La Invitada CAPÍTULO 13
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CAPÍTULO 13

JAVIER

Feliz

Estoy feliz, así, sin más. Una vez escuché que ser feliz es no tener nada que te preocupe, o no tener nada que temer, es simplemente estar satisfecho y completo tal y como estás, no necesitar nada más.

Dejo que el aire que me rodea llene mis pulmones y que esa sensación recorra todo cuanto soy por dentro.

Luego tengo un fugaz pensamiento que me dice que, aparte de esa ausencia de miedos y preocupaciones, ser feliz también engloba otra cosa: tener ilusión por algo.

Ya he decidido que voy a dejar el trabajo.

Lo tengo completamente identificado como una de mis principales fuentes de preocupación e insatisfacción, y la vida es demasiado corta como para desperdiciarla haciendo cosas que realmente no merecen la pena.

Empezó siendo un bonito reto, pero ahora no es más que una carga.

Y el dinero que me pagan de más, pues tampoco es para tanto, siempre se me ha dado bien ganar dinero, sino lo gano en el hospital lo puedo ganar de otro modo.

O simplemente también podemos gastar menos, es una gran verdad que, a más ganas, más gastas, y no precisamente para vivir mejor.

Además, antes de coger el cargo yo siempre había sido de la opinión que los puestos de responsabilidad tienen una fecha de caducidad, es decir, llegas con energía e ideas nuevas y cuando todo eso ya ha cumplido su cometido, es el momento de pasar página y dejarle el puesto a otro.

Me termino de arreglar mientras veo cómo a través de la puerta entreabierta del baño Lorena también se termina de arreglar.

Ese pequeño campo de visión que solo me permite ver minúsculos fotogramas verticales del cuerpo semidesnudo de mi mujer, es algo sumamente estimulante.

Siempre he sido muy imaginativo, prefiere lo sugerente a lo evidente.

Nos despedimos de Ana y le damos permiso para que baje a la cocina y coja cualquier cosa que necesite, el decimos que se sienta como en casa.

⸺Por cierto, ahora que lo pienso, ¿podrás bajar tú sola las escaleras? ⸺pregunta Lorena viendo el aparatoso vendaje que casi le cubre la pierna entera y la muleta que descansa a un par de palmos junto a ella.

Ana sonríe con las mejillas ligeramente encendidas. Es como si lo que le acabase de preguntar Lorena fuese pan comido para ella.

⸺Sí, claro, el médico me dijo que guardase reposo, no que me comportase como si estuviese impedida, además, me vendrá bien ir a la pata coja, así fortaleceré mi pierna izquierda, siempre la he tenido un poco más floja que la otra ⸺dice Ana dándose una pequeña palmada en la pierna izquierda.

Lleva unos pantalones cortos que solo le cubren un tercio del muslo.

Instintivamente me fijo en la tersura de sus piernas y en si realmente su pierna izquierda está más floja que la derecha, parte del trabajo que hago es la valoración funcional del personal del hospital que, por motivos de salud, no puede hacer algunas de las tareas que tiene asignadas.

Así a bote pronto no parece que Ana tenga ninguna descompensación en su pierna izquierda.

Siento cómo Lorena se fija en lo que me estoy mirando, la pierna de otra mujer, así que trato de desviar su atención con rapidez antes de que empiece a pensar lo que no es.

⸺En cualquier caso, ve con cuidado, los primeros días son precisamente los más críticos, cualquier golpecito podría ser más peligroso de lo que parece.

Tienes mi número de teléfono, ahora te pasaré también el de Lorena, cualquier cosa nos llamas ⸺digo pasando un brazo por detrás de los hombros de mi mujer.

⸺Por supuesto, Javier, sois muy amables, muchas gracias otra vez.

⸺No hay de qué.

Salimos de casa en medio de un extraño silencio.

Está claro que a Lorena no le hace ni un poco de gracia que haya otra mujer en casa.

Imagino que a lo mejor tiene algo que ver que a mí sí me gusta que esté, no sé por qué, pero su presencia me alegra, y creo que ella lo nota, así que, eso hace que esté celosa.

Recogemos a Natalia de gimnasia rítmica y después nos vamos los cuatro al centro comercial Bonaire.

Cenamos algo en el Ribs y nos reímos un poco de todo.

Esa sensación de no tener miedo ni preocupación, todavía duran en mi interior.

Me siento bien, me siento feliz. Hasta que noto cómo el móvil vibra en el bolsillo derecho de mi pantalón y entonces algo en mi interior se retuerce, como un fuerte y molesto retortijón.

A veces pienso que los teléfonos móviles nos tienen completamente esclavizados, que más que conectarnos, nos tienen separados y no nos dejan estar plenamente en ningún lado.

Pido permiso para ir al baño, pero en realidad solo quiero ver quién me ha llamado.

Me siento mal, por Lorena, por las niñas, por no poder estar ni un solo día completo al cien por cien.

Por no tener el valor de dejar atrás todas esas cosas que me lastran diariamente y me impiden ser quien realmente quiero ser.

Es Verónica, y a pesar de que le he dicho varias veces que no puede llamarme, lo ha hecho.

Y además de eso también me ha escrito varios mensajes.

Dice que necesita verme, que necesita hablar conmigo, que me tiene que contar algo importante.

Siento un arrebato de rabia tan sumamente fuerte que le respondo de muy malas formas.

Le digo que no quiero que vuelva a llamarme nunca más, ni que me escriba, que es una cría inmadura.

Después de eso la bloqueo, y durante unos segundos me siento liberado.

Después me pregunto si he hecho lo correcto, o si Verónica no se pondrá como una loca y pasará a la acción jodiéndome la vida de alguna forma que tenga prevista.

Cuando vuelvo a la mesa veo cómo Lorena me mira de reojo para escrutar mi expresión. Algo ha notado, de eso no hay duda.

Terminamos de cenar y recupero ese fabuloso estado de ánimo que lleva toda la tarde a mi lado.

Después jugamos un par de partidas a los bolos y los cuatro lo pasamos realmente de fábula.

Yo no puedo evitar fijarme en el culo de Lorena cada vez que lanza una bola.

Está realmente sexy y me pregunto si lo de esta noche todavía seguirá en pie. Espero que sí.

Volvemos a casa con las niñas prácticamente dormidas en los asientos traseros del MG.

Pongo una mano sobre el muslo derecho de Lorena y noto cómo su marida pasional me abrasa.

No tiene nada que ver con su mirada de sorpresa o de celosa, esta mirada sí me gusta, y mucho.

Parece que al final sí vamos a tener un momento para nosotros.

Pero cuando entramos por la puerta, yo con Martina dormida en brazos y Natalia andando con los ojos medio cerrados, escuchamos algo que rompe toda la magia.

Son unos acordes de guitarra que provienen de la buhardilla. Evidentemente es Ana. Ha cogido una de las guitarras de mi santuario, y está practicando un tema sencillo pero muy bonito, Across the Universe , de los Beatles.

Yo todavía no sé bien cómo interpretar esto, lo que sí sé interpretar es la mirada de rabia con la que me mira Lorena. Lo que sí tengo muy claro es que a ella no lo ha hecho ninguna gracia que Ana toque una de mis guitarras, menos aún que sepa tocarla.