Capítulo 20
Capítulo
Existe un documento que se llama acta de sesión y que redacto yo.
En él consta quién asiste, qué se trata, qué se acuerda y qué queda pendiente.
Es un documento privado, no tiene valor probatorio salvo que las partes lo firmen, y su función real es que cada uno se vaya a su casa con la misma versión de lo que ha pasado, que es aproximadamente lo contrario de lo que hace una familia por su cuenta.
Empezamos a las once. Orden del día: valoración de las aportaciones de Consuelo, calendario de decisión y —esto lo había pedido Fernando— la cuestión de los muebles, que en las herencias españolas es siempre el segundo frente y el más sucio.
A las once y veinte, mientras Fernando leía las derramas del muro, yo hice la primera pregunta que no venía en el orden del día.
—Perdón, una cuestión previa que igual es una tontería. ¿La casa se compró amueblada?
Fernando levantó la vista.
—¿Cómo?
—Que si cuando su abuelo compró el pazo, la compró con los muebles dentro.
—Pues... sí. Con casi todo. —Se rio, incómodo—. Eso lo decía mi padre: que compraron una casa con la mesa puesta.
—¿Y eso consta en algún sitio?
—¿En qué sitio va a constar?
—En la escritura. Normalmente en las compraventas de esa época, cuando iban los muebles incluidos, se hacía un inventario anexo.
Y aquí quiero ser exacta conmigo misma, porque es el capítulo en el que hay que serlo.
Aquella pregunta era legítima. La composición del caudal y el origen de los bienes muebles es materia de la herencia, y si en aquella casa había mobiliario que no perteneciera al patrimonio Seoane, eso afectaba al reparto entre Consuelo, Fernando y Clara.
Cualquier mediadora competente la habría hecho.
Yo no la hice por eso.
Yo la hice porque quería saber si en algún papel oficial de aquella familia figuraba el apellido de mi abuela, y porque a las once y veinte de la mañana del martes 25 de agosto llevaba treinta y seis horas convencida de que aquella gente me debía algo.
—Yo eso no lo he visto nunca —dijo Fernando.
—¿Puedo pedirle la escritura al señor Otero?
—Pídasela.
Se la pedí a las once y media, delante de todos, con voz de trámite. Gabriel anotó «escritura de 1963, anexo de muebles» en su carpeta, sin levantar la cabeza, y dijo que la tendría en dos días.
A las doce menos cuarto hice la segunda.
—Otra cuestión de contexto. Los retratos del comedor. Los dos de la derecha, los que vinieron con la casa. ¿Alguien sabe de quién son?
—De nadie —dijo Fernando.
—De los antiguos dueños, supongo —dijo Clara.
—¿Y por qué siguen ahí?
—Porque nadie los ha quitado —dijo Chelo, mirándome por encima de las gafas—. ¿Eso es relevante para el reparto?
—Puede serlo. Son bienes muebles con posible titularidad ajena.
—Son dos cuadros de dos muertos que no conocemos.
—Que es exactamente lo que acabo de decir con más palabras.
Chelo se me quedó mirando cuatro segundos. Y en esos cuatro segundos, esa mujer, que llevaba un mes tratándome como a una funcionaria cara, me miró por primera vez como se mira a otra jugadora.
Continuamos. Muebles, derramas, calendario. A la una y cuarto cerré la sesión con dos acuerdos menores y un pendiente, redacté el acta en el ordenador, la imprimí en la impresora de la cocina y la puse a firmar.
En el acta consta: «Se solicita a la albacea copia de la escritura de compraventa de 1963 a efectos de determinación del caudal y eventual inventario anexo de bienes muebles.»
Y eso es verdad. Es literalmente lo que pasó.
Lo que no consta —y esto es lo que me tiene escribiendo este capítulo tres años después con la misma incomodidad— es por qué lo pedí.
Vamos a llamar a las cosas por su nombre, que para eso me pagan, para obligar a los demás a hacerlo.
El artículo séptimo del código deontológico que yo firmé cuando me colegié dice que el mediador debe abstenerse cuando concurra cualquier circunstancia que afecte a su imparcialidad.
No dice «cuando el mediador tenga un conflicto de intereses económico».
Dice cualquier circunstancia. Y añade, por si alguien tenía dudas, que la obligación de abstención subsiste aunque las partes consientan.
Yo tenía, aquel martes, tres circunstancias.
Una: la parte causante de la herencia me había legado un bien.
Dos: la ejecución de una cláusula testamentaria dependía de un acto personal mío.
Tres: acababa de descubrir que mi familia había sido propietaria del inmueble objeto de la controversia.
Con una sola de las tres, cualquier mediador con dos dedos de frente se aparta, llama al colegio y avisa a las partes.
Con las tres, ni siquiera es una cuestión de ética profesional: es que técnicamente yo ya no era la mediadora de aquel asunto.
Era parte interesada sentada en la cabecera de la mesa con un cuaderno.
Lo sabía. Esto es lo importante y por eso lo escribo. No fue una zona gris, no fue un descuido, no fue que se me pasara.
Lo supe el sábado en el mercado, lo confirmé el lunes en el suelo de la casa de los caseros y el martes a las once me senté en la cabecera igual.
Y no me aparté por tres razones que voy a ordenar de la más presentable a la menos.
La presentable: si me apartaba, había que explicar por qué, y explicar por qué significaba poner encima de aquella mesa de castaño una historia de 1963 que yo todavía no entendía, delante de tres personas que llevaban cuatro meses peleándose.
Habría hecho más daño que bien. Esto es cierto, y sigue siendo cierto hoy, y no me sirve de nada.
La menos presentable: era la única forma que tenía de seguir dentro. Sin encargo, sin contrato, sin acceso, yo volvía a ser una señora de Madrid con una invitación en el bolso, y las señoras de Madrid con invitaciones no piden escrituras de 1963.
Y la tercera, que es la única verdad y la que me costó seis días admitir: yo ya no quería resolver aquel conflicto. Quería ganarlo.
Cuando en mi despacho de Chamberí una parte empieza a acumular documentación en lugar de intercambiarla, yo lo detecto en la segunda sesión y lo digo en voz alta. Es el momento exacto en que un conflicto deja de poder resolverse: cuando alguien decide que tiene razón y empieza a reunir pruebas.
Aquel martes, en aquella mesa, la única persona que estaba acumulando documentación era la mediadora.
A las dos y media, cuando ya se habían ido todos, Gabriel me esperó en la galería con dos cafés.
Es un detalle que conviene explicar. Desde el 16 de agosto, aquel hombre bajaba a la cocina a las dos y media, hacía dos cafés y subía con los dos. Nunca preguntaba si yo quería. Nunca lo comentábamos. Era, con diferencia, la cosa más íntima que había en aquella casa.
Cogí el mío y me quedé de pie, a metro y medio de la barandilla, con la carpeta debajo del brazo.
—Ha estado bien lo de los muebles —dijo.
—Es rutina.
—No es rutina. Nadie pregunta por el inventario anexo de una compraventa de hace sesenta y tres años. Yo llevo dieciséis años en sucesiones y no lo he pedido nunca.
—Pues ya ve.
Bebió. Esperó. Y entonces hizo lo que llevaba tres días haciendo, que era tender una de las trampas pequeñas que nos tendíamos desde julio, a ver si yo la cogía.
—Le voy a decir una cosa que no debería —dijo.
Eso, entre nosotros, era una jugada. Significaba: pregúnteme . Significaba: estoy dispuesto a que me saque usted algo si me pregunta bien . Llevábamos cuatro semanas jugando a eso y yo se lo había ganado siete veces de nueve.
—Muy bien —dije.
Y me bebí el café mirando la ría.
Hubo un silencio de galería, que rebota menos que el de las escaleras pero dura más.
—Doña Nora.
—Dígame.
—¿Está usted enfadada conmigo?
—No.
—Porque si es por lo del quince de agosto...
—No es por lo del quince de agosto. —Y esto fue verdad, técnicamente, que es la peor manera de decir la verdad—. Estoy trabajando, señor Otero. Nada más.
—Ya.
—Tengo que redactar el acta.
—Claro.
Me fui con la taza en la mano, que es una cosa que no se hace, y a mitad de pasillo me di cuenta de que llevaba la taza en la mano y no volví.
Aquella tarde, mientras redactaba el acta que no reflejaba lo que había pasado en aquella habitación, pensé dos veces en bajar a devolvérsela.
No bajé.
Y ahí está, si alguien quiere buscarlo, el momento exacto en que aquello se rompió: no fue el 3 de septiembre en un patio con una fotocopia en la mano.
Fue el 25 de agosto a las dos y media de la tarde, cuando un hombre me tendió una trampa pequeña para que yo se la ganara y yo, que llevo doce años sin dejar pasar ni una, la dejé pasar.
Él no supo por qué.
Yo sí, y no se lo dije, que es exactamente lo que llevaba seis semanas reprochándole a él.
A las cinco llamé a Bea, que es lo que hace la gente que ya ha decidido: buscar a alguien que se lo desaconseje para poder decir después que le avisaron.
—A ver, cuéntame —dijo—. ¿Sigues con lo del dedal?
—Sigo con lo del dedal.
Se lo conté entero. Los ocho minutos. Las fotos, el mercado, la factura, la señora Josefa, el pazo.
Bea me escuchó sin interrumpir, lo cual, en ella, es alarmante.
—Nora.
—Dime.
—Te apartas.
—Bea...
—Te apartas hoy, redactas una comunicación de dos párrafos y se la mandas al albacea con copia a las tres partes.
—La oí levantarse; camina cuando se pone seria—.
Y no lo digo por el colegio, que también, lo digo por ti.
Estás mediando en una herencia sobre una casa que era de tu familia.
Eso no es una zona gris, hija, eso es una raya pintada con espray.
—Si me aparto, no vuelvo a entrar en esa casa.
—Correcto.
—Y no sabré nunca por qué esa mujer me invitó.
—También correcto. —Pausa—. Y esas dos frases que acabas de decir, ¿te las oyes?
—Me las oigo.
—¿Y?
—Y son las dos frases de una parte, no de una mediadora.
—Ajá. —Bea dejó de caminar—. Bueno. Pues ya que lo tienes tan claro, dime al menos qué vas a hacer.
—Voy a seguir hasta el 12 de septiembre.
—Ya.
—Y luego lo pondré todo encima de la mesa, cuando ya no pueda perjudicar a nadie.
—Nora, eso que acabas de decir se lo he oído decir a cuarenta clientes míos. Palabra por palabra. Los cuarenta lo decían de verdad. —Recogió algo, sonó papel—. Cóbrales, hija. Y guarda las actas.
—Guardo todas mis actas desde 2014.
—Pues guarda estas dos veces.
A las siete de la tarde bajé al pueblo a por tabaco que no fumo, que es mi manera de andar sin admitir que estoy dando vueltas.
Y al pasar por delante de la gestoría de Arousela —que es un local con una persiana verde, una placa de asesoría fiscal y un horario de verano que no cumple nadie— vi el coche de Chelo aparcado en doble fila con los cuatro intermitentes puestos.
Ella estaba dentro, de pie delante del mostrador, con las gafas en la mano y una carpeta bajo el brazo, hablando con un señor mayor que asentía.
Me paré en la acera de enfrente, en la sombra, y esperé.
Salió a los diez minutos con un sobre de papel. No un documento: un sobre. Se lo puso en el asiento del copiloto, se sentó al volante y estuvo un rato sin arrancar, mirando al frente, con las dos manos en el volante.
Luego arrancó y subió hacia el pazo.
Volví andando por la carretera vieja, despacio, calculando.
Consuelo Ansede Seoane tenía sesenta años, una carpeta con veintidós fechas escritas a mano y la certeza de que su madre le debía una explicación desde 1987. Llevaba cuatro meses buscando la manera de vender aquella casa y llevaba dos días, exactamente dos días, mirándome de otra forma.
Yo había preguntado en voz alta, delante de ella, por la escritura de 1963.
Y esa misma tarde ella había ido a pedirla también.
Dos mujeres tirando del mismo hilo desde puntas contrarias. Ella para deshacer la casa. Yo para saber de quién había sido.
Ninguna de las dos sabía todavía que en el otro extremo de ese hilo no había una casa.
Había dos chicas de diecinueve años sentadas en la hierba en una romería de agosto de 1962.