La invitada 141 Capítulo 25
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Capítulo 25

Capítulo

Contesté el domingo a las nueve de la mañana con dos palabras: «Sí. ¿Podemos vernos?»

Contestó a las nueve y cuarto: «El martes a las seis. En casa.»

Y eso fue todo. Tres años de silencio deshechos en cuatro mensajes y sin una sola palabra sobre los tres años.

Cogí el tren del martes a las once y cuarto desde Vigo, con las cajas de fotos de mi padre en una bolsa de tela y las ciento diez fotografías de las cartas en el móvil.

Llegué a Madrid a las cuatro. Hacía treinta y ocho grados y la ciudad tenía ese olor de septiembre que es en realidad el olor de agosto sin gente.

Mi madre vive donde vivía mi abuela.

Eso hay que explicarlo. Cuando Julia murió en marzo de 2023, mi madre se instaló en el piso de Chamberí para vaciarlo, tardó siete meses en vaciarlo, y en algún punto de esos siete meses dejó de vaciarlo y empezó a vivir en él.

Nunca lo dijo. Simplemente su nombre apareció un día en el buzón, debajo del de mi abuela, que ella no ha quitado.

Subí en el ascensor de siempre, con la puerta de madera y el espejo con la moldura, y me abrió mi madre con el pelo más corto y tres años más.

—Hola.

—Hola.

No nos abrazamos. En mi familia eso no se hace en las puertas.

El piso estaba igual y no estaba igual. El sofá donde mi abuela bordaba seguía en su sitio. La televisión era otra. La lata de galletas danesas con los botones estaba encima de la estantería, donde ha estado siempre, y me dio por pensar que mi madre tampoco la había abierto.

Nos sentamos. Ella hizo café. Y aquí quiero dejar constancia de que las dos primeras cosas que dijo mi madre fueron: que el tren llega ahora en cinco horas y que en Vigo llueve mucho.

—Mamá.

—Espera.

Se levantó. Salió del salón. Volvió al minuto con una caja de zapatos.

De zapatos. Marrón, de una marca que ya no existe, con una goma alrededor.

La puso en la mesa baja, entre las dos tazas, y se sentó otra vez, muy recta, con las manos en las rodillas.

—Esto lo encontré en junio de 2023 —dijo—. Vaciando el armario del pasillo. Estaba dentro de una bolsa de El Corte Inglés, detrás de las mantas.

—Mamá, yo quería preguntarte una cosa de...

—De Aurora Seoane —dijo mi madre.

Y ese fue el momento, si hay que elegir uno, en el que todo el verano cambió de sitio.

—¿Tú sabes quién es?

—Sé quién era. —Le dio la vuelta a la caja para que la goma quedara arriba—. Abre.

Dentro había papeles. No muchos: un fajo de unos dos dedos, ordenado.

Encima de todo, tres efectos timbrados, ajados por los dobleces, con la tinta violeta de los sellos oficiales de la época. Los abrí con cuidado.

LETRA DE CAMBIO — Cambados, 2 de febrero de 1963 Por ptas.

380.000 — Vencimiento: 30 de junio de 1963 Al vencimiento indicado se servirá usted pagar por esta LETRA DE CAMBIO, a la orden del Banco Pastor , la cantidad de trescientas ochenta mil pesetas .

Aceptada: PESQUERÍAS BALTAR Por aval de la aceptante: Julia Valdés Figueroa

Las otras dos eran iguales, de doscientas cuarenta mil y de cuatrocientas mil pesetas.

Un millón veinte mil pesetas avaladas por una chica de diecinueve años en febrero de 1963.

Miré la firma mucho rato. Yo he visto miles de firmas de gente que firma con miedo: se aprietan, tiemblan en el arranque, acaban en un garabato defensivo. La de mi abuela en aquellas tres letras es pequeña, redonda, tranquila y perfectamente legible.

No tiembla.

Eso es lo terrible, y no me di cuenta hasta el tren de vuelta.

—Pesquerías Baltar —dije.

—Emilio Baltar. —Mi madre no tocó los papeles en ningún momento de la tarde—. Su novio. Tenían un barco a medio pagar y un proyecto para comprar otro. Mi madre llevaba los libros de la conservera de mi abuelo desde los diecisiete años, porque era la única de la casa que sabía sumar. Y avaló.

—Sin decírselo a su padre.

—Sin decírselo a nadie.

—¿Y Baltar?

—Baltar cogió el dinero en marzo y se fue a Buenos Aires. —Alineó el borde de la caja con la mesa—. Bueno, eso es lo que pone en la carta. En el pueblo dijeron Argentina. Da igual, ¿no? Se fue a donde se iba entonces a no volver.

—¿Qué carta?

Mi madre señaló la caja con la barbilla.

—Debajo.

Debajo de las letras había un recorte de periódico local de 1963 sobre una compraventa, con el nombre del pazo. Y debajo del recorte, un folio amarillo, escrito por una cara, con la letra de mi abuela pero más joven, más redonda.

Con tachaduras.

Voy a transcribirlo como está, porque lo tengo delante mientras escribo esto y porque las tachaduras son la mitad del documento. Lo que está tachado se lee perfectamente: mi abuela tachaba con una raya, no con manchas. Como quien corrige una cuenta, no como quien esconde algo.

Aurora: No sé devolver lo que os debo, así que he decidido deberte también la verdad.

Las letras las firmé yo. Nadie me engañó que yo no Firmé lo que firmé sabiendo sumar.

Esa es la parte que tu padre no entendió nunca: que no me engañaron por tonta, sino por lista.

A las tontas las engañan con mentiras; a mí me bastó con quererle una cuenta bien presentada.

En Madrid dicen que os aprovechasteis. Lo dicen porque yo lo dije primero no lo desmiento.

Mi padre murió creyendo que erais lo que yo os hice ser, y le dejé morir cómodo, que es lo único que me quedaba sé regalar.

Te devolví el dedal sin nota porque una nota habría sido pedirte empieza una correspondencia, y una correspondencia acaba en perdón visita. Ven

No hay segunda página. No la hubo nunca: el folio está limpio por detrás.

Lo leí tres veces seguidas sin levantar la cabeza y a la tercera ya no leía. A la tercera estaba haciendo lo único que sé hacer, que es ordenar los hechos, porque si no los ordeno se me caen encima.

Uno. En febrero de 1963, mi abuela avaló un millón veinte mil pesetas a un hombre que se largó con el dinero.

Dos. La conservera y la casa de su padre respondían de esa deuda.

Tres. En marzo de 1963, la familia Seoane —el almacén, los tenderos, los de menos apellido— compró el pazo por un millón ochocientas cincuenta mil pesetas, «recibidas con anterioridad a este acto», por encima de lo que valía y con la rapidez con la que se hacen las cosas cuando lo que corre no es el precio sino el reloj.

Cuatro. Los acreedores cobraron. El nombre de don Ramiro Valdés Louzán quedó limpio. Su hija no fue a la cárcel, ni a los papeles, ni a la boca del pueblo.

Cinco. Los Valdés se fueron a Madrid.

Y seis: alguien tenía que quedarse con la versión fea, porque en un pueblo de mil doscientos habitantes esa clase de dinero no se mueve sin que se sepa, y lo único que se puede elegir es qué se sabe.

Lo dicen porque yo no lo desmiento.

Sesenta y tres años. Sesenta y tres años de un pueblo entero creyendo que los Seoane echaron a los señores de su casa.

Una iglesia medio vacía en 1965. Una mujer que hacía trampas al tute y pagaba entierros sin contarlo y a la que todos consentían todo porque con ella se portaron muy mal de joven y en un sitio como este eso se paga con intereses toda la vida .

Y en un piso de Chamberí, cuatro o cinco veces al año, entre una merienda y un anuncio de la tele, una señora diciendo:

Nosotros teníamos una casa en Galicia y nos la quitaron.

Hay una cosa más en esa caja, y es la que me parece peor de todas.

Debajo del folio amarillo había un sobre pequeño, de los de correo aéreo, con los bordes a rayas rojas y azules, sin sello y sin dirección.

Dentro, un papel doblado con dos líneas y una cifra: un apunte de una cuenta corriente del Banco Pastor, sucursal de Cambados, a nombre de Julia Valdés Figueroa, abierta en 1968 y cancelada en 1971.

Y grapado, un resguardo de tres ingresos.

—¿Qué es esto? —dije.

—Eso es lo que estuvo intentando —dijo mi madre—. Devolverlo.

—¿Devolver el pazo?

—Devolver el dinero. Poco a poco, en tres veces, entre el sesenta y ocho y el setenta y uno.

—Se ajustó otra vez la manga, que es lo que hace ella en vez de llorar—.

Con lo que ahorraba de la mercería. Tres ingresos en una cuenta suya que nunca mandó a ningún sitio, porque no se atrevía a que constara el destinatario.

Sumé las tres cifras. Veintiséis mil pesetas.

Veintiséis mil pesetas contra un millón ochocientas cincuenta mil.

Aquella mujer estuvo tres años metiendo en una cuenta el dinero de las cremalleras y los botones, sabiendo perfectamente que a ese ritmo tardaría doscientos años, y luego cerró la cuenta y no volvió a intentarlo.

Y treinta y nueve años después, en el sofá que tengo a dos metros, con la televisión sin volumen, le decía a su nieta de diez años que nos habían quitado una casa en Galicia.

Levanté la cabeza.

Mi madre estaba sentada enfrente, muy recta, con las manos en las rodillas y el café intacto, y llevaba, calculo, veinte minutos mirándome leer.

—¿Tú has tenido esto desde 2023? —dije.

—Desde junio de 2023.

—Tres años.

—Tres años.

—Mamá. —Y aquí se me fue la voz de perito, y no he conseguido recuperarla del todo desde entonces—. Yo hablé en su funeral. Delante de ciento y pico personas. Dije que era la mujer más honesta que había conocido.

—Ya lo sé —dijo mi madre—. Yo estaba en la primera fila.

—Y tres días después me dijiste que era una mentirosa y que yo no sabía de quién hablaba.

—Sí.

—Y no me explicaste nada.

—No.

—¿Por qué?

Y mi madre, que en sesenta y un años no me ha dado nunca una explicación que le costara algo, cogió por fin la taza de café frío, la sostuvo con las dos manos y dijo:

—Eso te lo cuento ahora. Pero antes cuéntame tú qué haces en Arousela, porque llevo desde el domingo sin dormir.