Capítulo 23
Capítulo
Volví el sábado a las cuatro de la tarde, con la llave que él me dejó encima de la mesa del desayuno sin decir nada delante de nadie, y con dos decisiones tomadas.
La primera: leerlas.
La segunda: leerlas como se leen los documentos y no como se leen las cartas. Sentada. Con la libreta al lado. Anotando fecha, tinta, papel, tono, y sobre todo lo que no dicen, que es donde vive la información.
Cumplí la primera.
Estaban cerradas, las tres, con la solapa metida hacia dentro pero sin pegar, que es como se cierra un sobre que no va a viajar. Las abrí en orden de papel, del más antiguo al más nuevo, que resultó ser también el orden correcto.
La primera es un folio doblado en tres, de papel muy fino, con la tinta traspasada al reverso. Letra picuda joven: más apretada, más vertical, con las mayúsculas dibujadas.
Muy señora mía: Así empezaban las cartas en el colegio y así te empiezo yo esta, porque el tratamiento, cuando ya no hay confianza, por lo menos que haya ortografía.
Me casé el sábado. Lo sabías, porque aquí se sabe todo menos lo que importa.
La capilla estaba a medias: vino tu pueblo entero a no venir, que es una manera de asistir que se os da muy bien a los señores.
Yo llevaba el vestido de mi madre arreglado de cintura y un ramo de camelias de esta casa.
De tu casa. Perdona el inciso: de la casa.
Ahora resulta que la ladrona soy yo. Dígame usted cómo se hace eso, Julia, que a mí no me enseñaron.
En el almacén nos enseñaron a sumar, a fiar hasta final de mes y a no preguntar en voz alta lo que se puede preguntar bajito.
Robar se ve que se aprende en otro sitio, y usted tuvo mejores colegios.
Me has devuelto el dedal sin una letra. Con la buena letra que tú tienes.
Cóbrate también los hilos, si quieres, que en esta casa las cuentas nos gustan claras.
Te guardé el sitio hasta el Credo. Luego lo ocupó el frío, que en esa capilla entra sin invitación.
Sin firma.
Anoté: octubre 1965 o inmediatamente posterior. Boda con Camilo, 1965. Confirma iglesia medio vacía (Fina, taberna). Confirma dedal devuelto sin nota. Trata a J. de usted y de tú alternativamente: el usted es sarcasmo de clase.
Y luego dejé el bolígrafo, que ya sabemos lo que significa cuando lo hago.
Porque hay una frase en esa carta que no es una frase.
Ahora resulta que la ladrona soy yo.
Yo llevaba seis días —desde el mercado, desde las fotos, desde la caja de mi padre— sosteniendo un edificio entero encima de una frase de mi abuela repetida tres veces al año en un piso de Chamberí.
Nos la quitaron. Y aquí, en un papel de 1965 que nadie había leído nunca, la mujer a la que yo llevaba seis días considerando la parte deudora se dirigía a la mujer a la que yo consideraba la parte perjudicada, y le decía que la ladrona era ella.
Con sarcasmo. Con rabia. Y —esto es lo que me hizo dejar el bolígrafo— sin explicar nada, porque a quien se lo escribía lo sabía perfectamente.
Las cartas de acusación explican. Las cartas entre dos personas que saben lo mismo, no.
La segunda está en un sobre de banco reciclado, con la publicidad tachada a boli. Papel cuadriculado, del mismo bloc de la lista. Letra ya adulta, más suelta, la de la lista enmarcada.
Julia: Te escribo desde la galería, que es donde mejor se miente sobre el tiempo que hace.
Noticias, por si las quieres; y si no las quieres, también.
La camelia que plantaste sigue viva. Es más terca que tú, que ya es decir.
La conservera es ahora de una cooperativa y huele igual, así que tu padre tenía razón en lo único en lo que tuvo razón: el olor no se vende.
Los niños ya no son niños: Consuelo discute el mundo y Fernando se lo firma.
Las del tute me acusan de hacer trampas.
Aciertan, y pierden igual, que es lo que las tiene enfermas.
Me cuentan que tu hija firma ahora con tu apellido por delante.
Los papeles siempre se os dieron bien. A mí, los recibos.
De salud, bien. De lo demás no se te ocurra preguntar, que igual contesto.
No te pongo la dirección en el sobre porque no se te ha olvidado. Aurora
Aquí sí tomé notas largas, y las copio tal cual porque son las de una profesional que todavía creía estar trabajando:
1987 o poco después (menciona inversión de apellidos de la hija de J.).
CONSERVERA: los Valdés tenían conservera.
Verificar. La camelia: J. plantó cosas en esta casa, o sea que estuvo aquí más que de visita.
Tono: cotidiano, informativo. NO hay reproche directo.
Escribe como quien manda noticias a alguien que sigue vivo en su cabeza.
Y debajo, con otra letra, la mía de las tres de la mañana aunque eran las cinco de la tarde:
Sabe lo del apellido de mi madre. En 1987. Sabía dónde estábamos.
La camelia sigue en el patio de atrás, junto al muro del hórreo. La he visto todos los días desde el 27 de julio. Tiene el tronco del grosor de un brazo y está llena de capullos que no abren hasta enero.
La tercera es la más corta y la que peor se lee, no por la letra —que es la misma de la lista, firme hasta el final— sino por lo demás.
Julia: He cumplido sesenta y nueve. Enviudé hace dos años; no te escribo por eso, pero lo apunto, que las viudas tenemos obligación de inventario.
Te voy a decir una cosa que llevo cuarenta y siete años redactando, así que atiende, que no pienso repetirla: me dejaste ser la mala porque era el único papel que soportabas verme hacer.
La amiga no te la podías permitir; la ladrona te salía gratis.
Siempre fuiste mejor administrando lo de los demás que lo tuyo, y en eso, fíjate, no has cambiado ni de lejos ni por carta.
El bordado sigue en el arcón. No lo acabo porque no es mío, y no lo tiro porque tampoco.
Cuando te mueras, avisa. Estas cosas se avisan.
Aurora P. D.: Se me sigue rompiendo la masa de la empanada por el mismo sitio. Tú sabías por qué.
Junio de 2010, por la edad.
Y ya no anoté nada más aquella tarde.
Me quedé sentada en la butaca de una mujer muerta, en una habitación que huele a membrillo, con tres cartas sobre una mesa camilla y la estampa del funeral de mi abuela boca arriba encima de la tercera, y estuve así hasta que la luz de agosto se puso naranja y luego se puso de ese color que no tiene nombre y luego se acabó, y no encendí la lámpara.
Cuando te mueras, avisa. Estas cosas se avisan.
El 11 de marzo de 2023 nadie avisó a Aurora Seoane de que Julia Valdés Figueroa había muerto en Madrid a los setenta y nueve años. No había a quién avisar: en mi familia el nombre de aquella mujer no existía, y ese es exactamente el problema, y de eso me di cuenta en la butaca.
Fue de todas formas.
Se enteró por su cuenta —por una esquela, por una prima, por el sistema nervioso de los pueblos, que funciona mejor que cualquier notificación— y cogió un coche o un tren o lo que cogiera una mujer de ochenta y un años para hacer seiscientos kilómetros, y se metió en la sala tres del tanatorio de la M-30 sin decirle a nadie quién era, y se quedó de pie el tiempo suficiente para oír a una nieta decir cuatro minutos de cosas.
Y luego se llevó una estampa. Y escribió cinco palabras al dorso. Y la guardó tres años en una carpeta sin etiqueta, junto a tres cartas que nunca mandó.
Voy a poner por escrito lo que entendí aquella tarde, y voy a poner también lo que no entendí, porque las dos cosas importan.
Entendí la dirección.
Durante seis días había estado construyendo un edificio en el que Aurora Seoane era la mujer que se quedó con la casa de mi familia y que al final de su vida quiso comprarse el descanso invitándome a una boda. Aquellas tres cartas tiraban ese edificio entero.
Nadie escribe durante cuarenta y siete años a la persona a la que ha desplazado.
Nadie le guarda el sitio hasta el Credo.
Nadie conserva sesenta años una labor que no es suya porque no es mía, y no lo tiro porque tampoco .
Y sobre todo —esto es lo que ninguna versión familiar aguanta— nadie que haya ganado escribe así. En esas tres cartas no hay una sola línea de una mujer que se quedó con algo. Hay una mujer a la que le quitaron a alguien.
Eso lo entendí. Y me costó, porque significaba mover de sitio a mi abuela, y a los muertos de una no se los mueve gratis.
Lo que no entendí fue el resto, y aquí es donde hice lo que hacen todas las familias que se sientan en mi mesa: me fabriqué una versión intermedia. Una de esas versiones cómodas, razonables, con la que todo el mundo puede cenar.
La mía, aquella tarde, fue esta: hubo una amistad de juventud; hubo una compraventa; algo salió mal, probablemente el precio, probablemente las prisas, probablemente el padre de una y el padre de la otra; el pueblo eligió bando y castigó a la que tenía menos apellido; y las dos mujeres, que no habían tenido la culpa de nada, se quedaron cada una en su lado de un muro que levantaron sus familias.
Una versión estupenda. Simétrica. Sin culpables.
Absolutamente falsa.
Pero tenía la enorme ventaja de que en ella yo seguía sin tener que preguntarle nada a mi madre.
Antes de bajar hice una cosa que no estaba en el plan.
Salí al pasillo, abrí la ventana del descansillo, que da al patio de atrás, y busqué la camelia.
Estaba donde ha estado siempre, junto al muro del hórreo, con el tronco del grosor de un brazo y las hojas oscuras de las plantas que llevan aquí más tiempo que las personas. En agosto una camelia no es nada: un arbusto grande y aburrido. Todo lo suyo pasa en enero.
Una chica de diecinueve años plantó esa camelia en una casa que su familia iba a perder ocho meses después.
Y la otra chica se quedó a vivir en esa casa y no la arrancó.
Sesenta y tres años sin arrancarla. Podándola, seguramente.
Regándola en los veranos secos. Viéndola florecer cada enero delante de la ventana de la cocina, sola, mientras metía en un archivador de la bodega las facturas de una compraventa de 1963 y en un mueble bajo tres cartas que no echaba al correo.
Cerré la ventana.
Y anoté en la libreta, debajo del análisis de la carta II, una línea que no es de perito y que dejo ahí porque es la única cosa que escribí aquel día que resultó ser verdad:
Esta mujer no se quedó con una casa. Se quedó a esperar en ella.
Bajé a las nueve. Guardé las cartas donde estaban, cerré el mueble, cerré la biblioteca y me metí la llave en el bolsillo.
En el descansillo me crucé con Maruxa, que subía con una cesta de ropa a las nueve de la noche, porque esa mujer no ha descansado nunca.
Me miró la cara. Me miró la llave, que la llevaba en la mano sin darme cuenta.
—¿Ha leído usted algo? —dijo.
—He leído.
—Ya.
Y siguió subiendo, y a mitad de tramo, sin volverse, dijo:
—Ella escribía mucho. Todo el santo día escribiendo. —Cambió la cesta de cadera—. Lo que no hacía era echar las cartas al correo. Eso ya es otra cosa.