Capítulo 21
Capítulo
Los tasadores llegaron el jueves a las once y diez, en un Audi gris, dos hombres jóvenes con polo y una tablet, y tuvieron la mala suerte de aparcar al lado del coche de los Anguita.
Yo estaba en la galería con Pilar revisando el plano de las mesas cuando vi el Audi.
—¿Esperáis a alguien?
—Ay, no lo sé, aquí ya no sé ni quién viene.
Bajé.
—Buenos días. ¿Vienen ustedes por la boda?
—No, no. —El de la tablet me sonrió con toda la profesionalidad del mundo—. Venimos por la tasación. ¿Es usted la señora Ansede?
Y en ese momento, a mi espalda, oí la voz de Fernando desde la puerta de la cocina.
—¿Qué tasación?
Aquello duró once minutos y fue lo más parecido a un incendio que he visto en una casa sin fuego.
Chelo apareció en la escalera de la galería con las gafas en la mano.
Fernando cruzó el patio a una velocidad que no le correspondía.
Bosco salió del hórreo. Clara salió detrás de Bosco.
Y en la puerta principal, en primera fila, con una copa de vino blanco a las once y cuarto de la mañana, se colocaron don Álvaro Anguita, su mujer, la madrina y los dos primos, que en tres segundos entendieron que aquello era mejor que la prueba del traje.
—Habíamos acordado que no —dijo Fernando.
—Habíamos acordado no mover la valoración hasta el doce —dijo Chelo—. Una tasación oficial no es una valoración orientativa. Y necesito una tasación oficial para saber qué estoy discutiendo.
—¡Delante de la familia de mi yerno, Consuelo!
—Yo no elijo el día que viene la gente.
—¡Has elegido el día!
—He elegido el día que tenían hueco.
—¡En agosto tienen hueco todos los días!
Y ahí Fernando Ansede, que llevaba cuarenta años siendo el hombre que apagaba incendios diciendo que aquí nos queremos mucho, dijo delante de veintiuna personas la frase que llevaba diecisiete años guardándose:
—Es que tú no quieres vender la casa. Tú quieres que mamá te pida perdón, y como no puede, nos la vas a vender a nosotros.
Silencio de patio.
Uno de los tasadores hizo lo único inteligente que se podía hacer, que fue meterse en el coche.
Y Chelo, muy blanca, con las gafas todavía en la mano, dijo:
—Muy bien. Muy bien, Fernando.
Y se fue hacia el camino de castaños andando.
Aquí es donde tengo que contar la parte de la que no estoy orgullosa y la parte de la que sí, que ocurrieron en el mismo cuarto de hora.
Fui detrás de ella. La alcancé a la altura del hórreo.
—Consuelo.
—No.
—Dos minutos.
—Ni dos ni uno. —Se paró de golpe y se giró—.
¿Sabe lo que pasa, señora Valdés? Que llevo cuatro meses siendo la mala de esta película en mi propia casa.
Yo soy la que quiere vender. Yo soy la que rompe la boda.
Yo soy la que no respeta a la muerta. Y da la casualidad de que soy también la única que ha pagado el tejado de esta puta casa mientras los demás venían en agosto a bañarse.
—Lo sé. Está en el acta.
—El acta me la paso yo por...
—Termine la frase, que la voy a apuntar igual.
Y ahí, por primerísima vez, Consuelo Ansede Seoane se rio. Fue una risa fea, de una sola sílaba, pero fue una risa.
—Es usted insoportable.
—Sí. Vuelva a la casa.
—No.
—Consuelo, si usted se va ahora andando por ese camino, mañana en este pueblo se dirá que la hija mayor se marchó llorando de la casa de su madre delante de los consuegros.
Y usted tendrá razón en todo y no le servirá de nada, porque las razones no se cuentan y las escenas sí.
—Bajé la voz—. Entre en la cocina conmigo, siéntese, y déjeme trabajar veinte minutos.
Si en veinte minutos no ha mejorado nada, se va usted a Vigo y yo misma le llevo la maleta al coche.
Se quedó mirándome.
—¿Y por qué iba a fiarme de usted?
—Porque soy la única de esta casa que no gana nada con que se venda ni con que no se venda.
Que era, en aquel preciso momento del mes de agosto de 2026, la mentira más limpia que he dicho en mi vida profesional.
Los veinte minutos fueron buenos. Voy a permitirme decirlo, porque de todo lo que hice aquel verano, esto es de lo poco que volvería a hacer igual.
Los senté en la cocina, no en el comedor: la cocina no tiene cabecera. Eché a todo el mundo, incluidos los Anguita, que se resistieron. Puse tres vasos de agua. Y en lugar de volver al asunto de la tasación, hice lo que hay que hacer cuando una mesa se rompe, que es cambiar la pregunta.
—Fernando, ¿usted qué necesita para dormir esta noche?
—Que no se venda la casa.
—Eso no es lo que necesita para dormir. Eso es lo que quiere. ¿Qué necesita?
Tardó.
—No quedar delante de mi hija como el que dejó que se vendiera.
—Anotado. Consuelo, la misma pregunta.
—Que alguien reconozca que yo he sostenido esto sola.
—Eso ya lo firmó su hermano hace dos semanas. ¿Qué necesita, además?
Y Chelo, con el vaso de agua en la mano y sin mirar a nadie:
—Saber por qué mi madre nos hizo esto.
—Eso no se lo puedo dar. ¿Qué más?
—Nada más.
—Sí hay más. —Me senté—. Consuelo, usted tiene sesenta años, un divorcio, un trabajo en Vigo y diecisiete años de facturas de una casa en la que no vive. Si mañana esto se resuelve, ¿qué hace usted el lunes?
Y ahí, aquella mujer se quedó con el vaso a medio camino, exactamente igual que don Álvaro Anguita con el percebe, y por la cara que puso supe que llevaba diecisiete años sin plantearse esa pregunta y que la respuesta le daba más miedo que la casa.
—Clara —dije, porque la había dejado entrar y estaba de pie contra la nevera—. Tú no has hablado.
—Es que a mí me van a dar la casa. No me parece elegante.
—Aquí no estamos para ser elegantes. ¿Qué necesitas tú?
—Que no me la den —dijo.
Fernando levantó la cabeza.
—Clara.
—Papá, es que no la quiero así. Yo quiero esta casa, ¿eh?
La quiero mucho. Pero no la quiero encima de mi tía.
—Se cruzó de brazos—. Y estoy harta de que todo el mundo hable de mi boda como si fuera una cláusula.
Llevo cuatro meses sin poder decir «mi boda» en voz alta sin que alguien saque una carpeta.
Nadie contestó, y ese fue el mejor silencio de todo el verano, porque era de los que se llenan solos.
—Anotado —dije.
—¿Eso lo puede arreglar usted? —preguntó Chelo, y no había ironía.
—No. Eso no lo arregla nadie con un papel. Pero acaban ustedes de oírlo, que es más de lo que habían hecho en cuatro meses.
Salieron de la cocina a las doce y media con un acuerdo escrito de tres líneas: la tasación oficial se hacía, pero sus resultados quedaban en depósito con el albacea hasta el 14 de septiembre, y ninguna de las partes podía difundirlos ni negociar con terceros antes de esa fecha.
Firmaron los tres. Los tasadores volvieron a bajar del Audi y midieron el ala este durante dos horas mientras la coral ensayaba en la capilla.
Fue, técnicamente, la mejor media hora de mi verano.
Y sin embargo.
A las tres de la tarde, cuando ya se habían ido todos, subí sola al salón grande y me quedé delante de la lista enmarcada, y lo que sentí no fue satisfacción profesional.
Fue alivio.
Alivio de que no se vendiera. Alivio físico, en los hombros, de esos que te avisan del susto que has pasado.
Y una mediadora no siente alivio. Una mediadora siente satisfacción cuando las partes acuerdan y frustración cuando no, y le da exactamente lo mismo el contenido del acuerdo, porque el contenido no es suyo.
A mí, aquel jueves, no me daba lo mismo.
Yo quería que aquella casa se quedara donde estaba. Con su galería, su hórreo, su arcón en el ala este y sus dos retratos de desconocidos en el comedor.
No por Clara. No por Bosco y sus cepas. No por la tía Chelo, que era, con diferencia, la persona más honrada de aquella familia.
Porque era nuestra.
Escribí esa palabra en el cuaderno pequeño, la miré un rato, y la taché con dos rayas.
Sigue estando ahí. Se lee perfectamente.
A las siete y media, cuando salía hacia la casa de los caseros, Gabriel me estaba esperando apoyado en su coche, con la chaqueta ya quitada y la carpeta debajo del brazo.
Llevaba desde la mañana con una cara rara y yo llevaba desde la mañana sin preguntarle por qué, que era la novedad de aquella semana.
—Doña Nora.
—Señor Otero.
—Lo de esta mañana ha estado muy bien.
—Gracias.
—Lo digo en serio. Yo llevo cuatro meses viendo cómo esa familia se rompe y usted lo ha parado con tres preguntas y un vaso de agua.
—Es mi trabajo.
—Es mi trabajo.
—Ya lo sé. —Se apoyó en el coche—. Le voy a pedir una cosa y quiero que sepa que se la pido para mí, no para el caudal, y que le va a costar tiempo y que no se la puedo facturar a nadie.
Eso, dicho por él, era una novedad absoluta. En cinco semanas, aquel hombre no me había pedido absolutamente nada que no llevara un número de expediente detrás.
—Adelante.
—Quédese hasta el 14 de septiembre. Dos días más de la boda.
—¿Para qué?
—Para la partición. —Se pasó la mano por la nuca—.
El día 14 se abre la tasación que está en depósito y esa familia se sienta a repartir.
Y el 14 yo ya no puedo hacer nada, doña Nora, porque el día que se cumple el modo se me acaba el papel de albacea y me convierto en el señor que les lee un número.
Y esa gente, con un número encima de la mesa y sin nadie que los sostenga, se rompe en una tarde.
—Para eso pueden contratar a otro mediador.
—No van a contratar a otro mediador. Van a llamarse abogados.
—Entonces se llamarán abogados.
—Doña Nora.
—Señor Otero, yo tengo despacho en Madrid. Tengo cuatro expedientes parados desde el 27 de julio y una vida a la que volver, si le parece.
—Ya lo sé.
—Y usted me está pidiendo que me quede dos días más en una casa a la que no me han invitado a quedarme, para asistir a una partición que no me corresponde, gratis.
—Sí. —No se movió—. Eso le estoy pidiendo.
Y aquí está el detalle que después me tuvo despierta muchas noches: yo podría haber dicho que sí.
Me lo estaba pidiendo un hombre que llevaba cuatro meses sin pedirle nada a nadie, un jueves por la tarde, apoyado en su coche, sin fórmulas jurídicas y sin un solo «lo que está previsto». Era, con muchísima diferencia, la cosa más personal que me había dicho desde el 22 de julio.
—Me lo pienso —dije.
Que en mi profesión es un no educado, y los dos lo sabíamos, y él bajó la cabeza medio segundo antes de contestar.
—Muy bien.
—No es que no quiera.
—Ya. —Y ahí recuperó el tono de siempre, que es lo que hace la gente cuando le acaban de decir que no y todavía le queda media conversación—. Tengo la escritura del sesenta y tres. La que pidió usted el martes.
—Bien. Mándemela por correo y la miro mañana.
—No.
Levanté la cabeza.
—¿Cómo que no?
—Que no se la voy a mandar por correo. —Abrió la puerta del coche y se quedó con la mano en el marco—.
Venga conmigo mañana a Pontevedra. Y hoy no me pregunte nada, se lo pido por favor, porque llevo desde las once de la mañana pensándolo y todavía no sé si lo que voy a hacer es lo correcto o solo es lo que tengo ganas de hacer.
—Señor Otero...
—Quiero enseñarle una cosa antes de que la encuentre usted sola —dijo—. Porque la va a encontrar. Lleva cinco semanas encontrándolo todo.