La invitada 141 Capítulo 22
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Capítulo 22

Capítulo

Gabriel la había sacado del archivo del colegio notarial y la tenía sobre la mesa de su despacho de la calle Michelena, con una funda de plástico y un post-it amarillo que decía «anexo», que fue lo primero que miré.

—Siéntese —dijo—. Y léala entera, que es lo suyo.

La leí entera.

El vendedor era don Ramiro Valdés Louzán, propietario, vecino de Arousela, casado con doña Amparo Figueroa Doval. El comprador, Seoane e Hijos, S. L., representada por don Manuel Seoane Bermúdez.

El precio, un millón ochocientas cincuenta mil pesetas, «recibidas por el vendedor con anterioridad a este acto», que es la fórmula que se usa cuando el dinero ya se ha entregado y hay prisa por dejarlo escrito.

Y el anexo era un inventario de bienes muebles de tres folios.

Setenta y ocho asientos. La mesa de castaño del comedor, doce sillas. Un arcón de ajuar con cantoneras de hierro. Una alacena. Cuatro camas de madera torneada. Un reloj de pared, parado. Y en el asiento sesenta y uno:

Dos retratos fotográficos enmarcados, de la familia del vendedor, que quedan en la casa por deseo expreso de este.

Lo leí tres veces.

—¿Lo ha visto? —dije.

—El sesenta y uno.

—«Por deseo expreso.» Un hombre que vende su casa deja los retratos de sus padres colgados en la pared y lo hace constar en escritura pública ante notario. —Puse el dedo en el papel—. Eso no es un descuido. Eso es una cláusula.

—Eso es un hombre que no podía llevárselos —dijo Gabriel.

—¿A un piso de Madrid no le caben dos marcos?

—Le caben. —Se apoyó en el respaldo—. Lo que no le cabe es explicarles todos los días por qué no están donde estaban.

Nos quedamos callados los dos, con once folios de 1963 entre las manos, un viernes de agosto por la mañana, en un despacho encima de una óptica.

Y yo tenía en aquel momento tres cosas que él no tenía: cincuenta fotografías en el suelo de una casa prestada, una señora del mercado que me había reconocido la cara y el apellido de mi abuela en la casilla del vendedor.

No dije ninguna de las tres.

Voy a dejarlo escrito con todas sus letras, porque es lo que corresponde: aquel viernes por la mañana, delante de un hombre que acababa de sacar del archivo notarial un documento que yo le había pedido, y que llevaba tres días sin dormir bien por decidir si me lo enseñaba en persona, yo mentí por omisión con mucho oficio.

Se lo había diagnosticado a él el 22 de julio en una escalera de piedra. Tardé cinco semanas en aprenderlo.

—¿Y usted por qué me enseña esto? —dije.

—Porque me lo pidió en un acta firmada.

—Podía habérmelo mandado por correo electrónico. Me lo dijo usted ayer: no me lo mandó a propósito.

Tardó lo que tarda siempre.

—Porque quería verle la cara cuando leyera el asiento sesenta y uno.

—¿Y qué ha visto?

—Todavía no lo sé —dijo—. Esa es exactamente la respuesta que me tiene sin dormir.

—Una última pregunta técnica y nos vamos —dije, cerrando la funda—. La conservera.

—¿Qué conservera?

—Los Valdés tenían una conservera en Arousela. ¿Qué fue de ella?

Gabriel se quedó con el bolígrafo en el aire.

—¿Usted cómo sabe eso?

Y ahí, señores, fue donde me pilló.

Porque yo aquel dato no lo había sacado de ningún acta, ni de ninguna sesión, ni de ninguna conversación en aquella casa. Lo había sacado de una carta cerrada de 1987 que estaba a esas horas dentro de un mueble bajo con llavecita, en una habitación cuya llave llevaba él en el llavero.

Tenía dos segundos.

—Me lo dijeron en la taberna —dije.

—¿Quién?

—Las señoras del tute.

Era verosímil. Era perfectamente verosímil: aquellas tres mujeres me habían contado media historia del pueblo por dos vermús, y él lo sabía porque me había visto sentada con ellas el 31 de julio.

Gabriel me miró un momento más de la cuenta.

—Ya —dijo—. La conservera se liquidó en el sesenta y cuatro. Está en el registro mercantil, si quiere se lo saco.

—No hace falta.

—Como quiera.

Y siguió escribiendo, y yo me quedé con la funda de plástico en la mano y con una sensación nueva y bastante desagradable: la de haber mentido bien.

Volvimos al pazo a las siete de la tarde y llovió, cosa que en Arousela en agosto pasa dos veces y aquella fue una de ellas: media hora de agua gorda que dejó el camino de castaños oliendo a tierra y el aire por fin respirable.

Cenamos con la familia, que fue una cena tranquila —los acuerdos del jueves habían dejado a todo el mundo con esa educación provisional de las treguas—, y a las once, cuando Clara y Bosco se habían ido y Pilar recogía, Gabriel me esperó en el pasillo con las llaves en la mano.

—¿Tiene sueño?

—Ninguno.

—Venga.

La biblioteca de doña Aurora está en el primer piso, al fondo, y es la única habitación del pazo cuya llave no tiene Maruxa. La tenía él, en el llavero del albacea, con una etiqueta de cartón escrita con letra picuda: BIBLIOTECA. Que no entre nadie hasta que estén los papeles.

—¿Eso lo escribió ella?

—En marzo.

Abrió.

No es una biblioteca de las de novela: es una habitación de trabajo, con una mesa camilla, dos butacas, una estufa eléctrica de tres barras y cuatro estanterías con más carpetas que libros.

Los libros que hay son de plantas, de recetas y de derecho civil comentado, con post-its.

Olía a papel y a cerrado, y a algo dulce, viejo, que tardé un rato en identificar como membrillo.

—Ahí —dijo Gabriel, señalando la estantería del fondo— está el inventario del caudal. Todo eso lo he trabajado yo y lo conoce usted por las actas.

—¿Y ahí?

Ahí era un mueble bajo, de dos puertas, cerrado con una llavecita.

—Ahí está lo que no es del caudal.

Se sentó en el brazo de una butaca, se pasó la mano por la cara y estuvo un rato eligiendo las palabras. Cuando habló, lo hizo en un tono que no le había oído nunca: el de un hombre leyendo en voz alta un documento interno.

—Doña Nora, la instrucción de mi clienta me obliga a no explicarle a usted el motivo.

Eso lo he cumplido y lo voy a cumplir hasta el 12 de septiembre.

—Levantó la vista—. Lo que no dice esa instrucción, y lo he leído ciento cincuenta veces, es que yo tenga que impedirle mirar lo que hay en esta habitación.

—Eso es una interpretación muy generosa.

—Es una interpretación literal. Que es lo único que me sé hacer. —Puso la llavecita sobre la mesa camilla—. Yo me voy a quedar aquí sentado, porque el albacea responde de los efectos. Y usted mira lo que quiera.

—¿Por qué hace esto?

—Porque llevo tres meses siendo el hombre que dice que no, y ayer por la mañana la vi a usted arreglar en veinte minutos con tres preguntas lo que yo llevo desde abril estropeando con formularios. —Dejó las llaves sobre la mesa camilla—. Y porque estoy cansado.

Abrí el mueble.

Dentro había cinco carpetas de gomas, ordenadas, y un sobre de papel manila.

La primera carpeta era de recibos de la parroquia. La segunda, de escrituras de fincas pequeñas. La tercera, de cartas de una prima de Buenos Aires, cuarenta años de correspondencia atada con un cordel, todas contestadas.

La cuarta no tenía etiqueta.

Dentro había tres sobres cerrados, de tres papeles distintos y tres épocas distintas, sin sello, sin dirección, sin remite. En cada uno, en el centro, escrita a mano y sola, una letra:

J.

Los puse sobre la mesa camilla en fila. Uno era de papel fino, casi cebolla, con la tinta traspasada. Otro era de un sobre comercial reciclado, de los de banco. El tercero era blanco y limpio y llevaba menos tiempo en el mundo.

—¿Usted sabe qué es esto? —dije.

—No.

—¿No las ha abierto?

—No están en el inventario. Si no están en el inventario, no son mías.

—Y ahí, por primera vez en toda la noche, dudó—.

Y le voy a decir la verdad, doña Nora: llevo cuatro meses sin abrirlas porque tengo bastante claro que si las abro y son lo que parecen, ya no voy a poder seguir haciendo esto con la cabeza fría.

Y en el fondo de la carpeta, debajo de los tres sobres, había una cartulina pequeña.

La reconocí antes de leerla, porque llevo desde los treinta y cuatro años sabiendo cómo son estas cosas por dentro y por fuera. Una estampa de tanatorio. Cruz arriba, letra gótica, papel satinado.

Rogad a Dios en caridad por el alma de JULIA VALDÉS FIGUEROA que falleció en Madrid el día 11 de marzo de 2023, a los 79 años de edad D. E. P. Tanatorio de la M-30 — Madrid

Yo repartí esas estampas.

Las encargué en la funeraria de la calle Bravo Murillo un jueves por la tarde, elegí el modelo entre cuatro que me enseñaron en un catálogo de plástico, dije que el gótico me parecía anticuado y me dijeron que era el que se llevaba, y las repartí yo, de pie en la puerta de la sala tres, a ciento y pico personas, durante seis horas.

Estas estampas no se compran. No se piden. No están en internet. Solo tiene una quien estuvo allí.

Le di la vuelta.

Al dorso, a lápiz, con la letra picuda hecha de otra manera —más grande, más lenta, con el pulso de una mujer de ochenta y un años apoyando el papel en cualquier sitio—, había una línea:

«Habló la nieta. Salió a ella.»

Yo hablé.

Yo hablé cuatro minutos en aquella sala, sin papel, y dije que mi abuela Julia era la mujer más honesta que había conocido. Lo dije mirando a la primera fila. Mi madre estaba en la primera fila y no me miró.

Y en algún sitio de aquella sala, entre ciento y pico personas de las que yo no conocía ni a la mitad, había una señora de ochenta y un años de Arousela que se llevó una estampa a Galicia, la guardó tres años en una carpeta sin etiqueta y escribió al dorso cinco palabras.

—Doña Nora.

Me di cuenta de que llevaba un rato sin moverme.

—¿Qué es? —dijo él.

Levanté la cabeza. Gabriel Otero estaba de pie, muy cerca, con esa cara del que no sabe si acercarse más.

Aquí es donde tengo que contar lo que hice, y es una de las dos o tres cosas de aquel verano que no sé defender.

—Una estampa de un funeral —dije—. De 2023.

—¿De quién?

Y yo, que tenía en la mano el documento que lo explicaba todo, que sabía que aquella mujer había cruzado media España para escuchar hablar a una desconocida, que tenía en el suelo de mi casa cincuenta fotografías de dos chicas de diecinueve años en un muelle, dije:

—No lo pone claro.

Cuatro palabras.

La primera mentira entera, con todas sus letras, sin omisiones ni fórmulas, que le dije a aquel hombre.

Y él —que llevaba cinco semanas cronometrándome a mí exactamente igual que yo a él— me sostuvo la mirada tres segundos, que es un segundo más de lo que necesitaba.

—Bien —dijo.

—Bien.

Y ninguno de los dos se movió.

Voy a describir esto con la misma frialdad con la que he descrito todo lo demás, porque es lo único que puedo hacer con ello.

Estábamos de pie en una habitación de tres por cuatro, a las doce y media de la noche, con una estufa eléctrica apagada, un mueble abierto y tres sobres sobre una mesa camilla.

Fuera había dejado de llover hacía dos horas y el agua seguía cayendo de los castaños al tejado del hórreo, de uno en uno, muy despacio.

Él tenía las llaves en la mano izquierda y no las soltaba, que es lo que hace un hombre que se está sujetando a algo.

Yo dejé la estampa en la mesa.

—Doña Nora.

—Sí.

—Hay algo que no puedo...

—Lo sé —dije.

Y le quité las llaves de la mano.

Lo que pasó después fue distinto del quince de agosto, y lo apunto porque la diferencia es todo el capítulo.

El quince de agosto fue una cosa que empezó los dos a la vez, en una cocina, con el pelo lleno de sal.

Esto fue otra cosa. Esto fue un hombre que llevaba once horas conduciendo, discutiendo con un notario, sacando de un archivo un documento de 1963 y abriendo con su propia llave la única habitación que su clienta le había prohibido abrir a nadie, y que a las doce y media de la noche, en una biblioteca de tres por cuatro con una estufa apagada, ya no era capaz de sostener nada.

Le temblaban las manos. No es una manera de hablar: le temblaban, y lo noté cuando le quité las llaves, y él lo notó que yo lo había notado, y por primera vez desde el 22 de julio no dijo absolutamente nada al respecto.

Nos quedamos de pie mucho rato. Más del que hace falta.

Y a mí, que me gano la vida midiendo lo que tarda la gente en contestar, me pareció que aquel silencio era la única cosa honesta que habíamos conseguido decirnos en dos meses.

Después ya no medí nada.

Del resto voy a contar dos cosas y me voy a callar las demás.

La primera es que en algún momento me acordé de lo que pensé de él en aquella sala de espera de Cambados — la gente que va a decir la verdad no ordena nada — y que aquella noche, entre una mesa camilla, tres sobres cerrados y una estampa de tanatorio boca arriba, no ordenó absolutamente nada.

La segunda es que me llamó de usted todo el rato.

Todo el rato. Incluso entonces.

Y yo, que aquella misma tarde le había mentido a la cara con cuatro palabras, no le corregí ni una vez.

A las dos de la mañana, en el pasillo, con la llave de la biblioteca otra vez en su llavero y la luz apagada, me dijo:

—Esto complica bastante mi posición.

—Complica bastante las dos.

—Sí.

—Buenas noches, señor Otero.

Se rio, en la oscuridad, con la mano en la barandilla.

—Buenas noches, doña Nora.

Bajé al camino de castaños sola, con el aire mojado y los zapatos en la mano, y me metí en la casa de los caseros a las dos y cuarto.

Y lo primero que hice, antes de quitarme la ropa, fue sacar la libreta y apuntar la fecha, la hora y una sola línea, porque soy quien soy:

«Tres sobres. No los he abierto. Volver mañana.»