Capítulo 26
Capítulo
Se lo conté entero. Tardé cuarenta minutos y no me interrumpió ni una vez, cosa que no había ocurrido nunca en la historia de esta familia.
La citación. El dedal. La invitación con mi nombre a mano y la coletilla de «y quien la acompañe».
La lista enmarcada en la pared de un salón con ciento cuarenta anotaciones y un margen limpio.
El encargo, la casa de los caseros, las sesiones.
La factura del archivador de la bodega. Las fotos recortadas a tijera.
Josefa en el mercado diciéndome que tenía la cara de Julia Valdés.
Las tres cartas cerradas dentro de un mueble bajo con llavecita.
La estampa del funeral con cinco palabras al dorso.
Cuando dije lo de la estampa, mi madre se levantó y fue a la cocina.
Volvió con un vaso de agua que no se bebió.
—¿Estuvo aquí? —dijo—. ¿En el tanatorio?
—Estuvo en la sala tres.
—¿Y tú no la viste?
—Mamá, había ciento y pico personas y yo no conocía ni a la mitad. —Y esto es lo que llevo tres años sin poder quitarme—: pudo darme la mano. Pudo estar en la cola. Le di la mano a todo el mundo durante seis horas.
Mi madre se sentó otra vez, muy recta, con el vaso en las dos manos.
—Ochenta y un años —dijo—. Seiscientos kilómetros.
—Sí.
—Para oírte a ti.
—Para oír hablar de Julia.
—No. —Dejó el vaso en la mesa con un golpe seco que en ella equivale a levantar la voz—. Habló la nieta, escribió. La nieta. No escribió «hablaron bien de ella». Escribió lo que escribió.
Y entonces mi madre, Marina Valdés Soto, sesenta y un años, la mujer que en toda mi vida no ha llorado delante de mí más que dos veces —una en el entierro de su padre y otra viendo una película italiana—, se pasó el dorso de la mano por debajo de los ojos, muy rápido, y se ajustó la manga.
—Bueno —dijo—. Ahora yo.
Lo que sigue lo transcribo lo más fielmente que puedo. Tomé notas esa misma noche en el tren, en la libreta, porque sabía que si no lo hacía iba a empezar a recordarlo como me conviniera.
—El día 14 de junio de 2023 estaba yo vaciando el armario del pasillo —dijo—. Llevaba tres meses viniendo aquí los fines de semana y ya no podía más. Encontré la bolsa detrás de las mantas. Y me senté en el suelo del pasillo, ahí, donde está la alfombra, y leí lo que has leído tú.
—¿Y qué pensaste?
—Al principio nada. Luego me acordé de una cosa.
—¿De qué?
—De que mi madre me dijo una vez que las cosas que se dicen mucho acaban siendo verdad.
—Marina miró la pared—. Me lo dijo cuando yo tenía quince años, discutiendo por otra cosa, no me acuerdo por cuál.
Y yo pensé que era una frase bonita. Con la caja en las rodillas me di cuenta de que no era una frase. Era un método.
—Mamá...
—Déjame, que si paro no sigo. —Se ajustó otra vez la manga—.
Yo he crecido con esa historia, Nora. Con esa exactamente.
En esta casa, en la mesa de esta casa, mi madre y mi padre delante de mí y de mis primos: los Seoane, los del almacén, la gente que se aprovechó, se quedaron con lo nuestro.
Yo tenía nueve años, doce, diecisiete. Me la sabía como el padrenuestro.
Y cuando me casé, tu abuela no quiso que fuéramos a Galicia ni de vacaciones.
—Eso me lo contó papá.
—Y en el ochenta y siete me hizo cambiar el orden de los apellidos.
Levanté la cabeza.
—¿Cómo que te lo hizo?
—Me lo pidió. Dos años seguidos. —Se ajustó la manga—. «Que no se pierda el apellido, Marina.» Y yo fui al registro y firmé unos papeles y pasé a ser Marina Valdés Soto, y a ti te pusimos Valdés primero por lo mismo, y tu padre dijo que bueno, porque a tu padre le daba igual todo.
Nos quedamos las dos calladas.
Yo me llamo Nora Valdés Cano por una decisión que tomó en 1987 una mujer que llevaba veinticuatro años sosteniendo una mentira sobre por qué su familia había perdido una casa.
Mi nombre es parte del método.
—El 11 de marzo tú hablaste en el tanatorio —siguió mi madre—.
Cuatro minutos. Yo te oí desde la primera fila y sabía lo que había en la caja del pasillo desde hacía...
—hizo la cuenta— desde hacía nueve meses.
No, espera. La caja la encontré en junio, o sea que en marzo todavía no. La encontré tres meses después.
—Entonces cuando me dijiste aquello no lo sabías.
—Cuando te dije aquello no sabía nada de esto, no.
—Y aquí mi madre me miró por primera vez de frente en toda la tarde—.
Nora, lo que yo te dije en aquel pasillo no era por esta caja.
Esta caja la encontré después. Yo te dije que tu abuela era una mentirosa por otra cosa, y esa cosa es mía y no tiene nada que ver con Galicia.
—¿Cómo que es tuya?
—Que es mía. Que es entre ella y yo. —Cogió el vaso otra vez—. Tu abuela y yo tuvimos una relación muy mala durante cuarenta años, y contigo fue una abuela estupenda. Las dos cosas son verdad y no se pueden discutir, porque tú viviste una y yo viví la otra, y las dos tenemos razón.
—Podías habérmelo dicho.
—¿En un tanatorio? ¿Con la caja todavía sin encontrar y ciento y pico personas dándote el pésame?
—Después. En junio. Cuando encontraste la caja.
Y ahí está el capítulo entero, y llevo tres años dándole vueltas.
Mi madre se quedó un rato largo mirando el vaso.
—Cuando la encontré, la puse encima de esta mesa —dijo—. En junio. Y llamé a tu número. Dos veces. Y las dos veces colgué antes de que diera el tono.
—No me digas eso.
—Te lo digo porque es verdad y porque llevo tres años sin poder decírtelo.
—Levantó la vista—. Y luego lo pensé, Nora.
Lo pensé como se piensan las cosas a los cincuenta y ocho años, que es despacio y mal.
Tú habías dicho en público que tu abuela era la mujer más honesta que habías conocido.
Tres días después yo te había llamado mentirosa a ella y a ti tonta, delante de una máquina de café.
Y ahora, tres meses después, ¿qué venía a hacer?
¿Aparecer con una caja de zapatos y demostrártelo?
—Sí. Exactamente eso.
—¿Y qué te quedaba a ti entonces? —dijo mi madre—.
Piénsalo bien. Se te muere la abuela, que fue quien te crio media vida porque yo estaba trabajando.
Y tres meses después tu madre viene con un papel y te enseña que la persona que te crio le arruinó la vida a una familia entera, dejó que un pueblo se cebara con una amiga suya y se lo calló sesenta años. ¿Con qué te quedas tú? Con nada.
—Me quedaba contigo.
—Ya. —Y esto lo dijo sin ninguna amargura, que fue lo peor—. Bueno, hija. Es que eso ya sabíamos las dos que no era verdad.
No contesté a eso. No he contestado todavía.
—Preferí que me odiaras a mí —dijo—. Yo estoy viva y lo aguanto. Ella estaba muerta y tú la querías.
Nos quedamos así hasta que se fue la luz de la tarde, que en Chamberí en septiembre se va de golpe, y ninguna de las dos encendió la lámpara, igual que yo no la había encendido en la biblioteca de Aurora Seoane cuarenta y ocho horas antes, y esa coincidencia me pareció, y me sigue pareciendo, insoportablemente familiar.
Hubo un momento, entre medias, que no encaja en ningún sitio y que por eso lo pongo aquí.
Mi madre se levantó a encender la lámpara pequeña, la de la estantería, y al volver se paró delante de la lata de galletas danesas.
—¿Te acuerdas de los botones?
—Me acuerdo de los botones.
—Los guardaba de todo. De los abrigos que tiraba, de la ropa vuestra, de lo que le daban en la mercería. —La cogió y la sopesó—. Yo un día le pregunté para qué quería tantos, que en la vida iba a coser tantos botones. Y me dijo: «Es que un botón bueno vale más que la prenda.»
—Eso es muy de ella.
—Eso es exactamente ella. —Volvió a dejar la lata en su sitio, alineada—. Nora, tú tienes una abuela y yo tenía una madre. Y a mí me sale defenderla ahora, mira lo que te digo. Después de todo esto y de la caja. Me sale.
—A mí también.
—Ya, pero tú puedes. —Se sentó otra vez—. Yo llevo defendiéndola cuarenta años delante de gente que no le había hecho nada, y me he quedado sin.
A las nueve me levanté a coger el tren de las once.
—Mamá, hay una boda el día 12.
—Ya me lo has dicho.
—Estoy invitada. Y hay una condición en el testamento: si yo no voy, esa casa se vende. —Cogí la bolsa—. Y quiero que vengas conmigo.
Mi madre se puso de pie y empezó a recoger las tazas, que es lo que hace ella cuando quiere que una conversación se acabe.
—No.
—Mamá.
—A esa casa no.
—Es que no es esa casa, es...
—Nora. —Puso las tazas en el fregadero—.
Yo he vivido cuarenta años en una historia falsa.
Cuarenta. Y me la contó mi madre. No pienso ir a comer canapés al sitio donde pasó, con la familia de la señora a la que mi madre le hizo eso, sonriendo y dando la mano.
No puedo. No es orgullo. Es que no puedo.
—Vale.
—¿Vale?
—Vale. —Y hay que decir que aquello me salió del oficio, no del cariño, pero salió—. No te voy a insistir hoy. Es la primera conversación que tenemos en tres años y no la voy a convertir en una negociación.
Mi madre se quedó de espaldas, con las manos en el fregadero.
—Llévate la caja —dijo.
—¿Cómo?
—Que te la lleves. Llevo tres años con ella en el armario del pasillo y ya no la quiero aquí. —Cerró el grifo—. Y no la enseñes a nadie hasta que sepas qué vas a hacer con eso, que tú eres muy de enseñar papeles.
En la puerta, ya con el ascensor abierto, me dijo lo último.
—Nora.
—Dime.
—Lo que dijiste en el tanatorio. Los cuatro minutos. —Se sujetó a la puerta—. Estuvo bien. Yo no habría sabido decir eso.
Y cerró.
Bajé los cuatro pisos andando con una bolsa de tela, una caja de zapatos y esa cosa rarísima que pasa cuando alguien te da la razón tres años tarde: que ya no sirve para nada y sirve para todo.
Cogí el tren de las once y cuarto. Me tocó ventanilla.
Puse la caja en el asiento de al lado, que iba vacío, y la dejé ahí las cinco horas y media, con la goma puesta, sin tocarla.
Como una pasajera.
Como una señora mayor que por fin volvía a Galicia después de sesenta y dos años, sesenta y dos, y que se había pasado la vida diciendo que allí llovía mucho.