente repite una y otra vez a lo largo de los años porque no tiene mucho más que decir, pero ahora estoy empezando a pensar que toda esa gente a la que yo creía monos de repetición, tal vez sí tuviera razón.

Y tal vez, la entrada en la cuarentena, sí pesa más de lo que yo pensaba.

Lo peor es cuando te comparas con los hombres, para ellos no es lo mismo, no es igual.

Ellos ganan en atractivo con la edad, al menos los que se cuidan, nosotras perdemos muchísimo cuando empezamos a peinar canas.

Nuestros puntos fuertes a nivel sexual, a nivel animal, como las tetas, el culo o la mirada de inocencia que tanto gusto a la parte protectora que hay en todo hombre, se van diluyendo con los años hasta terminar desapareciendo por completo cuando te acercas a los cincuenta.

En cambio, en los hombres es distinto. Sus puntos fuertes no se diluyen, bueno, al menos no todos, pero la diferencia es que algunos de esos puntos fuertes, se hacen todavía más fuertes, como el poder adquisitivo, la sabiduría, la experiencia, o esa parte protectora.

El problema es que no buscan proteger a una cuarentona, y mucho menos a una cincuentona, lo que buscan es alguien que todavía conserve esa inocencia y fragilidad frente a la vida.

Ver a las chicas jovencitas mirarse al espejo con esa ropa deportiva ultra apretada me ha sentado como una patada en los riñones.

Hacían las malditas sentadillas como si nada.

Pero ver cómo los monitores pasaban ante mí como si yo fuese un fantasma, todavía me ha sentado peor.

Ha sido muy humillante, de hecho, ha sido lo más humillante que he vivido nunca.

Me cuesta horrores quitarme la ropa para darme una ducha.

La tengo completamente pegada al cuerpo.

El ruido húmedo que hace al caer al suelo cuando consigo deshacerme de ella es asqueroso.

Es como cuando pisas un charco de lodo, en este caso, más bien un charco de grasa.

No sé cuánto debo haber engordado durante el último año, pero lo que está claro es que me hacen falta prendas de una o dos tallas más.

Siempre he pensado que, si quieres adelgazar, lo peor que puedes hacer es comprarte ropa grande hasta que pierdas peso.

Porque eso hace que te vuelvas a sentir medianamente cómoda y te relajes todavía más, lo que te puede conducir a ganar aún más peso. Qué horror de vida.

Cuando salgo de la ducha veo pasar frente a mí a tres veinteañeras de cuerpos esculturales.

Las tetas bien puestas, los culos apretados.

Ni un solo pelo en el cuerpo. Parecen modelos.

Son tan perfectas que da asco verlas. Noto cómo las lágrimas están a punto de brotar del fondo de mis ojos.

No quisiera sentirme así, ni pensar así, no sé qué me pasa, yo antes no era así, pero no lo puedo evitar. Es algo que se me apodera por dentro.

Vestirme de nuevo también me cuesta mucho esfuerzo, es como si tras la sesión de deporte mi cuerpo todavía se hubiese ensanchado un poco más.

Me cierro el broche de los zapatos y noto cómo el pliegue de la barriga se comprime y forma un pequeño y espantoso flotador entre mi tronco mis piernas.

Las lágrimas, ahora sí, empiezan a salir por los dos toboganes que forman mis lagrimales.

Saco todo lo que había metido en la taquilla y lo vuelvo a meter en la mochila mientras las lágrimas siguen rodando por mis mejillas.

Creo que no voy a volver nunca más aquí, no sé qué voy a hacer para adelgazar y que Javier me vuelva a mirar, pero venir al gimnasio no me ha hecho sentir mejor, al revés, estoy mucho peor.

La imagen de Verónica llorando se me cuela en la cabeza justo por el centro de las cejas y eso hace que me sienta un poco mejor.

Sonrío cuando salgo por la puerta del gimnasio.

Me seco las lágrimas pensando que las guapas y jóvenes como Pocahontas , también lloran, y también se harán viejas, gordas y feas.

Pensar en ese apodo me recuerda a David, y eso hace que todavía me sienta mejor, y en lugar de hacer como hago otras veces, es decir, reprimirme, me dejo llevar por ese río de pensamientos y sentimientos que me alejan un poco de mis preocupaciones y problemas.

Y es justo ahora cuando entiendo otra de esas leyendas urbanas que la gente repite y repite y que tal vez también esté cargada de razón, a veces, cuando estás mal, haces cosas que no proceden, pero lo haces como forma de evasión, es decir, como una forma de alejarte un poco de esas preocupaciones y problemas que tanto te asedian.

Lo que acabo de comprender es que, al fin y al cabo, todos somos humanos.

Me subo al coche un poco más calmada y veo que Javier me ha escrito.

Sonrío. Dice que ha recogido a las niñas, que están de maravilla, que han pasado muy buen día y que se las lleva a merendar al centro comercial.

Todo eso está muy bien, pero ni siquiera se ha molestado en preguntarme qué tal me ha ido el día o si necesito algo, o mejor, si me apetece acompañarlos.

Releo el mensaje varias veces tratando de encontrar algún signo de cariño, de afecto, pero no encuentro ninguno.

Reprimo un grito. Intento alejar la mala sangre pensando de nuevo en el rostro de Verónica lleno de lágrimas y, a continuación, en el rostro de David sonriéndome, reproduzco en mi cabeza esa secuencia de dos compases como si se tratase del estribillo de alguna una canción en la que a veces piensas para encontrarte mejor.

Enciendo la radio y suena una canción de los Beatles, eso hace que me venga a la cabeza la imagen de nuestra inoportuna invitada, de Ana.

Antes de meter primera, cierro las manos sobre el volante y trato de decirme que no es mala chica, que solo sigue su camino y por casualidades de la vida se ha cruzado unos días con el mío. Nada más.

Ya que ni Javier ni las niñas están en casa, me digo que voy infringir una de mis reglas a la hora de intentar adelgazar, voy a irme de compras para hacerme con algunas prendas que me estén bien y me hagan sentir más cómoda, quiero pensar que sintiéndome mejor, y un poco menos gorda, mi actitud y mi energía será más positiva a la hora de enfrentarme a mi lucha contra la báscula.

Ya tendré tiempo de deshacerme de las prendas grandes.

Después de una tarde en la que compro bastantes más cosas de las que debería, y tal vez esto de comprar por comprar también sea una forma más de evasión para escapar del verdadero foco del malestar y la preocupación, vuelvo a casa pasadas las ocho sintiéndome bastante mejor de lo que estaba cuando estaba siendo pisoteada en el gimnasio.

Pero cuando entro en mi hogar me encuentro con una imagen que llena todo cuanto soy de rabia y de ira.

En el salón de mi hogar, ese que con tanto mimo e ilusión decoré, están Ana y Javier tocando a dúo la guitarra como si fuesen dos putas almas gemelas.

En el sofá, mis dos hijas sonríen y disfrutan entusiasmadas del espectáculo.

Para colmo, veo que la ropa que lleva Ana es mía, y que le queda muchísimo mejor que a mí.

De pronto llega a mí una imagen que es como una auténtica pesadilla: es como si la zorra que tengo delante me hubiese robado la vida que yo siempre anhelé.

No puedo retener un descomunal grito de pura rabia.