CAPÍTULO 4
LORENA
No es normal
Cuando he recogido a las niñas de ballet la ansiedad estaba a punto de llegar otra vez a mi garganta.
Primero empezó siendo un ligero cosquilleo en la boca del estómago, como una mala digestión o un reflujo esofágico.
Con el tiempo se fue expandiendo por el centro del pecho, como si me faltase el aliento.
Últimamente se concentra en la garganta y en la cabeza, como una especie de mala resaca mezclada con la mala conciencia.
Lo primero que hacen las niñas es preguntar por su padre, sobre todo Martina. Natalia actúa y se comporta como si ya supiese lo que va a pasar. Como si ya supiese todas las respuestas.
⸺Se le ha complicado el trabajo y todavía no ha llegado.
⸺¿En el trabajo aún? ⸺pregunta Martina, con los ojos como platos.
Natalia cabecea hacia los dos lados. Resopla.
⸺¿Y tú? ¿Ya se te ha pasado el malestar? ⸺dice mirándome como si fuese yo la culpable de que su padre no viniese a recogerla.
⸺Para tu información, sí, estoy mejor, pero no estaría demás mostrar un poco de preocupación.
Natalia vuelve a cabecear.
⸺¿Podemos ir un rato al parque, mamá?
Miro el reloj, a pesar de que ya sé qué hora es. Últimamente los días pasan muy rápido. Y ellos los años. Y con los años mi vida.
⸺Es un poco tarde para ir al parque, cariño, mejor nos vamos a casa. Hoy toca duchas.
⸺Pero si nos duchamos ayer, y mis amigas iban a ir un rato al parque.
⸺Ya sé que os duchasteis ayer, pero hoy habéis tenido ballet, así que vuelve a tocar ducha.
El camino hasta casa es una procesión de protestas y malas caras. Vuelvo a escribirle a Javier, que sigue sin responder. No sé en qué momento se ha convertido mi vida en esto. Antes respondía en el acto, estaba siempre pendiente de mí, en cambio ahora es como si yo fuese lo último en su vida.
Después de las duchas, que transcurren entre más quejas y protestas, empieza la guerra por la cena. Preguntan si ya está.
⸺No, no está la cena.
⸺¿Y cuánto falta? ⸺exige Natalia.
⸺Media hora.
⸺¿Media hora? Pues yo tengo hambre.
⸺Puedes comerte una fruta mientras esperas.
⸺¿Una fruta? Ni loca.
⸺Bien, pues en ese caso espera a la cena.
⸺Pero, ¿no me has oído? Tengo hambre.
⸺Sí, Natalia, te he oído, pero ¿qué quieres que yo haga?
⸺Que des de comer.
⸺Te estoy diciendo que cojas una fruta.
⸺Y yo ya te he dicho que ni loca, no me gusta la fruta, ya lo sabes.
Cojo aire con profundidad y cierro los ojos para evitar que la ansiedad siga escalando por mi garganta.
Si Natalia me sigue presionando, acabaré gritando, algo que no quiero.
Abro los ojos con la esperanza de que mi hija mayor se haya dado por vencida y se haya ido al salón o a su cuarto, pero no tengo esa suerte.
Sigue delante de mí, desafiándome con la mirada.
A veces tengo la impresión de que me odia.
Y se me odia, me acabará odiando. Es como el destino de toda madre que intenta ser buena madre pero no puede porque no llega.
⸺¿Qué? ¿Ya has pensado qué darme de comer? O vas a seguir poniendo esa cara de loca.
Y bum. La ansiedad alcanza mi garganta. Luego grito.
⸺Natalia, a tu cuarto.
⸺¿Cómo?
⸺¡Que te vayas a tu cuarto!
Mi hija mayor se cruza de brazos. Luego niega con la cabeza. Después dice:
⸺No me extraña que papá siempre tarde tanto en venir, es para no estar contigo.
Siento el impulso de darle un tortazo a mi hija, pero en el último instante me retengo. Después veo cómo se marcha a su cuarto.
Justo cuando terminamos de cenar, y en medio de un silencio triste y sepulcral, recibo una llamada de Javier. Me dice que ha tenido un pequeño accidente con el coche, pero que está bien, que en un rato viene.