La invitada 141 Capítulo 28
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Capítulo 28

Capítulo

Llegó a la casa de los caseros a las seis y diez con la carpeta debajo del brazo, y aquello fue lo primero que me hizo daño: que trajera la carpeta.

—Doña Nora.

—Pase.

Entró. Miró la mesa, donde estaba la caja de zapatos con la goma puesta, y no preguntó, porque llevaba seis semanas aprendiendo cuándo no se pregunta.

—Ha dicho usted que quería hablar de algo —dije—. Empiece.

—Prefiero que se siente.

—Prefiero estar de pie, gracias.

Se quedó con la carpeta en las manos. Y entonces hizo lo que hace un hombre honrado que llega tarde, que es empezar por el sitio correcto.

—Quería contarle que voy a apartarme —dijo—.

Del encargo de mediación, quiero decir. Yo no puedo seguir siendo la persona que le paga a usted una iguala con cargo al caudal y a la vez...

—se paró un segundo— y a la vez lo demás.

He estado dos días dándole vueltas y el lunes se lo comunico a la familia y le busco a usted otro pagador, o lo asume Clara a su cargo, o lo que sea. Pero así no puede seguir.

—Muy bien.

—¿Muy bien?

—Muy bien. —Cogí el folio de la mesa y se lo puse delante—. Hablemos de esto primero.

Lo cogió. Miró el membrete. Miró la fecha.

Y aquel hombre, que llevaba seis semanas contestándome siempre con dos o tres segundos de retraso, esta vez no tardó nada, y eso lo empeoró todo.

—¿De dónde ha sacado esto?

—Es lo primero que pregunta. Interesante.

—Es lo primero que pregunto porque es un correo interno entre el albacea y los interesados y me importa mucho quién lo está repartiendo por ahí.

—Consuelo Ansede. Esta mañana. En el patio. —Me crucé de brazos—. Y no le importa quién lo reparte. Le importa que lo haya leído yo.

Dejó el folio en la mesa. No lo soltó del todo: mantuvo dos dedos encima, en una esquina, como se sujeta un documento en una vista oral.

—Sí —dijo—. Es verdad.

—¿Qué parte?

—Toda.

—Dígamela usted.

Y aquí, si esto fuera otra clase de historia, habría gritos. Habría un «no es lo que parece», habría una explicación mal hecha, un malentendido que se aclara en el capítulo siguiente y una escena de reconciliación bajo la lluvia.

No hubo nada de eso, y es lo que menos le perdono.

—El 20 de julio escribí ese correo —dijo—.

Con esas palabras. Se lo mandé a los tres y los tres me dijeron que sí.

El 22 la conocí en la notaría de Cambados.

El 24 le ofrecí el encargo en mi despacho.

Y sí: se lo ofrecí porque necesitaba una mediadora y porque necesitaba tenerla cerca hasta el 12.

Eso lo hablamos usted y yo ese mismo día, con el contrato encima de la mesa.

—Lo hablamos a medias.

—Lo hablamos a medias, sí.

—La nota —dije—. La de «dadle trabajo». ¿Cuándo la leyó usted por primera vez?

—El 5 de mayo. Con el testamento.

—O sea que cuando entró usted en aquella sala de espera de Cambados el 22 de julio, ya llevaba dos meses y medio con las instrucciones de uso.

—Sí.

—¿Y las siguió?

—Al pie de la letra —dijo—. Yo llevo quince años siguiendo al pie de la letra lo que escribía esa mujer. Es literalmente mi trabajo y es lo único que sé hacer bien.

—«Y que coma.»

Cerró los ojos un segundo.

—Sí.

—Los percebes. La casa de los caseros. El plato de más.

—Doña Nora, en esa casa hay un plato de más para todo el que entra por la puerta desde 1965. Eso no lo montamos para usted.

—Pero usted no puede demostrármelo.

—No —dijo—. No puedo.

—¿Desde cuándo sabe lo del valor? Lo de que si yo no aparezco esa casa se vende y hay tres personas que cobran.

—Desde el 5 de mayo también.

—Es decir, desde antes de conocerme.

—Sí.

—Y el 22 de julio, en aquella escalera, cuando yo le pregunté qué pasaba si no iba a la boda y usted me contestó con una fórmula jurídica de las suyas, usted ya sabía la cifra.

—Sabía la cifra.

—Dígala.

—Doña Nora...

—Dígala, señor Otero. Lleva seis semanas sin poder decirme cosas por escrito. Esta la puede decir.

—Alrededor de un millón cuatrocientos mil euros —dijo—. Sí.

Me di la vuelta y me puse a mirar por la ventana, que da al camino de castaños, porque necesitaba treinta segundos y no había ninguna bolsa que colocar.

—¿Y el primer café? —dije, de espaldas.

—¿Qué primer café?

—El del 22 de julio. Cuando bajamos de la notaría y me acompañó usted al coche. —Me volví—. ¿En ese momento yo ya era el punto tercero de un correo?

Y aquel hombre, que podía haber dicho cuatro cosas y todas le habrían servido, dijo la única que no le servía.

—Sí.

—Gracias.

—Desde el primer café —dijo—. Sí.

Nos quedamos en silencio en una cocina de tres por cuatro.

—Ahora la otra pregunta —dije—. Y es la única que me importa, así que se la voy a hacer una vez.

—Hágamela.

—¿Todo era esto?

Y él dijo:

—No.

Y eso fue todo lo que dijo. Ni una explicación, ni una fecha en la que dejó de serlo, ni un «desde el primer día me pareció usted», ni un solo argumento de los cuarenta que yo tenía preparados para desmontar.

Un no, en una cocina, a las seis y media de la tarde.

Y aquí está lo peor de todo, y por eso lo escribo con esta frialdad: yo le creí.

Le creí entonces, de pie, delante de él. Le creo ahora, tres años después, escribiendo esto.

—Eso no puedo auditarlo —dije.

—Lo sé.

—No es una manera de decirle que miente.

Es exactamente lo que digo. —Y aquí se me puso la voz de trabajo, que es donde me meto cuando no hay otro sitio—.

Yo me dedico a esto, señor Otero. Yo me siento en una mesa y le explico a la gente que no se puede reconstruir una intención cuando hay un interés económico por debajo, porque a partir de ahí todo tiene dos lecturas y las dos encajan.

Se lo digo a cuarenta familias al año. Y siempre me preguntan lo mismo: «Pero entonces, ¿me quería o no me quería?

» Y yo siempre contesto lo mismo: que eso ya no se puede saber, y que ese es el daño de verdad. No el dinero. Que no se puede saber.

—Yo sé lo que hay.

—Usted sabe lo que hay. —Cogí el folio de la mesa y lo doblé—.

Yo tengo un correo del 20 de julio en el que un albacea propone por escrito a tres interesados establecer conmigo una relación estable y de confianza para asegurar mi asistencia.

Y tengo seis semanas de relación estable y de confianza.

Cumplió usted el punto tercero punto por punto. Es usted un profesional excelente.

Eso fue lo único cruel que dije en toda la tarde, y lo dije a propósito, y funcionó, y no me arrepiento del todo.

—Doña Nora, hay algo más —dijo—. Y esto es lo que venía a hablar hoy, antes de todo esto.

—No.

—Es importante.

—No, señor Otero. —Cogí la maleta de encima de la silla—. Llevo seis semanas escuchando «hay algo más» y «hay algo que no puedo» y «lo que está previsto». Se ha acabado. Si no me lo puede decir entero, no me lo diga.

—Es que si se lo digo entero, hay una consecuencia que usted no...

—¡Pues asúmala usted! —Y esa fue la única vez que levanté la voz en todo el verano—.

¡Lleva usted cuatro meses administrando lo que le pueden decir a la gente!

¡Usted decidió que Consuelo no podía saber por qué su madre no entró en una iglesia!

¡Usted decidió que yo podía comer en esa casa seis semanas sin saber que valía un millón cuatrocientos mil euros!

Deje de decidir por la gente y aguante una vez lo que pasa cuando se cuentan las cosas.

Silencio.

—Tiene razón —dijo.

—Váyase.

Hizo las maletas conmigo, en el sentido de que se quedó de pie en la puerta mientras yo metía en una maleta seis semanas de ropa, un cargador, una libreta, ciento diez fotografías dentro de un móvil y una caja de zapatos que traía de Madrid con la goma puesta.

—¿Adónde va? —dijo, cuando bajaba con la maleta.

—A Vigo. Y de Vigo a Madrid.

—El día 12.

—El día 12 no lo sé.

—Doña Nora.

—No lo sé —dije—. Y le voy a decir una cosa que usted sí puede escribir en un correo interno con copia a los tres interesados: en este momento no soy capaz de distinguir entre ir por Clara, ir por esa casa, ir por su madre de usted, ir por mí, o no ir para que ninguno de ustedes cobre.

Y una mediadora que no puede distinguir sus propios intereses no se sienta en ninguna mesa ni firma nada. Se aparta.

—Una última cosa —dije, con el maletero abierto—. Y esta se la digo como profesional, que es lo único que me queda entero.

—Dígame.

—El día 12, esa capilla va a estar llena.

Ciento cuarenta personas del pueblo con el traje comprado, la coral ensayada, doscientas cajitas hechas a mano y una chica de treinta años que no ha hecho nada más que ser amable conmigo desde que llegué.

—Cerré el maletero—. Y usted, si yo no aparezco, va a tener que explicarles a todos por qué se vende la casa.

A todos. Uno por uno. Porque yo no voy a estar allí para explicarlo.

—Lo sé.

—¿Y qué les va a decir?

Gabriel Otero se quedó de pie en la grava, con las manos en los bolsillos.

—Lo que está previsto —dijo.

Y se rio él solo, sin ninguna gracia, del hombre que llevaba cuatro meses siendo.

Metí la maleta en el maletero.

—Lo del encargo lo comunico yo mañana por escrito —añadí—. Y devolveré la parte de la iguala correspondiente a septiembre.

—Eso no hace falta.

—No lo hago por usted.

Arranqué a las siete y veinte de la tarde.

Y aquí termina lo que puedo contar de aquel jueves, salvo una cosa, y la cuento porque la vi por el retrovisor a la altura de la primera curva del camino de castaños, cuando el pazo ya se estaba quedando pequeño entre los árboles.

La casa entera estaba oscura. Era septiembre y a las siete y veinte todavía hay luz, así que nadie encendía nada: el comedor apagado, la galería apagada, la cocina apagada.

Y en el ala norte, en la ventana del cuarto que Gabriel Otero llevaba usando como despacho desde mayo, la de la caja fuerte donde yo le había visto guardar algo la noche del 14 de agosto, había una luz encendida.

Una sola.