La Invitada CAPÍTULO 16
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CAPÍTULO 16

LORENA

Una insana felicidad

Paso gran parte de la mañana pensando como una idiota en Javier, en por qué no me escribe ni un mísero mensaje.

Me pregunto en qué momento he dejado de ser atractiva para él.

Me lleno de rabia al pensar en Ana. Claro, ella es más joven, es más bella y es más interesante que yo.

Pensándolo así, ¿por qué razón iba a seguir mi marido enamorado de mí?

Sí siempre estoy cansada o enfadada por algo que ha pasado con las niñas.

Y cuando estamos en casa siempre tengo cosas que hacer, como la comida, comprar, la colada, limpiar.

¿En qué momento se supone que voy yo a desatar la dichosa creatividad de la que Javier tanto hablaba y tanto veneraba?

¿En qué momento se supone que voy a resultarle deseable a mi marido?

¿Cuándo estoy de los nervios porque está todo por el medio?

¿Cuándo trato de que las niñas tengan siempre algo limpio que ponerse o que la casa no esté hecha una porcatera?

¿O cuando me preocupo por que hagan los deberes, se cepillen los dientes o no se pasen todo el día mirando la tele?

Dios, si hasta yo me resulto insoportable a veces.

En el fondo siempre pensé que lo me está ocurriendo, ocurriría.

Que Javier se acabaría cansando de la vida que yo le ofrecía.

Que buscaría otra cosa, a una mujer más joven y con gustos más parecidos a los suyos.

Me retuerzo por dentro al imaginarme a Ana sola en nuestra casa.

No me gusta. No quiero que esté allí. No quiero que husmee entre mis cosas.

El mero hecho de imaginármela poniendo sus sucias manos sobre las puertas de mi armario, o de mi cómoda, hacen que la tensión se me dispare.

No imagino de lo que soy capaz si descubro que ha tocado mi ropa.

O incluso que ha entrado en mi cuarto. Allí hay cosas demasiado importantes como para que las encuentre alguien.

Al menos el sótano está a buen recaudo, allí nadie puede entrar.

Salgo del despacho para hacer unas fotocopias y estirar un poco las piernas.

Cada día detesto más mi trabajo. Veo a la estúpida de Verónica pasar por el fondo del pasillo, se dirige al cuarto de baño.

Lleva unos tacones más altos de lo normal y el culo en todo lo alto.

Parece que ha estado llorando, y eso hace que sienta algo de alegría.

Me pregunto si eso me convierte en mala persona.

Verónica es terriblemente atractiva, así que me parece que por llorar un poco tampoco le pasa nada.

Se ha de ir acostumbrando a esto, a que la vida no son todo halagos, a que la belleza pasará, los hombres te dejarán de mirar, tu marido ya no te escribirá y la carne de tus piernas, de tus brazos, y de tus tetas, se te caerá y tu piel se volverá como un globo deshinchado. Qué asco.

⸺Dichosos los ojos. Últimamente estás más fuera del despacho que dentro. Te estás malacostumbrando ⸺dice David, que debe de haber activado su sexto sentido y ha salido al pasillo. No sé si alegrarme por sus piropos está bien o está mal, pero en estos momentos me vienen fenomenal.

⸺Qué exagerado eres, de verdad.

⸺Para exagerada mi compañera de mesa, Elena.

⸺¿Por?

⸺Dice que soy un pesado y que no la dejo trabajar, que siempre estoy hablando, ¿te lo puedes creer?

⸺¿Hablar? ¿Tú? Qué va, para nada, si nunca tienes nada que decir.

⸺Qué graciosa. Cómo sois las mujeres. Si no hablamos, os aburrís, y si hablamos demasiado, os agobiamos. ¿Nos podéis aclarar de una vez qué queréis?

Eso mismo quisiera saber yo. ¿Qué es lo que quiero?

⸺Venga ya, no te hagas tanto el sufrido, no pareces de los que tenga problemas en entender a las mujeres. A veces somos un poco complejas, eso es verdad, pero si fuésemos simples, entonces no tendríais ningún misterio que descubrir, y a los hombres os gusta descubrir cosas, ¿no es así?

David se cruza de brazos y sonríe con fascinación.

⸺Has dado en el clavo. Y ahora ya entiendo un poco mejor por qué me atraes tanto.

El comentario de David hace que me ponga roja como una cereza. Miro hacia un lado y otro por si lo ha escuchado alguien.

⸺Eso ha estado completamente fuera de lugar.

⸺Usted perdone, su majestad ⸺dice David haciendo una pequeña reverencia.

⸺Qué idiota eres, sabes que soy una mujer casada, ¿verdad?

⸺Por supuesto, pero si otros no valoran lo que tienen, entonces…

Pues eso mismo pienso yo, si otros no valoran lo que tienen…

⸺También tengo dos hijas pequeñas.

⸺Lo sé, y además son tan guapas como la madre.

Cabeceo ante los naturales y desvergonzados comentarios de David. No puedo evitar que me hagan sentir bien, a pesar de que hay algo en mi interior que me dice que no está bien. Que le he de parar los pies ya.

⸺Bueno, me vuelvo a mi celda que aquí hay algunas que trabajamos.

⸺¿Tienes planes para comer?

⸺Pues mira, sí, me he traído un táper riquísimo.

⸺Ah, ¿sí? ¿Existen los tápers riquísimos?

⸺Los que yo preparo, sí.

⸺Entonces me tienes que dejar probarlos.

⸺Pero, bueno, ¿es que nunca te das por vencido?

⸺Mientras hay vida siempre hay esperanza.

⸺Pues no esperes tanto, que después llegan las desilusiones y los enfados.

⸺Eso ya lo veremos.

⸺Bueno, don Juan, te tengo que dejar.

⸺A sus órdenes, su majestad.

Me doy la vuelta para regresar a mi cubículo y noto cómo se abre paso en mi interior una sonrisa que me es imposible contener.

Me giro para ver si David aún sigue ahí, de pie, junto a la fotocopiadora, si acaso, mirándome el culo cuando ando, igual que hace el guarro de mi jefe Carlos, o igual que hacía antes Javier.

Mi sonrisa todavía se vuelve aún más inabarcable cuando compruebo que, efectivamente, David sigue mirándome.

Se me ocurre preguntarle algo para ponerlo a prueba acerca de una cosa.

⸺Oye, por cierto, y cambiando de tema, ¿conoces a Verónica?

David arquea las cejas.

⸺¿A Pocahontas?

⸺¿Pocahontas?

⸺Sí, la becaria de ojos enormes y piel de chocolate, esa, ¿no?

Internamente me tenso.

⸺No sabía que la llamaseis así. No está bien reírse de la gente.

⸺¿Quién ha dicho que nos reímos?

⸺Por lo que veo la conoces muy bien.

⸺Sí, claro, la conozco mejor a mí. ¿Qué pasa con ella?

⸺Hace un rato la he visto llorar, y lleva unos días un poco rara, no sé, me sabe alga que una niña tan mona sufra de esa manera.

David carraspea con gracia mientras se prepara para hablar. Aún no ha abierto la boca y mi sonrisa ya está apareciendo.

⸺Vamos a ver, para empezar, de niña nada, que ya tiene casi treinta, no sé en tu pueblo, pero en el mío las chicas se hacen mayores de edad cuando cumplen los dieciocho, exactamente igual que no pasa a los chicos.

Así que Pocahontas hace bastante tiempo que dejó de ser una niña.

Y para continuar, no sé por qué lloraría, aunque me lo puedo imaginar.

⸺¿Sí? ¿Qué le ha pasado?

⸺Bueno, tengo un oído bastante fino y a veces escucho cosas que no debo, ya sabes, pequeños cuchicheos, secretos.

Al parecer la niña mona como tú dices está liada con un hombre casado, ya sabes, en plan padre de familia.

Por lo visto él es un cabrón de mucho cuidado y le ha dicho que no quiere volver a verla.

No sé si también hay un bombo de por medio.

⸺¿Cómo? No te creo.

⸺¿El qué no te crees? ¿Que esté con un hombre casado o que se haya quedado preñada?

⸺Ninguna de las dos cosas.

⸺Bueno, puedes creerlo o no, pero es lo que yo he escuchado.

Lo me está contando David me hace sentir todavía mejor. Me alegra saber que las niñatas como Verónica sufren buenos reveses. La vida a veces pone a la gente en su sitio. ¿Qué esperaba liándose con un hombre casado?

⸺¿Y a ti? ¿Te gusta?

⸺¿Quién?

⸺Pues ya sabes, la niña mona.

David inclina su cuerpo hacia delante llevándose una mano a la barriga para aguantarse la risa.

⸺Por Dios, Lorena, que uno tiene una clase, ¿por quién me has tomado? A mí me gustan las mujeres de verdad.

Vuelvo a sonreír mientras me invade una extraña e insana felicidad que no hago nada por contener.

Me despido de David y me vuelvo a mi despacho para terminar una jornada de trabajo mucho más productiva y agradable de lo que ha sido en mucho tiempo.

Me como el táper con las sobras de anoche y después pongo rumbo al gimnasio sin ni siquiera pararme a pensarlo. Voy a volver a ponerme en forma. Mis piernas, mi abdomen y mi culo van a volver a estar duros como una piedra.

Le escribo un mensaje a Javier diciéndole que me ha surgido un imprevisto y que hoy vaya a recoger a las niñas él. Le recuerdo que salen a las cinco de la tarde, que no se retrase.