Capítulo 18
Capítulo
El sábado me desperté a las nueve con la boca seca, un mensaje de Clara que decía únicamente «dime que estás viva» y la certeza física de que el vermú y el barco no son compatibles.
Bajé al pueblo a por pan y a por una tarjeta de memoria, porque llevaba doscientas cuarenta fotos de documentos en el móvil y no me fiaba de nada.
Los sábados Arousela pone mercado en la explanada de la lonja: doce puestos, tres de verdura, dos de queso, uno de calcetines y ropa interior que en los pueblos es una institución, y un señor con miel.
A las diez y media aquello estaba lleno, y lleno en Arousela significa que caminas a la velocidad de la conversación más lenta.
Compré pan. Compré tomates que no necesitaba porque la mujer que los vendía me dijo que eran de su huerta y a eso no se le dice que no. Y estaba pagando unos pimientos cuando noté que la señora que tenía al lado, en la cola, llevaba un rato sin moverse.
Setenta y muchos. Bata de casa encima de la ropa, dos bolsas de rejilla, gafas de las de cristal grueso. Me miraba de la manera en que los pueblos han mirado siempre a los forasteros, que no es exactamente maleducada: es censal.
Le sonreí, como se hace.
Ella no me devolvió la sonrisa. Se acercó un paso. Ladeó la cabeza.
—Perdona, neniña.
—Dígame.
—Tú eres clavada a Julia.
El puesto seguía funcionando. El hombre me estaba dando la vuelta, dos monedas de euro y una de veinte céntimos, y me acuerdo de las monedas porque me quedé con ellas en la mano abierta un tiempo que no era normal.
—¿A quién?
—A Julia. —Se puso las gafas mejor, con dos dedos—. A Julia Valdés, la del pazo. La hija de don Ramiro.
—Se equivoca usted.
—No me equivoco. —Y lo dijo sin ninguna agresividad, con la seguridad tranquila de la gente muy mayor que ya no discute, solo constata—.
Yo tenía nueve años cuando se fueron y a esa mujer la vi mil veces en misa.
Tú tienes la cara de ella. La barbilla no, la barbilla es de otro.
Pero cuando has fruncido el ceño ahora mismo, mirando al hombre del cambio, has puesto la cara de Julia Valdés exactamente igual.
—Señora...
—Josefa.
—Josefa. Yo soy de Madrid.
—Ellos también se fueron a Madrid —dijo.
Y se dio la vuelta, cogió sus dos bolsas de rejilla y se metió en la cola del queso, porque para ella la conversación se había terminado y además le tocaba.
Voy a intentar describir lo que pasó a continuación con precisión, porque me paso la vida tomando declaración a personas que me cuentan el momento en que se les cayó la casa encima y siempre les pido el detalle físico. Así que me lo pido a mí.
Primero: el ruido. El mercado no se calló —esto no es una película—, pero yo dejé de oírlo por unos segundos, como cuando pasas por debajo de un puente con la radio puesta.
Segundo: el peso. Se me hicieron pesadas las bolsas del pan y los tomates, físicamente pesadas, y tuve que cambiarlas de mano.
Tercero: la lista. En cuestión de tres o cuatro segundos, mi cabeza —que es una máquina que no se apaga ni cuando conviene— colocó en fila, sin que yo se lo pidiera y en un orden implacable, todo lo que llevaba cinco semanas guardando en la columna de la derecha.
Los Valdés de aquí eran del pazo. Chelo, primer día.
Se corrió que habían hecho algo feo con una familia de las de arriba. Fina, en la taberna.
Vendedor: D. Ramiro Valdés Louzán. Una factura de marzo de 1963, en un archivador de la bodega, con una frase escrita al margen.
J. V. · A. S. · 1962. Un dedal que me habían dado en una notaría.
Agosto 1962. El reverso a lápiz de una fotografía en la que faltaba una mujer entera.
Un punto de espiga que se tuerce un grado a la izquierda al final de cada hilera y se corrige solo en la primera puntada de la siguiente.
Y encima de todo eso, en un marco de madera oscura, en la pared de un salón, escrito a mano por una mujer que se estaba muriendo: mi nombre y mis dos apellidos, sin una errata.
Dejé las bolsas en el suelo, en mitad del mercado, y me agaché a colocarlas mejor, que es lo que hace la gente cuando necesita treinta segundos y una excusa.
—¿Josefa? —Fui detrás de ella, a la cola del queso—. Perdone. Josefa.
—Dime, muller.
—Esa familia. Los Valdés. ¿Vivían en el pazo de Corbeira?
—Vivían, claro. Eso era de ellos de toda la vida. —Señaló hacia arriba con la barbilla, hacia el monte, con esa naturalidad de quien indica la parada del autobús—. Hasta que se fue todo.
—¿Cómo que se fue todo?
—Que lo vendieron y se marcharon. Sesenta y tres o por ahí. Yo era muy pequeña.
—¿Y por qué lo vendieron?
Y ahí, Josefa, que llevaba tres minutos siendo la mujer más útil de Galicia, hizo algo que yo ya conocía perfectamente.
Miró hacia el puesto. Miró a la mujer del queso.
Y se le puso una cara que ya había visto en la taberna, en la cocina del pazo y en cuarenta mesas de mediación: la cara del que sabe que hay una versión oficial y que no es la suya quien tiene que darla.
—Uf. Eso ya es muy viejo.
—Josefa.
—Que eso lo cuentan de muchas maneras, hija. —Cogió su ticket—. Pregúntale a los del pazo.
—Es que trabajo para los del pazo.
—Ah. —Me miró otra vez, de arriba abajo, y por primera vez con algo parecido a la incomodidad—. Pues entonces ya lo sabrás.
—No lo sé.
—Pues serás la única —dijo Josefa, y pidió doscientos gramos de tetilla.
Antes de irme del mercado hice una última cosa, y la hice mal, y la apunto porque es la primera de las muchas que hice mal aquel mes.
Me acerqué al puesto de la verdura, donde estaba la mujer que me había vendido los tomates, y le pregunté como quien no quiere la cosa:
—Perdone, ¿usted sabe si en este pueblo queda alguien de la familia Valdés?
Ella dejó de colocar las judías.
—¿Los del pazo?
—Los del pazo.
—No. —Se limpió las manos en el delantal—. Aquí ya no queda ninguno. Esos se fueron.
—¿Y familia lejana? ¿Primos?
—Mujer, en un pueblo todos somos primos. —Volvió a las judías, más despacio—. Pero de esos, no. De esos no queda nada más que el nombre de la finca de abajo, la de los eucaliptos, que la gente todavía le dice la de los Valdés y hace sesenta años que es de otro.
—¿Y por qué se fueron?
Y ahí la mujer de los tomates, que tendría cincuenta y cinco años y por tanto no había nacido cuando aquello pasó, hizo exactamente lo mismo que Josefa: miró a los lados.
—Ay, eso pregúnteselo a las mayores.
—Se lo estoy preguntando a usted.
—Es que yo eso lo sé por mi madre.
—¿Y qué decía su madre?
—Nada. —Metió las judías en la bolsa—. Que pasó algo con el dinero y que la gente fue muy mala con quien no había que serlo. Eso decía. Y no decía más porque no le gustaba hablar de eso.
—¿Mala con los Valdés?
La mujer me dio la bolsa y me dio el cambio y no me dio la respuesta.
—Son tres cincuenta —dijo.
Subí al pazo por el camino largo, el de la ría, que son cuarenta minutos, con las bolsas y sin sombrero.
No pensé bien durante ese paseo. Pensé mal, que es lo que hacemos todos y lo que yo le impido a la gente en las mesas: pensé rápido, en círculos y con la conclusión ya puesta.
Porque hay algo que no he contado todavía y que no se puede seguir escribiendo este acta sin contarlo.
Yo he oído hablar del pazo toda mi vida.
No con ese nombre. No con ese pueblo. Sin ría, sin galería, sin hórreo.
Pero en mi casa, en mi infancia, en las meriendas de casa de mi abuela Julia, en un piso de Chamberí con una televisión encendida sin volumen y una lata de galletas danesas llena de botones, había una frase que aparecía tres o cuatro veces al año, siempre igual, siempre en el mismo tono, y siempre a propósito de otra cosa.
Nosotros teníamos una casa en Galicia y nos la quitaron.
Eso decía. Nos la quitaron.
Aparecía cuando en la televisión salía algo del norte.
Aparecía cuando yo me quejaba de que en mi clase había niñas con chalet.
Aparecía cuando mi madre discutía con ella por dinero, que era casi siempre.
Mi abuela lo decía sin llorar, sin dramatismo, con esa dignidad seca de las mujeres de su generación, y luego se hacía un silencio de dos segundos y se cambiaba de tema, porque en mi familia también sabíamos hacer eso.
Yo tenía ocho, diez, quince años. No pregunté nunca quién. No se me ocurrió que hubiera un quién. Cuando eres pequeña, «nos la quitaron» suena a la guerra, al banco, al Estado, a algo grande y sin cara. A mí me sonaba a lo que le pasaba a la gente antes.
Nunca, ni una sola vez, se me ocurrió pensar que tuviera nombre y apellidos y que estuviera a cuarenta minutos andando por la ría.
Llegué al pazo a la una y cuarto. Crucé el camino de castaños con las bolsas, dejé el pan y los tomates en la cocina de la casa de los caseros, y me quedé de pie en mitad de aquella habitación prestada, mirando por la ventana la fachada de piedra, la galería blanca corrida, el hórreo y el trozo de ría del color del interior de una concha.
Y por primera vez en cinco semanas, aquella casa no me pareció bonita.
Me pareció cara.
Saqué el móvil. Marqué el número de mi padre, que vive en Valencia con su segunda mujer y con el que hablo cuatro veces al año con mucho cariño y ninguna profundidad.
—¡Norita! Qué milagro dos veces en un mes.
—Papá, necesito una cosa y necesito que no me preguntes por qué ahora mismo.
—Uy. —Se puso serio, que en él es un cambio de dos grados—. Dime.
—Las cajas de la abuela. Cuando murió, mamá vació el piso y llevó cosas a un guardamuebles. Tú me dijiste una vez que a ti te dieron unas cajas de fotos.
—Sí, sí. Cuatro o cinco. Están en el trastero.
—¿Puedes mirar si hay fotos antiguas? De cuando ella era joven. De antes de casarse.
—Habrá, hija, habrá de todo. —Un ruido de silla—. ¿Y eso para qué lo quieres?
—Para trabajo.
—Ya. —Mi padre, que no es tonto, esperó tres segundos—. ¿Es por lo de Galicia que me preguntaste?
—Es por lo de Galicia.
—Nora, yo de la familia de tu madre sé lo que sabe cualquier yerno, o sea, nada de nada. Tu abuela Julia y yo nos llevábamos bien porque no hablábamos nunca.
—Ya lo sé.
—Eso pregúntaselo a tu madre.
—Ya lo sé, papá.
Silencio de Valencia.
—¿Sigues sin hablarle?
—Sigo.
—Bueno. —Y ahí mi padre, que se fue de casa cuando yo tenía nueve años y que nunca me ha dado un consejo que valiera la pena, me dio uno—: Pues entonces mira tú las fotos primero, hija, y luego decides. Que a tu madre no se le puede preguntar nada sin darle también algo.
—¿Me las mandas?
—Te las mando el lunes por una agencia. ¿Adónde?
Le di la dirección. Pazo de Corbeira, Arousela, Pontevedra.
—Anda —dijo—. Qué bonito debe de ser eso.
—Sí, papá. Es bonito.
Colgué. Y me quedé sentada en la cama de una casa de caseros que estaba en una finca que mi abuela había perdido —o le habían quitado, o vendido, o lo que fuera que hubiera pasado en marzo de 1963—, trabajando para la familia que la compró, invitada a la boda de su nieta por una señora muerta que tenía en su arcón, doblado en cuatro y guardado sesenta años, el ajuar sin terminar de una mujer que bordaba exactamente igual que yo.
Y hay que decir la verdad, aunque quede fea en el acta.
Lo que sentí en aquel momento no fue tristeza.
Fue algo mucho más antiguo y bastante más útil.
Yo llevaba cinco semanas en aquella casa preguntándome qué querían de mí.
Y acababa de descubrir que a lo mejor la pregunta era exactamente la contraria.