CAPÍTULO 15
JAVIER
Empiezo a cambiar
⸺¿Todo bien, jefe? ⸺pregunta Reme en cuanto me ve entrar por la puerta. Afuera ya había gente esperando. Trabajadores y trabajadoras del hospital que vienen para comunicar un accidente de trabajo, o para un reconocimiento médico periódico.
⸺Buenos días, Reme, todo estupendamente bien ⸺Reme me sigue con la mirada mientras atravieso la zona administrativa para dirigirme a mi despacho.
Tiene unos expedientes en la mano. Se ha repeinado el pelo en una coleta tensa que la hace más joven.
A sus casi sesenta, todavía se mantiene fuerte e ilusionada por mejorar día a día.
⸺Creo que es la vez que más tarde ha llegado con diferencia. Pensábamos que estaba enfermo.
⸺Pues como puedes ver, estoy perfectamente, y creo que a partir de ahora vas a verme más veces llegar a esta hora.
Noto cómo los engranajes del cerebro de Reme se retuercen tratando de encontrar una explicación a mi repentino cambio de actitud. La verdad es que introducir cambios es generalmente más fácil de lo que nuestra cabeza nos hace pensar que es.
Me siento frente al ordenador y pongo el foco en las cuatro pilas de documentos que bordean parte de mi mesa.
Me digo que, lejos de esforzarme en solucionarlos todos, lo que voy a hacer es archivar aquellos que directamente no voy a hacer.
Acabo de llegar a otra clarividente y reveladora conclusión: la mayoría de cosas que hago en mi día a día y que tanto me estresan, podría no hacerlas y el mundo seguiría girando tranquilamente.
No quiero decir que lo que hago no vale para nada, no, no es eso, lo que quiero decir es que la mayoría de cosas no son trascendentes, puedo no hacerlas y no pasa nada.
¿Es necesario responder a todos los mails?
No. ¿Es necesario responder a todos los escritos, quejas y sugerencias que llegan?
Rotundamente no. Y así podría continuar durante un buen rato.
Tras un par de horas dedicadas a separar el grano de la paja, sonrío satisfecho al comprobar que las cuatro pilas de documentos que me esperaban cuando he llegado esta mañana, se han convertido en una, y muy bajita.
Es como si de pronto alguien me hubiese quitado de encima toda la cantidad de trabajo extra que me quita el sueño día tras día.
Lo más curioso es que ese alguien soy yo, él mismo que se lo había cargado a la espalda.
Eso me hace sentir más dueño de todo aquello cuanto ocurre en mi vida de lo que imaginaba.
Igual que anoche, cuando bloqueé a Verónica y de pronto sus mensajes dejaron de llegar.
Reme carraspea desde el umbral de la puerta. El hecho de cumplir años, en su caso, no la ha vuelto una deslenguada en plan, “a mi edad, ya puedo decir lo que quiera”.
⸺Cuéntame, Reme.
⸺Varias cosas, jefe. La primera, ¿va a cubrir la baja de Cristina?
Mis sistemas de alarma se activan de forma súbita.
⸺¿La baja de Cristina? Pero si ayer me dijo que le habían dado tres días de reposo.
Reme tuerce un poco la expresión. Que no se haya vuelto una deslenguada no significa que no haya adquirido esa sensibilidad que tienen algunas personas de cierta edad para identificar la llegada problemas, de cosas malas. Es como un sexto sentido que solo funciona con lo negativo.
⸺Ya, pero ayer por la noche estuve hablando con ella y me da que no van a ser tres días, jefe, me da que va a ser bastante más.
Noto cómo la garganta se me seca. De pronto, me siento muy solo en este trabajo. Es como si todo el mundo pudiese venir a mí para quejarse y contarme lo que le pasa, pero yo no pudiese sincerarme con nadie. Eso desgasta. Eso cansa. Y eso te apaga.
⸺¿En serio crees que se va a coger la baja?
Reme se encoge de hombros, luego asiente. Tras ella se escucha el vocerío de la gente que ya ha llenado el servicio con sus historias y sus interminables problemas.
⸺Sé sincera conmigo, Reme, ¿crees que fui muy duro con ella?
Reme se vuelve a encoger de hombros.
⸺No lo sé, jefe, pero ya sabes cómo es Cristina, a veces se toma las cosas demasiado en serio, no es mala chica, pero está pasando en verdad una mala racha.
⸺¿Una mala racha? ¿Por qué? ¿Qué le pasa?
Reme vuelve a torcer la expresión y con ella también su cuello. El vocerío aumenta de volumen tras ella.
⸺Según me ha contado se está separando. Dice que su marido es un cabrón. Que no solo la engaña con otra, sino que ahora la quiere dejar sin nada, francamente, está desquiciada.
Asiento mientras dejo que mi instinto me hable.
Que Cristina tenga serios problemas personales me favorece.
Quiero pensar que lo que le haya hecho yo, comparado con lo que le está haciendo su marido, no es nada.
Después se activa en mi cabeza el mismo mecanismo mental que me ha llevado a reducir la lista de cosas pendientes que tenía sobre la mesa a menos de un diez por cien de lo que había a primera hora de la mañana: somos más dueños de nuestra propia vida de lo que nos pensamos, la mayoría de nuestros problemas, nos los creamos nosotros mismos.
⸺Vaya, eso sí es una faena. Pero, como suele decirse, mejor saber cómo era la persona con la que vivías ahora, que mucho más tarde. Ahora a Cristina se le presenta una ocasión de oro para encontrar a una persona mucho mejor que ese con el que está casada.
Reme arquea las cejas y recibe mi comentario con cierto optimismo. Tras ella, dos sanitarias vestidas con el pijama hospitalario blanco, asoman sendas cabezas.
⸺Un momento, por favor, enseguida os atendemos ⸺digo estirando el cuello para que las dos sanitarias vean que me dirijo a ellas. Retiran las cabezas, que abandonan momentáneamente el perímetro de mi despacho.
⸺Intente hablar con ella, jefe, no le voy a mentir, Cristina está bastante dolida por la discusión que tuvieron ayer, y bueno, mejor hable con ella y calme un poco las cosas.
Acepto de muy agrado el consejo de Reme y me digo que sí, que hablaré con Cristina para intentar suavizar las cosas y quitarme el problema de encima, porque, tal y como me sigo diciendo, soy quien tiene el control de mi vida, y eso incluye los problemas que hay en ella.
⸺De acuerdo, Reme, muchas gracias, ¿algo más?
⸺Ah, sí, ha vuelto a llamar.
⸺¿Quién?
⸺La chica de ayer.
⸺¿Qué chica de ayer?
⸺La chica que llamó ayer preguntando por ti y que no quiso decir su nombre.
Mierda. Verónica otra vez. Joder. Otro problema que hay terminar de resolver.
⸺Ah, sí, la recuerdo. ¿Te ha dicho que quería?
⸺Que la llames en cuanto puedas. Hoy sí me ha dicho cómo se llamaba, Verónica.
Trago saliva y muevo el cuello afirmativamente. Reme se retira y cierra la puerta tras ella. De pronto siento mi despacho como una gran jaula en cuyo interior, mi vida, día a día, se me escapa.
Maldigo internamente a Verónica. Busco su contacto en el móvil, y la llamo desde el teléfono fijo, a qué mala hora le di mi número del trabajo.
Mientras la llamada da tono, aparece en mi mente el sonriente rostro de Ana, lo que me lleva a pensar en ella.
Cómo estará. Qué estará haciendo ahora mismo.
⸺Hola, Javier, menos mal que me llamas, estaba preocupada, me estaba planteando ir a tu trabajo.
⸺¿Qué? Pero ¿tú estás loca o qué te pasa?
Durante un par de segundos la línea de teléfono se queda muda. Mis pulsaciones golpean con fuerza tras mi pecho. Verónica me está empezando a poner muy nervioso.
⸺¿Por qué me hablas así, Javier?
⸺¿Por qué? ¿Tú qué crees? Ayer me empezaste a llamar y a escribir como una loca cuando trataba de disfrutar de un rato con mi familia, te bloqueé porque te dije que no quería volver a hablar contigo.
Y hoy me llamas al trabajo a primera hora de la mañana, cuando también te dejé bien claro que no quería que lo hicieses.
¿A ti qué te parece? ¿Qué se supone que he de hacer ahora?
Escucho cómo Verónica solloza. Ya está haciéndolo otra vez. Darme pena.
⸺No sé por qué me hablas así, Javier, me parece que te pasas de la raya.
⸺No, quien se pasa de la raya eres tú, Verónica, eres una niñata, y no quiero que vuelvas a llamarme ni a este ni a ningún teléfono, ¿te ha quedado suficientemente claro?
Vuelvo a escuchar los sollozos de Verónica a través del auricular del teléfono. Como no cuelgue ya corro el riesgo de cambiar de tono, de actitud, de disculparme. Escuchar a una mujer llorar es uno de mis puntos débiles.
⸺Sí, Javier, me ha quedado muy claro, quería contarte algo importante, pero ya da igual. Sí es así como quieres que sean las cosas, pues que así sean.
Tras esas palabras que han sonado un poco amenazantes, Verónica cuelga.
Cierro los ojos y medito recular. Llamarla para disculparme.
No me gusta nada que la gente me amenace.
El recuerdo de Ana se vuelve a colar en mi cabeza.
Me arranca una sonrisa que hace que aparte de mi cabeza a Verónica.
Espero que se olvide de mí para siempre, y un problema menos.
Tal vez encuentre a otro idiota a quien contarle sus problemas de niñata.
Cojo mi teléfono móvil y mi rostro se ilumina por completo al ver que tengo dos mensajes de Ana.
Me pregunto qué querrá. Dilato como un niño el momento de leerlos.
Solo me aguanto un par de segundos. Ana me pregunta cómo llevo la mañana y si conozco alguna tienda de ropa cercana a mi casa, una a la que pueda llegar con la muleta.
Solo tiene la muda que lleva puesta y quería darse una ducha, después ponerse ropa limpia.
Me quedo pensando en las posibilidades. Lo cierto es que no hay ninguna tienda de ropa cercana.
Se me ocurre que lo más cercano es, o bien el centro comercial Arena, junto a la salida norte de Valencia, o bien directamente el centro de la ciudad, las calles Colón, Xàtiva, Jorge Juan.
A continuación, improviso una respuesta diferente, le digo que lo mejor es que coja algo de ropa de Lorena, por la tarde la puedo llevar de compras con el coche, será lo mejor para evitar golpes innecesarios en la pierna.
Ana me da las gracias y me escribe un montón de cariñosos emoticonos. Después me pregunta si a Lorena le parecerá bien que coja su ropa. Yo le respondo que, sin problema, a pesar de que es posible que Lorena sí se enfade un pelín, pero en ese momento no me importa.
Paso el resto de la mañana pensando en introducir un nuevo cambio, en lugar de salir el último y a las tantas como hago siempre, hoy voy a salir el primero. Tengo ganas de llegar a casa.