CAPÍTULO 14
LORENA
El lado bueno
Apenas he dormido. Y eso que ayer, al final, Javier y yo volvimos a tener un rato de intimidad que no estuvo nada mal.
De hecho, noté a Javier especialmente intenso y efusivo.
Diría que muy parecido a cuando empezábamos a salir.
Cuando llegamos de la estupenda noche en familia y escuché el sonido de una de las guitarras de mi marido descendiendo por las escaleras de mi casa estuve de romper a gritar de pura rabia.
No conozco de nada a esa chica, a Ana, pero tiene algo que no me gusta nada.
A lo mejor es solo su juventud, que me recuerda lo que yo ya no soy, o su vitalidad, que es como un amplificador a través del cual se agranda mi fatiga existencial.
El caso es que, a pesar de la noche en familia y del posterior rato de intimidad, algo proveniente de mi subconsciente ha querido despertarme varias veces para alertarme de algo que todavía no he sabido ver.
Doy un par de vueltas sobre la cama y, como es habitual, Javier ya no está. Hasta ahí todo normal, él siempre se despierta antes que yo, pero no recuerdo que me haya dado un beso, como siempre hace. Huele a su desodorante y a su perfume. También a la espuma que usa para afeitarse.
Me lavo la cara y me veo más vieja de lo que me veía ayer.
Me pregunto en qué momento nacen las arrugas.
Si lo hacen de un día para otro. Como el acné o las reacciones cutáneas.
El caso es que me veo las dichosas patas de gallo hundiéndose con desenfreno a lo largo de mis sienes.
Mi frente también se ha cubierto por líneas horizontales que se ondulan por el centro y por los laterales de un modo que no me gusta.
Y para colmo, mis labios también parece que se estén cuarteando, parezco un cuadro viejo y mal conservado.
Al menos ayer me depilé el pubis, pero mis piernas, al lado de las de Ana, todavía se ven más flácidas.
Hoy sin duda he de volver al gimnasio sea como sea.
Me lavo la cara con un jabón neutro y después me aplico un tónico a base de vitamina C.
Por último, masajeo mi cara con unas gotas de un sérum antiarrugas y anti acné.
Durante la pequeña sesión de autocuidado no pienso en nada.
La combinación de cremas, sumada al momento de relajación mental, hace que me siento un poco mejor.
Cuando bajo a la cocina office que con tanta ilusión decoré yo misma, me encuentro con una imagen que hace que se me afloje la entrepierna.
Mis dos hijas están desayunando algo que parecen tortitas americanas.
¿Quién demonios desayuna eso en España? A su lado está Ana, con ese fabuloso color de piel y esos muslos interminables.
Los tirabuzones de su pelo todavía brillan más que ayer.
Javier parece que hoy no tiene ninguna prisa por marcharse y todavía sigue allí, y eso que ya son más de las ocho.
Normalmente se marcha a las siete y media.
⸺Mamá, tienes que probar estas tortitas, las ha hecho Ana, son una delicia ⸺dice Natalia, a quien hacía meses que no veía sonreír. En cambio, ahora resplandece.
Miro a mi otra hija, a Martina, quien también sonríe y disfruta de esas “asquerosas” tortitas. No parece quedar ni rastro de aquello que la poseyó ayer por la mañana y que hizo que se peleara con dos niños de su clase. Vuelvo a preguntarme por qué hizo tal cosa y si lo volverá a hacer.
⸺Buenos días, cariño, ¿te preparo un café? ⸺dice Javier más sonriente de lo que lo ha estado en los últimos seis meses. Recuerdo que antes siempre me preparaba el desayuno, pero ya ni recuerdo la última vez que lo hizo.
⸺No, gracias, me he levantado con el estómago un poco revuelto.
⸺¿En serio? ¿No te habrás puesto mala?
⸺No lo creo, son solo unos retortijones, nada más. ¿Y tú qué haces todavía en casa? ⸺digo mirando mi smartwatch para ver que, efectivamente, ya pasan quince minutos de las ocho.
⸺He decidido que voy a empezar a tomarme las cosas de otro modo, y eso empieza por no tomarme el trabajo tan en serio.
⸺¿Y eso?
⸺¿Cómo que y eso? Llevas al menos un año diciéndome que este trabajo me ha cambiado, que no me hace bien. Pues creo que ha llegado el momento de hacerte caso.
Sonrío de un modo postizo, porque tras la expresión de mi cara se esconde una sensación de puro odio y rabia.
Noto la jovial y sonriente mirada de Ana clavada en mi cara.
Seguro que está disfrutando de ver cómo en menos de un día se ha ganado a mi familia.
La miro tratando de ser la elegante y educada señora que se supone que soy.
⸺Buenos días, Ana, que te no te he dicho nada, qué maleducada soy, ¿qué tal has dormido?
⸺Buenos días, Lorena, he dormido estupendamente, la cama de la buhardilla es una pasada, tenéis una casa muy bonita y está decorada con muy buen gusto.
⸺La decoró mamá ⸺dice Martina con su habitual naturalidad.
⸺Pues tu mamá tiene un gusto exquisito y un don para la decoración ⸺dice Ana mirándome con algo parecido a la fascinación.
⸺Ya será menos ⸺respondo con algo de acritud.
⸺No seas modesta, cariño, siempre has tenido una habilidad especial para ver cosas que los demás no sabemos ver, ¿verdad, chicas? ⸺dice Javier mirando a las niñas buscando su apoyo. Las dos asienten muy sonrientes. Parece que todo el mundo se ha empeñado en ser feliz hoy menos yo.
⸺Bueno, chicas, terminar de desayunar, que en quince minutos salimos hacia el cole.
⸺Ya está la aguafiestas ⸺dice Natalia de mala gana levantándose de la mesa y dejándose la tortita que se estaba comiendo a medias.
Javier pone cara de pánfilo y mira a Ana, que le devuelve una mirada comprensiva, como si entendiera perfectamente lo que le pasa a mi hija mayor y por qué se comporta así.
⸺Bueno, ahora sí, yo me marcho. Que una cosa es empezar a hacer cambios y otra convertirse en otra persona de la noche a la mañana.
Que paséis un buen día, familia ⸺Javier se acerca para darme un beso en los labios y yo me aparto ligeramente sin saber muy bien por qué.
Su beso me impacta en la mejilla, él se da cuenta de mi rechazo, pero no dice nada.
Después se dirige a Ana⸺. Bueno, Ana, ve con cuidado con las escaleras, si necesitas algo, ya sabes, llama.
⸺Claro, Javier, no te preocupes por nada, estaré bien. Que pases un buen día.
En unos quince minutos salimos las niñas y yo de casa. La sensación que tengo no es solo extraña, es muy molesta. Parece que yo sea la única que esté a disgusto con Ana, lo cual todavía me molesta más.
Dejo a las niñas en el colegio y Natalia vuelve a su habitual rol de últimamente, ni siquiera me da dos besos. Al menos Martina sí me los da, incluso me da también un abrazo.
Mi único consuelo es que, al llegar al trabajo, como siempre, David acude a mí en cuanto enciendo el ordenador y dejo mi bolso en la cajonera.
⸺Buenos días, Lorena, ¿te has hecho algo en el pelo?
⸺¿En el pelo? No, para nada.
⸺Ah, es que te veo algo distinto, pero será otra cosa. En cualquier caso, estás muy guapa.
Me sonrojo como una adolescente y le doy las gracias.
⸺¿Voy a por un café? ¿Te traigo algo?
Me quedo pensado durante unos segundos. Odio a Ana, y odio que Javier y las niñas estén tan jodidamente entusiasmadas con ella.
⸺No, mejor te acompaño, si no es molestia.
⸺¿Molestia? Tu compañía siempre es un regalo.
Salgo de la oficina con David y, a mis espaldas, casi puedo notar la mirada de mi jefe clavada en mi culo. Solo espero que no vuelva a proponerme lo de ayer.