Capítulo 19
Capítulo
Las cajas llegaron el lunes a las once y media, en una furgoneta que tuvo que dar marcha atrás doscientos metros por el camino de castaños porque no cabía.
Eran cinco, de las de mudanza, con el nombre de mi padre escrito en rotulador por una mano que no era la suya, probablemente la de su mujer, que es la que ordena las cosas en esa casa.
Las subí a la casa de los caseros de dos en dos, y ese esfuerzo físico, que me dejó sudando a las doce del mediodía, fue lo mejor que me pasó en todo el día.
Las abrí en el suelo del salón. Tardé cuatro horas.
Cuatro cajas eran mi infancia y la de mi madre: comuniones, playas de Gandía, un perro que se llamaba Tapón, cumpleaños con manteles de papel. La quinta era la de antes.
Antes significa antes de mí, antes de mi madre, antes de Madrid.
Y en la quinta caja había, entre otras cosas, un sobre de papel manila con una goma que se rompió al tocarla, y dentro, cuarenta o cincuenta fotografías pequeñas de bordes dentados en blanco y negro.
La segunda que saqué era una romería.
Cuatro chicas jóvenes sentadas en la hierba con las piernas dobladas de lado. Cuatro. Completas.
La de la izquierda era mi abuela Julia a los diecinueve años, con una blusa clara y las manos en el regazo, riéndose con la boca cerrada como se ha reído toda su vida en todas las fotos que existen de ella.
La segunda por la derecha era Aurora Seoane.
Cara ancha. Cejas fuertes. La sonrisa torcida hacia la izquierda.
Puse la foto en el suelo. Saqué el móvil. Busqué en la galería la fotografía que había hecho el 3 de agosto en el pasillo del office de aquella casa, la del álbum que Maruxa se llevó porque se estropeaba con la luz.
Misma hierba. Misma hora del día. Mismas cuatro chicas.
Con un agujero recortado a tijera en el sitio exacto donde estaba mi abuela.
Me pasé la tarde entera en el suelo con las fotos de la caja cinco alrededor, en un orden que fui cambiando cuatro veces, y a las siete de la tarde tenía sobre la alfombra de una casa de caseros la reconstrucción completa de algo que en aquel pazo llevaba sesenta años sin existir.
Estaban las dos en una playa, con dos bicicletas.
Estaban en un banco, con abrigos, mirando a la cámara con esa seriedad que se ponía entonces.
Estaban en una cocina que no era la de Chamberí, con delantales, y detrás se veía media alacena que yo he visto esta semana llena de vasos.
Y estaba la del muelle. Tres de espaldas, mirando la ría.
La del centro era mi abuela. Y la mano que en la copia de Corbeira aparecía cortada, huérfana, apoyada sobre el hombro de Aurora Seoane, aquí tenía dueña, tenía brazo y tenía cuerpo, y era de Julia Valdés Figueroa, que en agosto de 1962 tenía diecinueve años y no sabía absolutamente nada de lo que le iba a pasar en marzo del año siguiente.
Al reverso, con letra pequeña que reconozco desde que sé leer, porque es la de las etiquetas de las cajas de botones y la de las recetas del cuaderno de hule:
Con A., en el muelle.
Con A. Punto. Ni un apellido.
A las ocho me llamó mi padre, que es lo que hace mi padre: manda algo y luego llama para asegurarse de que ha llegado y de que ha quedado bien.
—¿Te llegaron?
—Me llegaron.
—¿Y hay lo que buscabas?
—Hay de todo.
—Oye, Norita. —Un ruido de cubiertos: estaba cenando—. Te tengo que decir una cosa que me acordé después de colgar el otro día, y no sé si es una tontería.
—Dime.
—Cuando tu madre y yo nos casamos, en el ochenta y siete, tu abuela no quiso ir a Galicia de viaje.
—Nadie va a Galicia de viaje de novios, papá.
—No, si no era el viaje. Es que mi hermano tenía una casa en Sanxenxo y nos la dejaba dos semanas gratis, que para nosotros entonces era Jauja. Y tu abuela le dijo a tu madre que de ninguna manera. Que a Galicia no.
—¿Y dio una razón?
—Dijo que allí llueve mucho.
—En agosto no llueve.
—Ya. —Mi padre masticó—. Bueno, eso. Que a lo mejor no es nada.
—¿Y mamá qué dijo?
—Tu madre no dijo nada, hija. Tu madre nunca decía nada de su madre. —Bebió—. Nos fuimos a Peñíscola.
Colgué y me quedé con el teléfono en la mano en mitad de un suelo lleno de fotografías de 1962.
Y ahora tengo que contar la parte difícil de este capítulo, que no son las fotos.
Es lo que me pasó por dentro entre las siete y las once de la noche, y voy a intentar contarlo con el mismo rigor con el que redacto un acta, aunque no salga.
Porque en cuanto vi a las dos juntas en cuatro fotografías, mi cabeza no dijo «qué historia tan bonita y tan triste».
Mi cabeza —la mía, la de la mediadora, la profesional, la que cobra por no dejar que las familias construyan relatos completos con dos datos— hizo exactamente lo que hacen todas las familias que se sientan en mi mesa.
Cogió una frase de infancia y la convirtió en sentencia firme.
Nosotros teníamos una casa en Galicia y nos la quitaron.
Y a partir de las siete de la tarde del lunes 24 de agosto, aquella frase dejó de ser el ruido de fondo de unas meriendas y se convirtió en el titular de todo lo que yo estaba viviendo. Todo encajaba, y ese es siempre el problema: cuando todo encaja demasiado rápido, es que has dejado de mirar.
Encajaba que aquella señora conociera a mi abuela. Eran amigas. Íntimas, a juzgar por las cuatro fotos.
Encajaba la factura de marzo de 1963 con la firma de mi bisabuelo en la casilla del vendedor.
Encajaba, sobre todo, la frase escrita al margen con letra picuda.
Los Seoane pagan siempre. Yo la había leído en la bodega con la linterna del móvil y me había parecido una nota contable.
Ahora me parecía otra cosa. Me parecía la firma de alguien que sabe muy bien lo que ha hecho y ha decidido escribirlo con orgullo en el margen de su propia factura.
Encajaba que la iglesia estuviera medio vacía en 1965, porque un pueblo sabe.
Encajaba que hubiera dos retratos de desconocidos colgados en el comedor, comiendo con ellos sesenta años, que eran los padres o los abuelos de la mujer a la que le habían comprado la casa, y que nadie se hubiera molestado nunca en descolgarlos para mirar detrás.
Y encajaba, con una perfección que casi daba gusto, que aquella mujer se muriera a los ochenta y cinco años con dinero, con pazo, con hijos, con nieta y con una boda organizada hasta el último cubierto, y que en la última primavera de su vida decidiera poner a mano, en el número ciento cuarenta y uno de una lista, el nombre de la nieta de la mujer a la que había desplazado.
Un dedal.
Una invitación.
Una cláusula que obligaba a su familia a tenerme sentada a su mesa el 12 de septiembre.
Eso, señores, es una reparación.
Eso tiene un nombre técnico en mi profesión y lo he visto cuarenta veces: se llama restitución simbólica y es lo que hace la gente que no puede devolver el bien. Se ofrece un gesto, se ofrece un objeto, se ofrece un sitio en una mesa, y con eso se compra el derecho a morirse tranquila.
Me levanté del suelo a las once de la noche con las rodillas destrozadas, cincuenta fotografías ordenadas por años sobre una alfombra ajena y una idea que me sostuvo durante los seis días siguientes:
La número ciento cuarenta y uno no estaba ahí por error.
Estaba ahí por deuda.
Y a partir de ese momento, todo lo que había pasado en aquella casa cambió de color.
La hospitalidad de Pilar. Los percebes. El «tú te sientas» de la comida de la pedida.
La lista enmarcada en la pared del salón como un título nobiliario.
La cara de Chelo cuando pasamos las páginas del álbum.
La mano de Maruxa cerrándolo. Un hombre que me dice tres segundos tarde que no puede contarme las cosas.
Yo había llegado allí como profesional. Llevaba cinco semanas trabajando a ciento veinte euros la hora para una familia que —eso creí aquel lunes, y lo creí con toda mi alma durante seis días— tenía una deuda de sesenta y tres años con la mía y lo sabía perfectamente.
Dormí fatal.
El martes por la mañana bajé a la sesión con una carpeta impecable y me comporté como una profesional intachable, que es lo que hace la gente cuando ha dejado de serlo.
Y a las once y veinte, en la galería, con dos cafés, ocurrió esto:
—Buenos días, doña Nora.
—Buenos días.
Y nada más. Yo cogí mi café, dije «buenos días» y me fui al comedor a colocar las sillas.
No hubo esgrima. No hubo pregunta directa. No le pregunté qué había hecho el fin de semana, no le tomé el pulso, no le tendí ninguna trampa pequeña de las que le tendía todos los días desde el 22 de julio y que él contestaba con dos segundos de retraso.
Simplemente dejé de jugar.
Y a mitad de la sesión, mientras Fernando leía en voz alta un listado de derramas, levanté la vista y me lo encontré mirándome desde su silla retirada con una cara que no le había visto nunca: la cara de un hombre que ha entendido que algo ha cambiado de sitio y no tiene ni idea de qué.
Es un detalle menor y lo apunto porque después tuvo importancia.
Durante cinco semanas, en aquella casa, el que sabía era él.
Aquel martes, por primera vez, la que sabía era yo. Y no era lo mismo que él sabía.
Ninguno de los dos lo dijo.
Los dos éramos, cada uno a nuestra manera, unos profesionales.