La Invitada CAPÍTULO 1
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CAPÍTULO 1

JAVIER

Lo último que me dijo

Hoy no está siendo mi día. En realidad, podría decirse que no está siendo mi año.

Pero la discusión que acabo de tener con Cristina, una de las trabajadoras que tengo a mi cargo, no es algo habitual en mi día a día, y eso me lo ha estropeado.

Y es que así es mi vida ahora, un vaso rebosante que se desborda por cualquier cosa.

Todos los días doy gracias de haber conocido a Lorena, la mujer más increíble y maravillosa que he conocido nunca, es simplemente perfecta, y lo mejor de todo es que siempre está ahí para animarme, para escuchar mis problemas, aconsejarme o regalarme una de sus radiantes sonrisas.

Huele a primavera, a ropa fresca, a un otoño junto a un lago templado.

Es en ella en quien pienso cuando tengo un problema en el trabajo o en cualquier otro ámbito.

Es como un recurso mental al que me agarro para no caerme en el pozo del miedo o la desesperación.

Lo que pienso es: cuando llegue a casa se lo contaré a Lorena, ella sabrá entenderme, calmarme, hacer que me olvide de ese problema o que al menos le quite todo el drama, que es la parte negativa que impregna los conflictos y las adversidades y los transforma en preocupaciones y problemas.

Ella siempre dice que cualquier problema es una oportunidad para aprender y mejorar, y yo quiero creer que es verdad.

Soy el jefe del servicio de prevención de riesgos laborales de un gran hospital de Valencia, y eso significa una cosa: estrés.

La cantidad de situaciones diarias que podrían salir mal y cuyas consecuencias serían catastróficas para mi vida son tan altas que es imposible tenerlo todo controlado.

Y eso, para alguien que ama el control, es una bomba de relojería que en cualquier momento puede explotar.

No me siento orgulloso de cómo le he hablado a Cristina, una de las dos administrativas que hay en el servicio.

Ha salido llorando de mi despacho porque le he gritado.

Y bueno, también porque le he dicho que no sabe hacer bien su trabajo.

Algo que, por cierto, es verdad, no sabe hacer bien su trabajo.

Pero no tendría que habérselo dicho de esa forma.

Hay otras formas, es lo que me dirá Lorena cuando le cuente el incidente.

Sí, hay otras formas, pero últimamente yo no recurro a ellas.

Y la gente que no hace bien las cosas me pone muy nervioso.

Si hace unos años alguien me hubiese dicho que yo acabaría hablándole así a la gente, al personal que tengo a mi cargo, no lo hubiese creído ni con cuatro copas de vino.

Yo era alguien tranquilo, pausado, y sobre todo pacífico.

La gente venía a mí cuando necesitaba calma, parar, un punto de vista relajado e imparcial.

Ya no soy esa persona, y me digo que es el estrés quien tiene la culpa, o a lo mejor es otra cosa, quién sabe.

Pero sin duda el exceso de situaciones y momentos incontrolables que me sobrepasan diariamente tienen gran parte de culpa.

¿Has pensado en dejarlo? Me preguntará Lorena después de haberme calmado.

Sí, claro que lo he pensado. ¿Y lo vas a dejar? Todavía no lo tengo claro.

Cuando apago el ordenador y salgo del hospital ya son las cinco de la tarde.

Hoy Lorena y yo estamos de aniversario. Habíamos dicho de comer juntos, pero al final se me ha complicado la mañana, así que, para compensar, pasaré a comprarle algo bonito, nunca falla, o nunca fallaba.

Cierro los ojos y trato de visualizar por qué decantarme.

La ropa interior le gustaba, pero últimamente percibo que cuando le compro un conjunto nuevo se cree con la obligación de usarlo en la intimidad.

Y últimamente no la veo muy animada en ese sentido.

Y yo no soy de los que suplica sexo aburrido.

Si la persona con la que estoy no tiene igual o más interés que yo, prefiero abstenerme.

Justo cuando estoy a punto de arrancar recibo un mensaje. Es Verónica. Dice que se le ha quedado la tarde libre, que si me apetece tomar un café.

Finalmente descarto la ropa interior y me decanto por una joya. No, una joya tampoco. Ya ni recuerdo la cantidad de pendientes, anillos, collares y pulseras que le he regalado en esta vida, y últimamente no se pone ninguna.

Verónica está en línea. Vuelve a escribirme, acompaña el texto con un sticker de una gatita.

Me dice que si voy muy liado lo dejamos para otra ocasión, que de todas formas ella tampoco tiene mucho tiempo, que se le había quedado una hora libre y era por si cuadraba y nos veíamos y aprovechaba para consultarme un asunto personal que le preocupaba.

En el anterior mensaje había dicho que se le había quedado la tarde libre, ahora dice que no dispone de mucho tiempo. ¿Qué es verdad y qué no?

Al final me digo que a Lorena le compraré un par de libros.

No es lo más romántico del mundo, pero para nosotros los libros tienen un significado especial.

Cuando empezamos a salir ella no estaba en su mejor momento, y yo le escogí algunos libros que le ayudaron a superar la delicada etapa de la vida en la que se encontraba.

Hemos recordado eso muchas veces como algo muy bonito, algo nuestro, algo que nos unió y que a veces nos ayuda a recordar quiénes éramos.

Le digo a Verónica que en quince minutos estoy en su casa, no está muy lejos de la librería París Valencia de la calle Pelayo, probablemente la zona más transitada y concurrida de la ciudad. Así que me digo que me queda de paso, y que solo será un rato.

Cuando aparco y paro el motor de mi nuevo MG, me viene a la cabeza lo último que me dijo Cristina antes de salir llorando de mi despacho. Que me iba a denunciar por acoso.