Capítulo 27
Capítulo
Volví el jueves por la mañana con una decisión tomada en el tren y sostenida durante dos días, que en mí es una eternidad.
Iba a contárselo todo a Gabriel Otero.
Todo: el apellido, las fotos, el punto de espiga, la estampa que reconocí en la biblioteca y sobre la que le mentí a la cara, la caja de zapatos que traía en el maletero.
Iba a poner encima de la mesa camilla de aquella biblioteca los documentos que faltaban para que la historia de su clienta se entendiera entera, y luego iba a apartarme del encargo por escrito, como llevaba diez días debiendo hacer.
Y quiero dejar constancia de una cosa, porque después importa: no lo decidí por estrategia.
Me paso la vida enseñándole a la gente que hay un momento en toda negociación en el que alguien tiene que enseñar una carta sin garantías, porque si no, no se sale del bucle.
Se llama gesto unilateral. Yo lo explico en la tercera sesión, con las manos, y siempre digo lo mismo: el que lo hace se queda desnudo un rato.
Aquel jueves, por primera vez en cinco años, iba a hacerlo yo.
Nunca llegué a la biblioteca.
Aparqué a las once y veinte junto al hórreo. Chelo estaba en el patio, de pie al lado de su coche, con las gafas de sol puestas y una carpeta bajo el brazo, y no estaba esperando a nadie más que a mí, porque cuando bajé del coche no se movió ni un centímetro.
—Señora Valdés.
—Consuelo.
—¿Podemos hablar cinco minutos?
—Voy a dejar la bolsa y...
—Aquí. —Se quitó las gafas—. Cinco minutos y aquí, si no le importa.
Y ahí lo supe. No lo que venía: supe que venía algo. Leo posturas para vivir y aquella mujer tenía la de las personas que han ensayado.
—Usted dirá.
—He tenido dos semanas malas —empezó—. Y he estado pensando mucho en la sesión del jueves pasado, cuando usted me preguntó qué iba a hacer yo el lunes si esto se resolvía. —Se ajustó el reloj—. No he dormido bien desde esa pregunta, se lo digo de verdad. Y luego he estado pensando en usted.
—Consuelo, si esto es una queja sobre mi actuación profesional, hay un procedimiento y se lo facilito ahora mismo.
—No es una queja. —Abrió la carpeta—. Es que creo que a usted no le han contado en qué la han metido, y llevo dos semanas discutiendo conmigo misma si eso me corresponde a mí. Y he decidido que sí, porque yo con las mujeres tengo un problema y es que no me gusta que las usen. Aunque sean caras.
—Consuelo, si esto es sobre el correo del abogado, ya sé de qué va —dije—. Sé que me contrataron para tenerme cerca. Se lo dije yo a él en su despacho el 24 de julio, con el contrato encima de la mesa.
Chelo se quedó parada con la carpeta a medio abrir.
—¿Usted sabía eso?
—Lo sabía y lo acepté. Era un trato razonable para los dos.
—Ah. —Bajó la carpeta—. Pues entonces esto le va a doler bastante más de lo que yo pensaba.
Me tendió tres folios grapados.
Era una copia de la cláusula del testamento. La cláusula entera, el modo, con su literalidad de notario, y yo la leí ahí de pie, en un patio, a las once y veinticinco de la mañana, con el motor del coche todavía haciendo tic al enfriarse.
No voy a transcribirla. Está en un protocolo y su sitio es ese.
Diré lo que dice.
Dice que Clara Ansede Novoa recibe la finca llamada Pazo de Corbeira con la carga de que su matrimonio se celebre en dicha finca, en la fecha prevista, con asistencia de todas las personas relacionadas en la lista manuscrita que se protocoliza como anexo, «sin excepción ni sustitución».
Y dice, en el párrafo siguiente, qué pasa si no.
Si el modo no se cumple, el legado queda sin efecto, la finca se vende y su importe se integra en el caudal para repartirse entre los herederos.
Lo leí dos veces. Y a la segunda hice lo único que sé hacer, que es lo peor que se puede hacer cuando a una la acaban de golpear: calcular.
Ciento cuarenta y un nombres. Uno de ellos muerto en junio, al que le pondrán una vela. Ciento treinta y nueve personas del pueblo y de la familia que llevan meses con el traje comprado.
Y yo.
—Usted es la única —dijo Chelo, que me estaba mirando calcular—. Los demás vienen. Los demás venían solos. Usted es la única de esa lista que podía no aparecer, y mi madre lo sabía cuando la escribió.
—Consuelo...
—Un millón cuatrocientos mil euros, según la valoración que trajo mi amigo el de Vilagarcía.
Un poco más, según la tasación oficial que está en depósito y que no puedo leer hasta el día 14.
—Cerró la carpeta—. Eso es lo que vale que usted se ponga un vestido el sábado 12 y coma un percebe. Y no se lo ha dicho nadie.
—Me lo dijo usted. En la pedida, delante de los Anguita.
—Le dije que si usted no venía, la casa se vendía.
—Y aquí, señores, Consuelo Ansede Seoane hizo algo que no le había visto hacer nunca, que fue tener toda la razón sin ninguna alegría—.
Y usted se quedó tan tranquila, porque el abogado dijo detrás «no decide, concurre», con esa vocecita, y todos ustedes los profesionales se creen entre sí. Yo lo vi. Vi cómo se lo tragaba.
No dije nada.
—Y ahora la segunda parte —dijo—. Que es la que me tiene a mí sin dormir.
Sacó otro papel de la carpeta. Un folio suelto, con membrete del despacho de la calle Michelena, fechado el 20 de julio: dos días antes de que yo pisara la notaría de Cambados.
Era un correo a los tres interesados, con el asunto «Cumplimiento del modo. Medidas de aseguramiento». Cuatro puntos. Confirmar asistencias de fuera. Transporte para los mayores de ochenta. Las flores.
Y el tercero, que decía así, y esto lo transcribo porque lo tengo fotografiado:
«Respecto de la Sra. Valdés, adjunto la nota manuscrita que doña Aurora dejó unida al testamento con instrucciones para el caso de que fuera localizada.
Propongo seguirla al pie de la letra. Si los tres están conformes, encomendarle un trabajo profesional retribuido con cargo al caudal durante el mes de agosto. »
—¿Qué nota? —dije.
Y Chelo, que llevaba dos semanas sin dormir por esto, sacó el tercer papel.
Era una fotocopia. Media cuartilla de papel cuadriculado, con la letra picuda, y una línea al pie del propio Gabriel: «Copia. El original queda protocolizado como anexo II.»
Sobre la número 141. No la busquéis por los apellidos, que no os van a servir de nada.
Buscadla por el oficio: se dedica a sentar en una mesa a gente que no se habla.
Cuando deis con ella, no le contéis nada de mí.
Ni una palabra, y menos aún de dónde salgo yo.
Dadle trabajo, que es lo único que va a aceptar de unos desconocidos. Y que coma.
Y debajo, con el mismo bolígrafo, más apretado:
Si la tratáis bien y aun así no viene, es que no le hacía falta. Entonces vendedlo todo y dejadla en paz.
Me quedé de pie en el patio con la fotocopia en la mano.
Voy a ser exacta con el orden en que se me cayeron las cosas, porque no fue una y no fue por donde yo creía.
No fue por lo del correo. Lo del correo lo sabía. Lo había verbalizado yo en un despacho de la calle Michelena el 24 de julio con el contrato encima de la mesa, y me había parecido, sinceramente, un trato limpio: él me quería a mano, yo quería entrar. Adultos.
Fue por la nota.
Porque la idea de contratarme no fue de Gabriel Otero.
Fue de ella.
Aquella mujer, en marzo, muriéndose, sin haberme visto en su vida más que cuatro minutos de pie al fondo de una sala de tanatorio, escribió media cuartilla explicándole a su albacea cómo se me maneja.
Y acertó en todo. En que los apellidos no servirían.
En que solo aceptaría un contrato. En que no había que contarme nada, porque en cuanto me contaran algo yo iba a ponerme a auditarlo.
Dadle trabajo, que es lo único que va a aceptar de unos desconocidos.
Yo llevo doce años sentándome enfrente de gente y diciéndoles en la segunda sesión lo que quieren de verdad, y cobrando por ello, y siendo la persona más lúcida de todas las habitaciones en las que entro.
Y una señora de ochenta y cinco años que no me conocía de nada me caló entera en cuatro minutos y lo dejó por escrito con una economía que ya me habría gustado a mí en un informe.
Y entonces se cayó lo otro, que es lo que de verdad me tuvo diez días sin poder trabajar.
Porque una vez que sabes que existía un guion, la pregunta ya no es cuál de las cosas fue de verdad. La pregunta es si alguna lo fue.
El encargo estaba escrito en marzo. La casa de los caseros «recién arreglada» estaba escrita en marzo.
Y que coma estaba escrito en marzo, y por eso Pilar Novoa me dijo «cariño, come» el 2 de agosto en la comida de la pedida y por eso había siempre un plato de más en aquella cocina, y yo llevaba seis semanas contándome a mí misma que aquello era el desorden cariñoso de una familia española.
No era desorden. Era la instrucción cuarta.
—Es un correo de trabajo —dije, y no reconocí mi propia voz.
—Es lo que haría cualquier albacea —dijo Chelo—.
Eso mismo dije yo el 20 de julio, y por eso contesté que sí.
Los tres contestamos que sí. —Se puso las gafas otra vez—.
Lo que pasa es que el 20 de julio usted era un nombre en un papel.
Y el 3 de septiembre usted es una señora que lleva seis semanas comiendo en mi casa, que ha estado dos veces con mi sobrina hasta las tres de la mañana y que no baja del coche del abogado a las dos y media de la madrugada porque estén repasando el acta.
—Consuelo.
—No es un juicio moral. A mí lo que hagan ustedes me da igual y encima me caen bien los dos, cosa que también me tiene sin dormir.
—Cogió las llaves—. Se lo enseño porque yo he sido la mala de esta casa todo el verano y he aguantado que mi hermano me diga delante de veinte personas que quiero vender la casa por rencor.
Vale. Lo llevo. Pero que se sepa una cosa: la única persona de esta familia que ha estado dispuesta a decirle a usted lo que hay soy yo, y voy a ser la mala también por esto.
Abrió la puerta del coche.
—Consuelo, espere.
—Estaré en Vigo hasta el domingo.
—Espere. —Y aquí hice la única pregunta profesional que me quedaba en el cuerpo—. ¿Por qué ahora?
Chelo se quedó con la mano en la puerta.
—Porque el sábado la vi a usted bajar del pueblo con las bolsas de la compra —dijo—. Y venía usted mirando esta casa como la miraba mi madre.
Se fue.
Me quedé de pie en el patio nueve minutos. Lo sé porque cuando miré el móvil eran las once y treinta y cuatro y cuando volví a mirarlo, sin haberme movido, las once y cuarenta y tres.
Voy a intentar poner por escrito lo que se me cayó, porque no fue una cosa sola.
Y se me cayó, por último, mi propia competencia.
Yo me dedico a esto.
Yo cobro ciento veinte euros la hora por detectar exactamente esto. Por sentarme en una mesa y decirle a una señora de Móstoles: mire, su cuñada no la llama porque la quiera, la llama porque hay una escritura de por medio. Lo hago cuarenta veces al año. Lo hago bien.
Y llevaba seis semanas viviendo dentro de un dispositivo diseñado el 20 de julio, por escrito, en cuatro líneas, y no lo había visto.
No solo no lo había visto: lo había mirado de frente.
Yo misma se lo dije a aquel hombre en su despacho de la calle Michelena el 24 de julio, con el contrato firmado encima de la mesa: usted me contrata también porque así me tiene dentro de la finca, a mano y de buen humor, hasta el 12 de septiembre.
Se lo dije yo. Con esas palabras. Y él contestó «muy bien», y yo me quedé tan contenta con mi agudeza, y estuvimos los dos ahí de pie con nuestras dos mitades de la verdad encima de la mesa sintiéndonos adultos.
Solo que la mía no era una mitad. Era un cuarto.
Yo creía que estaba en una partida con las cartas boca arriba.
Y llevaba seis semanas jugando contra una mujer que había repartido en marzo, desde debajo de la mesa, con una baraja suya.
Lo sabía todo el pueblo y la dejaban.
Y hay una cosa más, y esta la escribo la última porque es la que me deja peor.
Durante esos nueve minutos de pie en el patio, con tres folios grapados en una mano, mi cabeza —que es una máquina que no se apaga ni cuando conviene, ya lo he dicho— hizo una cuenta que no le había pedido nadie.
Calculó cuánto valía yo.
Un millón cuatrocientos mil euros repartidos entre tres. Cuatrocientos sesenta y seis mil por cabeza, más o menos, menos impuestos, menos gastos, menos la parte de Clara que no es parte porque a Clara lo que le quitan es la casa entera.
Eso es lo que hay al otro lado de que yo me ponga o no me ponga un vestido el sábado 12.
Y aquella cifra se me quedó en la cabeza con una nitidez desagradable, no porque yo fuera a hacer nada con ella, sino porque a partir de ese momento estaba ahí.
En el patio. En el coche. En el tren. Cada vez que alguien de aquella casa fuera amable conmigo, aquella cifra iba a estar en la habitación.
Eso es exactamente lo que le pasa a la gente que se sienta en mi mesa. Yo se lo explico en la segunda sesión, siempre con el mismo ejemplo: en cuanto hay una escritura de por medio, ya no puedes recibir un plato de comida sin preguntarte por qué te lo dan.
Se lo he explicado a cuarenta familias.
Nunca se me había ocurrido que doliera así.
A las doce menos cuarto entré en la casa de los caseros, dejé la bolsa en el suelo, y cogí el móvil.
Un mensaje de Clara, de las nueve y media: «¿ya has vuelto? tengo que enseñarte una cosa del arcón».
Un mensaje de Gabriel, de las diez y diez: «Cuando llegue, avíseme. Hay algo que quiero hablar con usted y prefiero no hacerlo por teléfono.»
Y me reí. Sola, en una cocina prestada, con las manos temblando, me reí de esa última frase.
Porque llevaba seis semanas contándome a mí misma que aquel hombre repartía trozos porque no podía dar el entero, y resulta que el entero se lo había repartido a tres personas por correo electrónico el 20 de julio a las 18:42, con copia oculta a nadie y un punto cuarto sobre las flores.
Le contesté con dos palabras.
«He vuelto.»