La invitada 141 Capítulo 16
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Capítulo 16

Capítulo

El domingo por la mañana ninguno de los dos dijo nada, que es la manera española de decir muchísimas cosas.

Él se fue a Pontevedra a las nueve y media con una excusa de trabajo que era cierta y que además no hacía ninguna falta.

Yo subí a la casa grande a las diez con el acta del jueves terminada y la sensación clarísima de haber cruzado una línea profesional que no figura en ningún código deontológico pero que existe.

Y me encontré a Maruxa fregando el suelo del office un domingo de agosto a las diez de la mañana, porque esa mujer no ha descansado nunca.

—Buenos días.

—Buenos días. No pise, que está mojado.

Pisé.

—Perdón.

—Ya está pisado. —Escurrió la fregona—. ¿Ha desayunado?

—He desayunado.

—¿El qué?

—Café.

—Eso no es desayunar. —Señaló la alacena con la barbilla—. Hay bica de ayer.

Me senté a la mesa de la cocina con un trozo de bica y un café que no había pedido, que es la única manera de conseguir algo de Maruxa: dejarse alimentar primero.

—Maruxa, ¿le puedo hacer unas preguntas?

—Puede hacerlas.

Empecé por donde se empieza cuando una lleva tres semanas chocándose contra un muro: por lo más lejano y lo menos importante.

—¿Cómo era esta casa cuando usted entró?

—Grande.

—Ya.

—Y fría. —Volvió a la fregona—. Ahora hay calefacción en el ala sur. Entonces había una cocina de leña y usted se lavaba en un barreño.

—¿Y la familia?

—La familia era doña Aurora, don Camilo, la niña y el niño.

—¿Y antes?

Maruxa se paró. Con la fregona en el suelo, sin levantar la vista.

—Antes yo no estaba.

—Ya lo sé. Pero se lo contarían.

—A mí me contaron lo que me hacía falta para trabajar.

Y ahí, señores, es donde llevaba tres semanas estrellándome. Aquella mujer tiene un sistema defensivo perfecto: no miente, no evita, no se enfada. Contesta con la verdad más pequeña posible y espera a que usted se canse.

Así que hice lo único que se puede hacer con un testigo así, que es dejar de preguntar por los hechos y preguntar por una persona.

—Maruxa, la del bordado.

Silencio de fregona.

—¿Qué bordado?

—El del arcón del ala este. El que Clara sacó la semana pasada. —Dejé el café—. Usted lo conoce perfectamente porque usted metió las sábanas en ese arcón durante cincuenta y siete años. Y esa labor la empezó alguien que sabía coser mucho.

Maruxa escurrió la fregona otra vez, muy despacio, y luego hizo algo que no había hecho en tres semanas: se sentó.

Se sentó enfrente de mí, en la silla del extremo, con el delantal puesto y las manos en la mesa.

—La señorita de la casa —dijo.

—¿La de antes?

—La hija de los de antes. Ella lo empezó. Era su ajuar.

—¿Y usted la conoció?

—Yo entré en el sesenta y nueve. Ella se fue en el sesenta y cuatro. —Se ajustó el delantal—. Pero en este pueblo a la gente se la conoce sin haberla visto, porque se habla mucho.

—¿Y qué se hablaba de ella?

Y aquí Maruxa, que llevaba tres semanas contestándome con preguntas y con la verdad más pequeña posible, se puso a hablar.

—Que era la que hacía las cuentas.

—¿Las cuentas de qué?

—De todo. De la conservera de su padre, primero.

Y luego de medio pueblo. —Se apoyó en la mesa—.

Aquí en los sesenta la gente no sabía leer bien un papel del banco, señora Valdés.

Ni un contrato, ni una carta de la contribución, ni un impreso de esos que mandaban de Madrid.

Y ella lo leía. Bajaba de la casa los sábados, se sentaba en la taberna del padre de Antón, y la gente iba con los papeles.

—¿Cobrando?

—Sin cobrar. —Maruxa me miró con una ligera indignación profesional—. ¿Cómo iba a cobrar? Eso no se cobraba.

Yo estaba comiendo bica y dejé de comer.

—¿Y qué más se decía?

—Que era rara para lo suyo y muy buena para lo de los demás. Que se metía en todo. Que a una vecina le llevó un pleito de lindes contra su propio primo y lo ganó, y que en esta casa eso no le gustó nada porque el primo compraba en el almacén. —Se levantó a por un trapo—. Y que cantaba fatal.

—¿Que cantaba fatal?

—Fatal. Malísimo. Y cantaba igual. —Y ahí Maruxa hizo una cosa con la boca que en cualquier otra persona sería una sonrisa—. Eso me lo contó doña Aurora una vez, riéndose. La única vez.

Me quedé muy quieta.

—¿Doña Aurora le habló de ella?

—Una vez en cincuenta y siete años.

—¿Qué le dijo?

—Estábamos en la cocina, en el ochenta y algo, con la radio puesta.

Salió una canción, una de aquellas, y yo me puse a cantarla mientras pelaba.

Y doña Aurora dijo: «Anda, cállate, que cantas peor que la otra.

» —Maruxa dobló el trapo—. Y yo le pregunté que quién era la otra.

Y ella se quedó mirando la radio y dijo: «Nadie.

Una que cantaba fatal y se ponía delante igual. »

—¿Y ya está?

—Y ya está. Y no lo volvió a decir en cuarenta años.

Estuve un rato sin poder hablar, y disimulé bebiendo café frío.

—Maruxa, ¿cómo se llamaba?

Y aquella mujer, que llevaba diez minutos hablando de corrido, cogió el cubo, cogió la fregona, y dijo:

—¿Usted a qué hora come hoy?

—Maruxa.

—Porque hay caldo y hay que sacarlo del congelador con tiempo.

Se fue al fregadero.

Insistí dos veces más, con las dos técnicas que suelo usar, y las dos veces me contestó con logística.

Lo apunté en la libreta antes de subir: «Testigo indirecto. Fiable. Cierra en identidad. Reabrir por otra vía.»

Y debajo, porque a las once de la mañana de un domingo de agosto todavía era capaz de escribir esta clase de cosas sobre mí misma con total tranquilidad: «Nota: llevaba las cuentas de la gente que no sabía leer los papeles. Gratis. Los sábados, en la taberna.»

Que es, con sesenta años de diferencia y una tarifa de ciento veinte euros la hora, exactamente mi trabajo.

Por la tarde llamé a mi padre.

—¡Norita! ¿Qué tal por Galicia?

—Bien. Llueve poco.

—Eso es que estás en la ría. —Ruido de fondo: tenía puesto el fútbol de pretemporada—. ¿Y el trabajo?

—Raro.

—¿Raro cómo?

—Papá, ¿tú sabes algo de la familia de la abuela Julia? De antes de Madrid.

Hubo una pausa que en mi padre significa que ha bajado el volumen del televisor.

—¿De antes de Madrid? Nada.

—¿Nada de nada?

—Hija, yo entré en esa familia en el ochenta y siete. Tu abuela y yo nos llevábamos de maravilla, ¿eh? Porque no hablábamos nunca. Ese era el pacto. —Se rio—. Yo le preguntaba por el tiempo y ella me contestaba por el tiempo.

—¿Y nunca hablasteis de Galicia?

—Que yo recuerde no. ¿Por qué?

—Por nada. Me ha salido un apellido en un papel de aquí y me ha hecho gracia.

—Ah, bueno. —Volvió el ruido del televisor—. Oye, ¿y tu madre?

—¿Qué pasa con mi madre?

—Que si sigues sin hablarle.

—Papá.

—Nora, yo no me meto, tú lo sabes. Me metí una vez en el noventa y ocho y mira cómo acabé. —Bajó otra vez el volumen—. Pero eso de la familia de tu abuela, hija, eso pregúntaselo a tu madre.

—Ya.

—Que ella estuvo dentro y yo estuve en la puerta.

—Ya lo sé, papá.

—Bueno. —Silencio de Valencia—. ¿Comes bien por lo menos?

—Como muchísimo.

—Eso es bueno. Eso es buenísimo.

Colgamos.

Y me quedé sentada en la cama de la casa de los caseros, un domingo a las siete de la tarde, con el móvil en la mano y una conversación entera montada en la cabeza.

La monté completa, además. Las primeras cuatro frases, la respuesta de ella, mi respuesta a su respuesta. Sé exactamente cómo empieza esa llamada: yo digo «hola, soy yo», y ella dice «hola», y en esos dos segundos se decide todo.

Lo que no sé es lo que viene después, porque después habría que hablar de un pasillo con máquina de café del 14 de marzo de 2023, y esa parte de la conversación no la he conseguido montar nunca.

Abrí la agenda.

Marina.

Y me quedé mirando el nombre el tiempo suficiente para que se apagara la pantalla, y luego la volví a encender, y luego la dejé apagarse otra vez.

Al final llamé a Bea, que no me hacía ninguna falta, y estuvimos cuarenta minutos hablando de un caso suyo de Alcorcón y de un hombre con el que se estaba viendo y del que dijo tres cosas buenas y una mala, y la mala era la importante.

Cuando colgué eran las ocho y media y ya no había a quién llamar.

Cené bica del día anterior de pie en la cocina, en doce minutos, como en Madrid.

A las once me llegó un mensaje de Pontevedra.

«¿Todo bien por ahí?»

Cuatro palabras y un signo. Un mensaje de un hombre que no sabe si tiene derecho a escribir un mensaje.

Lo leí tres veces, hice dos borradores mentales y contesté:

«Todo bien. Mañana hay sesión a las once.»

Y él, a los cuatro minutos:

«Ahí estaré.»

Que era lo que teníamos que decirnos, y las dos partes lo entendieron perfectamente, y a mí me dejó bastante peor que si no hubiera escrito nada.