Capítulo 17
Capítulo
La despedida de soltera de Clara Ansede estaba planificada desde junio con el rigor de un desembarco: catorce mujeres, un barco de bateas alquilado a un mejillonero llamado Suso, salida a las seis de la tarde, vuelta a las diez, y una lista de normas que la prima de Vigo mandó al grupo pequeño —el de la despedida, no el general— con siete puntos, de los cuales el séptimo decía «PROHIBIDO HABLAR DE LA HERENCIA».
Pero antes se incumplió otra cosa, que fue el aforo.
El barco de Suso lleva doce personas con chaleco y catorce sin chaleco, y a las seis menos cuarto, cuando estábamos todas en el muelle esperando a que Suso terminara de fregar la cubierta con una manguera, aparecieron por la rampa Fina, Esther y Divina, las tres con bolso, las tres arregladas, las tres con una rebeca por si refrescaba.
—Buenas tardes —dijo Fina.
—Buenas tardes —dijo Clara, en el tono de quien ve venir una cosa.
—Que vamos con vosotras.
Hubo un silencio muy corto.
—Fina, esto es una despedida de soltera.
—Ya lo sabemos, nena. Por eso venimos.
—Es que somos catorce.
—Y con nosotras diecisiete —dijo Esther, que es la que hace las cuentas.
—El barco lleva catorce.
—Con chaleco lleva doce —dijo Divina—. Nosotras no nos ponemos chaleco.
—¡Divina, eso es peor!
—Nena, yo llevo setenta y nueve años en esta ría. Si me caigo, floto.
Y aquí quiero dejar constancia de que la discusión duró exactamente cuatro minutos y la ganaron ellas sin subir la voz ni una vez, con la técnica que emplean en todo, que consiste en no discutir el argumento contrario sino esperar a que se agote solo.
Subieron las tres.
Se sentaron en la popa, en el banco corrido, con los bolsos en las rodillas, y no volvieron a moverse de allí en cuatro horas.
El plan de la prima de Vigo era una ruta por las bateas con degustación de mejillón, una parada en una playa de la isla y vuelta con el atardecer.
El plan de Bosco —que no venía, pero que había participado en la logística con un entusiasmo que Clara calificó de sospechoso— incluía dos cajas de albariño «para ir catando», con fichas impresas.
Fichas impresas. Con casillas. Aroma, boca, final.
—¿Esto qué es? —dijo una amiga de Clara.
—Es de mi novio.
—¿Hay que rellenarlas?
—No hay que rellenar nada.
—Yo las relleno —dijo Esther, desde la popa, cogiendo un boli del bolso.
Y las rellenó. Las catorce. Yo tengo tres fotografiadas y la de la sexta botella dice, en el apartado «final», textualmente: «largo, como el cura».
A las seis y media estábamos a media ría con el sol todavía alto, el motor de Suso haciendo ese ruido de tractor sobre agua y catorce mujeres de entre veintiocho y cuarenta y dos años sentadas en la cubierta de un barco de bateas comiendo mejillones directamente de la olla con las manos.
Esto último merece un párrafo.
Suso coció los mejillones en una olla de veinte litros con nada: sin vino, sin laurel, sin cebolla. Agua de la ría y fuego. Y los sirvió en una fuente de plástico enorme, y las catorce nos pusimos en círculo alrededor, de pie, y aquello se acabó en once minutos.
Yo he pagado en Madrid cuarenta euros por seis mejillones en una pizarra.
Aquella tarde, en aquel barco, entendí algo que no tiene nada que ver con el argumento de esta historia y que me parece importante: que hay una diferencia entre comer y estar comiendo con gente, y que yo llevaba desde 2019 haciendo lo primero.
—¡Que se enfría el caldo! —gritó Suso.
Nos bebimos el caldo. De vasos de plástico. Con el mar a dos metros y el pelo de todo el mundo hecho un desastre por el viento.
A las 18:40, la prima de Vigo incumplió el punto séptimo de su propia lista.
—Clara, ¿pero entonces la casa es tuya o no es tuya?
—Prima.
—Es que en el pueblo dicen cosas.
—¿Qué dicen?
—Que si no viene una señora de Madrid a la boda, se vende.
Y catorce mujeres se giraron a mirarme a mí, que estaba en ese momento con un mejillón en una mano y un vaso de plástico en la otra.
—Soy yo —dije.
—¡Ay, madre!
—Sí.
—¿Y no vas a venir?
—Todavía no lo sé.
—¿Cómo que no lo sabes? —La prima de Vigo se llevó las dos manos a la cara—. ¡Pero ven, mujer! ¡Que es una boda! ¡Se come muy bien!
Y aquello, dicho así, con esa lógica aplastante y absolutamente sincera, me pareció el argumento más convincente que me habían dado en un mes.
—A ver —dijo Fina desde la popa—. Que la señora tiene su nombre en la lista de doña Aurora, escrito de su puño, y aquí nadie sabe por qué. Eso es lo que hay.
—¿Y vosotras qué pensáis? —preguntó una amiga.
Las tres se miraron. Y ahí, en la popa de un barco de bateas, con un vaso de albariño cada una y la ficha de cata de Esther a medio rellenar, las del tute expusieron sus teorías, que resultaron ser cuatro y que apunto porque superan a las seis de la comida de la pedida.
Fina: que doña Aurora le debía dinero a alguien de Madrid y esta era la manera elegante de saldarlo. «Ella no dejaba una cuenta abierta.»
Esther: que yo era ahijada de alguien. «Aquí se apadrinaba mucho y luego nadie se acordaba.»
Divina: que era del Consejo Superior de Investigaciones Científicas. No se pudo aclarar por qué.
Fina, segunda teoría, después de la novena botella: que doña Aurora sabía que iba a haber un lío con la herencia y metió a una desconocida en la lista para tener a alguien de fuera dentro de la casa. «Como un árbitro.»
Que es, de las once teorías que se emitieron aquel verano sobre mí, la única que estuvo a punto de acertar.
—Y luego está lo nuestro —dijo Esther.
—¿Qué es lo vuestro? —preguntó Clara.
—Lo de la lista. Que salimos las tres juntas.
Y ahí las tres se irguieron en el banco como quien va a recitar, y lo recitaron a coro, en el orden de siempre, sin pisarse:
—«Cartas después del café.»
—«La baraja la traigo yo.»
Catorce mujeres aplaudieron en mitad de la Ría de Arousa.
—¿Y eso qué significa? —dijo la prima de Vigo.
—Que después del banquete hay tute —dijo Fina—. Lo dejó dispuesto.
—¿En una boda?
—En la boda de la nieta. Con lo cual, entre nosotras, la señora tiene que venir —añadió, señalándome con el vaso—, porque si no hay boda no hay tute, y llevamos cuatro meses esperando el tute.
—Fina, que se vende la casa.
—La casa es de ellos. El tute es nuestro.
Sobre las nueve y media, ya de vuelta, con el sol metiéndose por detrás de la isla y todo el mundo con esa borrachera cómoda de las que no dan miedo, Clara se sentó a mi lado en la proa.
Llevaba un rato callada.
—Oye.
—Dime.
—Yo sé que tú no sabes por qué estás invitada.
—No lo sé.
—Y sé que llevas tres semanas mirándolo todo. —Se apoyó en el barandal—. Y sé que me estás ocultando algo, porque el otro día en el arcón te cambió la cara y me dijiste que tu abuela cosía, y esa frase la dijiste como se dicen las frases que son verdad y no son la verdad.
Yo me quedé mirando el agua.
Aquí, si yo fuera mejor persona de lo que soy, este relato tendría un capítulo distinto.
Se lo habría contado allí, a los diez días de sospecharlo, con dos copas de más, en la proa de un barco de bateas, a una mujer que se casaba en tres semanas y que había sido, sin ninguna obligación, la única persona decente de aquella casa conmigo.
—Clara, yo...
—No —dijo—. No te lo estoy pidiendo.
—¿No?
—Que no. —Miró el agua—. Ya me lo dirás cuando lo sepas entero. Yo solo quería que supieras que yo sé que hay algo, para que no te canses de disimular, que debe de ser agotador.
Y luego, sin transición:
—Ya lo sé. Por eso me caes bien.
—¿El qué?
—Que no sepas por qué estás aquí y te quedes igual. —Levantó su vaso de plástico hacia mí—. Todo el mundo en mi familia sabe siempre por qué está donde está, y mira cómo estamos.
Brindamos con dos vasos de plástico en la proa de un barco a las nueve y media de la noche del 21 de agosto.
En la popa, las del tute habían sacado la baraja del bolso de Divina y estaban jugando encima de una nevera portátil, con el barco moviéndose, sujetando las cartas con la mano izquierda.
Y ganó Fina, que hizo trampas.
—¡Esa carta la tenías debajo! —dijo Divina.
—No la tenía debajo.
—La tenías debajo, Fina.
—Demuéstralo.
—¡Que te la he visto!
—Ver no es demostrar —dijo Fina, y recogió la baza.
Yo me reí sola en la proa, con el vaso de plástico en la mano, y tardé un rato en darme cuenta de por qué.
Porque llevo doce años cobrando por decirle a la gente exactamente eso, con otras palabras y una factura detrás.
Y aquí lo hacía gratis una señora de ochenta y un años a la que sus dos amigas le habían dado ya los puntos.
Lo vi perfectamente. Estaba a cuatro metros y lo vi.
Y las otras dos también lo vieron, y no dijeron nada, y le dieron los puntos igual.