La invitada 141 Capítulo 24
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Capítulo 24

Capítulo

A la una y media de la madrugada del domingo volví a subir a la biblioteca, porque a esas alturas ya no fingía ni conmigo.

Iba con la libreta, el móvil, un cargador y una botella de agua, que es el equipaje de alguien que ha decidido pasar la noche trabajando y no quiere admitirlo ni bajando a por vasos.

Estaba en la tercera foto cuando se abrió la puerta.

—Ay. —Clara, en pijama, descalza, con un vaso de agua en la mano—. Perdón. Vi luz.

Nos quedamos las dos quietas, ella en el umbral y yo de pie con el móvil apuntando a una carta de 1965 encima de una mesa camilla, a la una y cincuenta de la madrugada, en la única habitación de la casa que estaba cerrada con llave.

No hay manera profesional de salir de esa escena. Ninguna. Me he pasado la vida diciéndole a la gente que la explicación buena existe siempre, y no es verdad: a veces te pillan y ya está.

—Clara.

—¿Eso es de mi abuela?

—Sí.

—¿Y la llave?

—Me la dio Gabriel el viernes.

—Ah. —Se apoyó en el marco—. Bueno, entonces ya está.

Y se quedó ahí, bebiendo agua, mirándome.

—¿No me vas a preguntar qué hago?

—Te lo estoy preguntando así, que se tarda menos.

Me senté en la butaca. Estaba muy cansada, llevaba dos noches durmiendo cuatro horas, y aquella chica me caía demasiado bien para las circunstancias.

—Estoy buscando por qué me invitó tu abuela.

—Eso ya lo sé.

—Y he encontrado cosas.

—Eso también me lo imaginaba. —Se sentó en el brazo de la otra butaca, con los pies colgando—. Llevas dos semanas con una cara rarísima. Y el viernes no cenaste.

—Cené.

—Moviste el pescado por el plato como los niños. —Bebió—. Nora, ¿tú vas a hacernos daño?

Y esa pregunta, hecha así, a las dos menos diez de la madrugada, por una mujer de treinta años en pijama que había estado defendiéndome en la cocina de su madre sin saber por qué, fue la primera cosa que consiguió atravesarme entera desde que llegué a aquella casa.

—No lo sé —dije.

—Vale.

—¿Cómo que vale?

—Es que si me llegas a decir que no, me habría preocupado —dijo Clara—.

Todo el mundo aquí lleva cuatro meses diciéndome que no va a haber problema.

Mi padre me lo dice todos los días. Mi tía me lo dice mientras trae tasadores.

Gabriel me lo dice con dos folios. Eres la primera persona que me contesta que no lo sabe, y mira, se agradece.

Y entonces hice algo que no había hecho en cinco semanas, y que no volvería a hacer hasta el 12 de septiembre.

Le conté una parte.

No la parte del apellido. No la parte de las fotos, ni del punto de espiga, ni de la estampa del funeral con cinco palabras escritas al dorso. Ninguna de las tres cosas que me señalaban a mí.

Le conté la otra: que su abuela había tenido una amiga, que se llamaba Julia, que se pelearon en los sesenta por algo relacionado con esta casa, que Aurora le escribió tres cartas en cuarenta y siete años y no echó ninguna al correo, y que aquella mujer estaba muerta desde 2023.

Clara escuchó sin interrumpir, con el vaso en las dos manos.

—Julia —dijo al final.

—Julia.

—¿Y por eso te invitó a ti?

—Eso es lo que no sé.

Se quedó pensando un rato largo, mirando el mueble abierto.

—¿Sabes lo que me da rabia? —dijo—. Que yo con mi abuela hablaba todos los domingos.

Todos, desde que tengo móvil. Y me sé lo que opinaba del vecino, de la política, de mi novio, de mi carrera, de si el pescado estaba caro.

—Levantó la vista—. Y resulta que hay una mujer a la que le escribió durante cuarenta y siete años y yo no sabía ni que existía.

—Eso pasa siempre.

—¿Siempre?

—Siempre. —Me eché hacia atrás en la butaca—. Clara, yo me dedico a esto. En cada casa a la que entro hay una cosa que los hijos no saben y todos los muertos sabían. Es como una cuota. No conozco una sola familia que no la tenga.

—¿Y en la tuya?

—En la mía también —dije, que fue lo más cerca que estuve de contárselo todo.

Clara dejó el vaso en la mesa camilla, se bajó del brazo de la butaca y se puso a mirar la estantería del fondo con las manos en la espalda, como se miran los muebles de los muertos.

—Vamos a hacer una cosa —dijo—. Tú sigue.

—¿Cómo que siga?

—Que sigas buscando. Con la llave y todo. —Se volvió—. Pero cuando encuentres lo que sea, me lo cuentas a mí primero. Antes que a mi padre, antes que a mi tía y antes que a Gabriel. A mí.

—Clara, yo trabajo para tu familia.

—Tú trabajas para que mi familia se entere de lo que le pasa, que no es lo mismo.

—Se limpió las manos en el pantalón del pijama—.

Mira, yo restauro muebles. Me traen una cómoda con cuatro capas de barniz encima y todo el mundo cree que la cómoda es lo de arriba.

Y no. La cómoda es lo de debajo, y para llegar hay que quitar cosas, y mientras quitas parece que estás estropeándola.

—Y a veces la estropeas.

—A veces sí. —Cogió el vaso—. Pero es que si no quitas nada, lo que tienes es una cómoda fea que además no es la tuya.

—Una cosa más —dije, cuando ya se levantaba—. Y esta es de trabajo.

—Dime.

—Tu abuela, en enero, os pidió a Bosco y a ti que la boda se celebrara aquí. Tú lo contaste en la primera sesión.

—Sí.

—¿Te acuerdas de cómo os lo pidió? Palabras exactas, si puedes.

Clara volvió a sentarse en el brazo de la butaca. Cerró los ojos un momento, que es lo que hace la gente honesta cuando le pides literalidad.

—Estábamos los tres en la cocina. Ella estaba pelando manzanas, porque siempre estaba pelando algo. Y dijo: «Casaos aquí.» Y Bosco dijo algo de que era mucho lío, y ella dijo: «Ya lo organizo yo. Vosotros venid.» —Abrió los ojos—. Y luego dijo la frase rara.

—¿Cuál?

—«Que ya va siendo hora de que esta capilla se llene.»

Me quedé completamente quieta.

—¿Esa frase? ¿Esas palabras?

—Esas. Me acuerdo porque no venía a cuento y porque a Bosco le hizo gracia y le preguntó si era muy pequeña la capilla, y ella dijo que la capilla era del tamaño justo, que lo que había fallado era el pueblo. —Clara se encogió de hombros—. Nos reímos. Nosotros pensábamos que estaba de broma.

—¿Y no le preguntasteis nada?

—Nora, mi abuela decía cosas así cada dos frases. Si le hubiéramos preguntado por todas, no habríamos salido nunca de esa cocina.

Anoté la frase en la libreta, con la fecha de enero y con las comillas puestas, y por primera vez en cinco semanas me temblaba un poco la mano, lo cual es un dato que también apunté.

Una mujer que en 1965 se casó en una capilla medio vacía, y que en enero de 2026, sabiendo que se moría, organizó una boda para ciento cuarenta y una personas en esa misma capilla.

Y colocó a cada una en su sitio.

Se fue a dormir a las dos y veinte. En la puerta, ya con la mano en el picaporte, dijo:

—Ah. Y no le digas a Maruxa que has estado aquí de noche.

—¿Por qué?

—Porque te va a decir que hay un escalón.

Terminé de fotografiar a las tres menos cuarto.

Cerré, bajé, crucé el patio con los zapatos en la mano por segunda noche consecutiva —cosa que me hizo pensar que estaba desarrollando una costumbre— y me senté en la cama de la casa de los caseros con el móvil en la mano y ciento diez fotografías nuevas.

Y a las tres y cuatro minutos de la madrugada de un domingo de agosto, hice lo que llevaba cinco semanas sin hacer.

Busqué a mi madre en la agenda.

Marina.

Le di a llamar.

Sonó un tono. Uno.

Y colgué.

Colgué con esa rapidez de los cobardes, con el pulgar por delante del pensamiento, y me quedé mirando la pantalla con el corazón haciendo lo que le tocaba y una frase clarísima en la cabeza, la de mi padre en la cocina de Valencia con los cubiertos de fondo: a tu madre no se le puede preguntar nada sin darle también algo.

Yo no tenía nada que darle. Tenía tres cartas ajenas, cincuenta fotos y una versión intermedia que me había fabricado aquella misma tarde para no tener que llamarla.

Dejé el móvil boca abajo en la mesilla.

A las tres y siete vibró.

Marina — llamada perdida.

Me quedé mirando cómo vibraba, tumbada de lado, sin tocarlo. Siete tonos. Ocho. La cosa más larga del verano.

Se cortó.

Y a las tres y once minutos entró un mensaje.

Cuatro palabras.

«¿Estás en Arousela?»