CAPÍTULO 6
LORENA
No sabes quién soy
Suena el despertador y no sé bien qué hora es.
Todavía no me he mirado al espejo, pero ya me veo mejor que ayer.
Supongo que es por el polvo que pegué con Javier.
He oído decir que muchas infidelidades de la mediana edad tienen lugar cuando empiezas a pensar que ya no eres atractiva y de repente descubres que alguien te mira, que para ese alguien sí sigues siendo atractiva.
Eso hace que el deseo aumente y que quieras seguir sintiendo eso que te hace sentir bien.
Muchas veces, tras la infidelidad, descubres que la persona con la que te acabas de acostar y por quien has arruinado tu matrimonio no tenía nada de especial, pero es jodido admitir que en el fondo lo hacías por una pura y simple cuestión de baja autoestima, de ego.
Somos más vulnerables y predecibles de lo que nos creemos.
Me digo que tengo el vello púbico muy descuidado.
Que debería tenerlo más arreglado. Es como la ropa interior bonita y sexy, no la llevo pensando en que alguien me vea con ella puesta, la llevo porque me hace sentir más segura internamente, y eso hace que inmediatamente mi actitud y mi energía cambie.
Mientras me doy una ducha procedo a la depilación del vello púbico.
También me fijo en que no debería descuidar el gimnasio.
Acaricio el contorno de mis piernas mientras me enjabono a conciencia y reparo en los minúsculos montículos de acumulación de grasa que amenazan la tersura de mi piel, algo de lo que siempre me he sentido orgullosa.
Al salir de la ducha me enrollo una toalla en la cabeza y desempaño el cristal del espejo.
Compruebo que mis pechos siguen en su sitio.
Es lo bueno de tenerlos pequeños, aguantan mejor el paso del tiempo.
Miro mi cintura y la pequeña curva que se me forma a la altura del ombligo, no es que parezca que estoy embarazada, pero esa curva debería ser plana.
Me pongo de perfil y acto seguido de puntillas para ver cómo se eleva mi culo.
Respiro de alivio cuando veo que sigue imponiendo su redondez retando un año más a la ley de la gravedad.
No estoy nada mal para tener cuarenta, pero podría estar mucho mejor si empiezo de nuevo en el gimnasio.
Me pregunto por qué lo he dejado, que, lejos de que me haga estar más cansada, me haría tener más energía y me vería mejor.
Necesito cambios en mi vida, y los cambios llegan cuando se introducen otros cambios.
Así que en cuanto deje a las niñas en inglés, iré al gimnasio y reanudaré las clases funcionales.
Javier ya se ha marchado, pero el aroma de su perfume y de su desodorante todavía permanecen lo suficiente en el ambiente para que me acuerde de él.
Hoy lo quiero más que ayer, sin duda alguna el polvo tuvo algo que ver.
Me pregunto qué será de nosotros el día que ya no peguemos polvos.
Follar atenúa el malestar y los malos royos.
Es como un amortiguador contra el malhumor.
Un cinturón de seguridad que te protege frente a las pequeñas aristas de la convivencia y de la vida.
Me ha dejado una nota en la puerta del microondas.
Creo que las parejas de jubilados discuten todo el tiempo no porque ya no se soporten, sino porque ya no follan.
El sexo disipa los malos momentos, y también los malos pensamientos.
Javier me ha escrito en la nota que había dormido muy bien, que si hoy repetíamos.
Una sonrisa que sale de la nada se abro paso entre mis labios.
Despierto a las niñas mientras me respondo a mí misma: sí, esta noche repetimos. Ellas también deben haber notado que me he levantado con otro ánimo, porque parece que se contagian de mi optimismo con el que hoy me enfrento a la vida y no se oponen a casi todo, como hacen habitualmente.
Dejo a las niñas en el colegio sin apenas haber discutido, Natalia incluso me da dos besos. Martina me abraza. Cuando me dicen adiós con la mano me digo que después de todo, puede que Javier tenga razón y no lo esté haciendo tan mal como creo.
Cuando llego a la oficina y enciendo el ordenador me digo que ya ni me acordaba del tiempo que hacía que no entraba por la puerta de mi despacho sin miedo a ser atacada por la ansiedad.
⸺Buenos días, Lorena, voy a salir a por un café, ¿te traigo uno?
⸺pregunta David desde el umbral de la puerta.
Al girarme noto cómo me mira del mismo modo que me miraba Javier ayer, la única diferencia es que David me mira así todos los días y en todo momento.
Me pregunto hasta qué punto a David le atraigo.
Siempre está ahí a ver si necesito algo, y normalmente no le hago ni caso.
La respuesta a esa pregunta depende muchísimo de cómo me encuentre cada día. Hoy me digo que le atraigo, y mucho.
⸺Pues si no te importa un cortado no me vendría nada mal.
⸺Eso está hecho. ¿Con la leche caliente o natural?
⸺Templada.
⸺Perfecto, enseguida vuelvo.
⸺David, espera.
⸺Qué.
⸺Te lo pago.
⸺Pero, qué dices, ni se te ocurra, yo invito.
David desaparece por la puerta antes de que tenga tiempo de insistir.
Cuando se ha ido, sonrío. Tiene cinco años menos que yo, y si no ha habido cambios que yo desconozca, está soltero y sin compromiso.
Su mujer lo dejó por otro hace un año y medio, no sé cómo pudo ser tan tonta.
A lo mejor, simplemente, es porque ya no follaban y a ella se le metió otro en la cabeza.
A veces hacemos esas cosas, actuamos impulsivamente y sin pensar como pensaríamos habitualmente, cometemos errores de los que después aprendemos.
Enciendo el ordenador y miro el teléfono para ver si Javier sigue siendo el mismo de anoche y no el de los últimos meses. Tengo un mensaje suyo. Antes de abrirlo. Sonrío. Sigue siendo el de anoche.
“Me hubiese encantado desayunar contigo. Que pases un buen día, cariño. Te quiero”.
Le respondo que yo también a él. A continuación, suena el teléfono de mi mesa. Es Carlos, mi jefe. Normalmente no llama tan temprano.
⸺Lorena, ya has llegado, ven a mi despacho, por favor.
Por su tono de voz intuyo que Carlos no está de buen humor.
Pongo rumbo a su despacho mientras me reajusto un poco la falda de tubo, últimamente tengo la impresión de que su mirada cae bastante hacia abajo. Antes de entrar en su despacho, cojo aire profundamente y exhalo.
⸺Buenos días, Carlos, qué tal.
⸺Hola, Lorena, siéntate, por favor.
Antes de tomar asiento en la silla que hay tras su mesa, me fijo en la fría decoración de su despacho.
Hay un par de cuadros de arte abstracto que no eligió él.
Una foto de sus tres hijos que ya tiene al menos cinco años.
Varios pisapapeles de diferente forma y tamaño sobre la robusta mesa de cerezo.
Su rostro queda parcialmente iluminado por la pantalla del ordenador.
Se quita las gafas ocupacionales y las deja sobre la mesa.
Después entrelaza ambas manos y las posa sobre su incipiente abdomen.
Tiene cincuenta y dos años a mi juicio muy mal llevados, aunque supongo que por su posición social debe pensar que todavía puede aspirar a mujeres mucho más jóvenes y atractivas que él.
⸺¿Qué tal estás, Lorena?
La pregunta me cae un poco rara. Creo que Carlos no me ha preguntado cómo estoy nunca.
⸺En líneas generales, bien.
⸺¿Sí? ¿Entonces está todo bien casa? No están habiendo problemas ni nada de eso.
La expresión de mi cara se contrae un poco, y Carlos debe notarlo, porque acto seguido la expresión de la suya se retrae sutilmente. Creo que jamás me ha preguntado por mi vida personal.
⸺Sí, todo bien, ¿por qué lo preguntas?
Antes de responder, destensa un poco las manos que tiene entrelazadas sobre su abdomen.
⸺Verás, Lorena, te he notado un poco ausente últimamente.
⸺¿Ausente?
⸺Despistada, más bien. Has tenido algún que otro descuido en las últimas semanas.
Es cierto, los he tenido. Pero creía que él no se había enterado. O alguien se lo ha dicho o está más pendiente de todo de lo que imaginado.
⸺Lo siento, Carlos, sí, y te pido disculpas por ello, últimamente no he estado durmiendo muy bien, pero ya estoy mejor. No volverá a ocurrir.
Pienso en quién podría haberle dicho a Carlos lo de mis descuidos. La primera que me viene a la cabeza es Verónica, la más joven de la empresa, es una trepa de mucho cuidado, se le ve a la legua.
Carlos coge aire y se me queda mirando.
⸺Está bien, Lorena, pero si vuelven los problemas, avísame, no me gustaría tener que volver a llamarte.
Asiento y me levanto. Cuando me doy la vuelta para salir percibo cómo Carlos me atravieso el culo con la mirada.
⸺Lorena ⸺Carlos me llama antes de que salga de su despacho.
⸺Qué.
⸺Si necesitas hablar en algún momento, contarme algo que te preocupe, o simplemente despejarte un poco, dímelo, podemos salir a tomar algo y charlar un rato en un ambiente más distendido.
Asiento de nuevo y salgo de allí con algo de vergüenza ajena. No tengo ninguna intención de salir a ningún sitio con mi jefe, y menos a solas.
Cuando vuelvo a mi mesa veo que David me ha dejado el cortado sobre la mesa. A su lado hay una pequeña nota: “me han dicho que te ha llamado el jefe, ¿todo bien?”
Mientras me tomo el cortado veo cómo Verónica pasa frente a la puerta de mi despacho. Además de trepa, también está muy buena. Seguro que ha sido ella al que le ha dicho a Carlos lo de mis descuidos.
⸺Verónica.
Ella se sobresalta levemente al escuchar cómo la llamo. Creo que apenas hemos hablado desde que está aquí.
⸺Hola, Lorena, qué tal.
⸺No sé, dímelo tú.
Veo cómo sus ojos se expanden cuando salen de mi boca esas palabras. Está claro que oculta algo.
⸺No sé a qué te refieres, Lorena, ¿qué ocurre?
⸺¿No lo sabes? ¿Seguro?
Ahora Verónica se avergüenza de un modo extraño y desproporcionado.
⸺Seguro, no sé a qué te estás refiriendo.
Me quedo mirándola durante unos segundos, que a ella se le deben antojar bastante incómodos.
⸺Ve con cuidado, Verónica, con lo que dices y con lo que haces, no sabes quién soy yo.
La joven de pelo moreno y piel cobriza me mira sin decir nada.
Ella sí tiene las piernas tersas. Noto cómo su respiración se agita un poco y su pecho se mueve más deprisa.
Se va sin añadir nada. Y yo me pregunto hasta qué punto me ha estado jodiendo esta niñata.
Lo que no sabe es que lo de que no sabe quién soy, iba totalmente en serio.