La invitada 141 Capítulo 15
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Capítulo 15

Capítulo

El día de la Virgen, en Arousela, no se trabaja ni se discute. Es una tregua de veinticuatro horas que se respeta como se respetan las cosas que no ha decretado nadie.

A las once de la mañana Clara apareció en la puerta de la casa de los caseros con dos toallas y esa cara de la gente que no admite negociación.

—Nos vamos a la playa.

—Yo tengo que redactar el acta del jueves.

—El acta del jueves la redactas el lunes.

—Clara, me pagan por...

—Te pagan por que esta familia se entienda, y hoy no hay familia, hay Virgen. —Me tiró una toalla—. Y si no vienes le digo a Maruxa que anoche bajaste a la bodega.

Fuimos.

La playa de Arousela no es una playa: son cuarenta metros de arena entre dos rampas de piedra, con las bateas al fondo y el agua a dieciséis grados en agosto, que es una temperatura que en Madrid se considera una avería.

Estaban Bosco, dos amigos suyos venidos de Madrid, una prima, el niño de siete años del día anterior con su padre, y a las doce apareció Gabriel con un bañador que no le había visto y una toalla de rayas que era, evidentemente, de la casa.

—¿Usted también? —dije.

—Yo llevo viniendo a esta playa desde 2011.

—¿Los martes?

—Los martes no. Los quince de agosto. —Extendió la toalla a dos metros—. La costumbre es de doña Aurora, que decía que el mar de agosto hay que tocarlo por lo menos una vez o el verano no cuenta.

El agua estaba helada.

Voy a describirlo bien porque llevo dos meses escribiendo esto en un tono que no le hace justicia al mes de agosto.

Entré como entra la gente de Madrid, que es en tres fases y con dignidad decreciente: tobillos con opinión, rodillas con arrepentimiento y luego una zambullida de golpe para acabar con el asunto.

Y cuando saqué la cabeza, con el pelo pegado y el frío subiéndome por la espalda como una descarga, me estaba riendo sola.

Hacía dos años que no me metía en el mar.

Estuvimos una hora larga. Bosco y sus amigos jugando a algo con una pelota y unas reglas que se inventaban sobre la marcha; Clara flotando de espaldas con las orejas dentro del agua, que es su manera de no oír a nadie; el niño de siete años empeñado en enseñarme una piedra.

Y a un metro y medio, Gabriel Otero, que resultó nadar muy bien y en silencio, con esa braza antigua de la gente que aprendió en un club de pueblo en los años noventa.

—Está usted más callado en el agua —dije.

—Es que en el agua no puedo ordenar nada.

Fue un chiste. Suyo. Voluntario. El primero.

Comimos allí mismo, en las piedras, empanada del día anterior envuelta en papel de aluminio, tomates con sal, y una sandía que Bosco había metido en una red y había dejado en el agua desde las once para que se enfriara, y que estaba, hay que reconocerlo, perfecta.

—Nora, ¿tú te bañas en Madrid? —preguntó el niño de siete años.

—En Madrid no hay mar.

—Ya lo sé. Digo en piscina.

—No.

—¿Por qué?

—Porque trabajo mucho.

El niño se lo pensó con la seriedad tremenda que tienen a esa edad, y luego dijo:

—Eso es una tontería.

Y se fue a por otra piedra.

Clara, desde el agua, sin sacar las orejas:

—Le ha dado.

—Le ha dado.

—Es que tiene siete años y no le pagan por ser amable. —Se puso de pie, con el agua por la cintura—. Oye, ¿tú cuándo te has cogido vacaciones por última vez?

—Estoy trabajando.

—Ya. Pero de vacaciones.

Hice la cuenta y decidí no decirla en voz alta.

—Vale —dijo Clara—. Eso ya me lo has contestado.

A las cuatro me quedé dormida quince minutos con la toalla en la cara.

Cuando me desperté, Gabriel estaba sentado a mi lado, incorporado, con los brazos sobre las rodillas, mirando la ría, y tenía sal seca en el hombro y una marca blanca de la sal en la sien.

No dijo nada. Yo tampoco.

Es la primera vez en todo aquel verano que estuvimos los dos callados sin que ninguno estuviera calculando.

Subimos al pazo a las nueve, después de la misa, de la procesión y de una verbena que empezaba a las once y a la que ninguno de los dos fue.

Y aquí es donde este relato deja de ser un acta, y voy a dejarlo así, porque llevo dos meses convirtiendo en expediente absolutamente todo lo que me pasa y hay una cosa que no admite ese tratamiento.

Fue en la casa de los caseros.

Fue por una tontería, además: yo había abierto una botella que quedaba de la comida y él estaba de pie en la cocina, con la camisa encima del bañador y el pelo todavía con sal, buscando un vaso, y yo le dije dónde estaban los vasos y él no fue a por los vasos.

—Doña Nora.

—Dígame.

—Voy a decir una cosa que no debería.

—Lleva usted todo el verano diciendo cosas que no debería. Todas a medias.

—Esta no.

Y no la dijo. Se quedó ahí, con la mano todavía apoyada en el borde del banco de la cocina, mirándome con una atención que no le había visto ni en la notaría ni en el despacho ni en ninguna de las cuatro sesiones, y yo, que me gano la vida leyendo a la gente, no tuve que leer absolutamente nada.

Crucé la cocina yo.

Lo que pasó después no fue rápido. Esto es lo primero que quiero dejar dicho, porque la gente cuenta estas cosas como si fueran un accidente y aquello no lo fue en ningún momento: fue lento, fue consciente, y las dos personas que estaban allí sabían perfectamente lo que estaban haciendo y lo que les iba a costar.

Besaba con muchísimo cuidado al principio.

Con esa lentitud suya de las cosas importantes, la misma con la que abría una carpeta o esperaba tres segundos antes de contestar, y me acordé —y me sigue pareciendo lo más raro de aquella noche— de la primera vez que lo vi, en una sala de espera de Cambados, alineando por tercera vez una carpeta que estaba perfecta.

Aquella noche no ordenó absolutamente nada.

Hubo un momento, ya en la habitación, en que se paró. Se paró de verdad, con las dos manos en mi cara, y me miró como se mira un documento del que uno sospecha.

—¿Esto qué es? —dijo.

Y yo, que tenía en el móvil la fotografía de una factura de 1963 con el apellido de mi abuela, que llevaba tres semanas escribiendo en una libreta lo que aquel hombre tardaba en contestarme, que había bajado la noche anterior por la escalera de servicio para no cruzármelo, dije:

—No lo sé. ¿Le vale?

—Me vale.

Y no volvimos a hablar en un buen rato.

Hay cosas que no voy a poner, no por pudor sino porque son mías y en este expediente ya hay demasiada gente. Pero sí voy a dejar constancia de tres, porque son las que me importan y porque si las quito, esto se convierte otra vez en un acta.

La primera es que se le olvidó el usted. Una vez, una sola, en un momento concreto, y volvió a él inmediatamente después, y ninguno de los dos lo comentó ni entonces ni en las seis semanas siguientes, y yo llevo tres años dándole vueltas a por qué me acuerdo exactamente de en qué momento fue.

La segunda es que en algún punto de la madrugada me di cuenta de que llevaba desde marzo de 2023 sin que nadie me tocara la cara.

Tres años y cinco meses. No lo había pensado nunca hasta ese momento, ni una sola vez, y me pareció un dato administrativo tan brutal que me quedé mirando el techo un rato largo, con él dormido a mi lado, haciendo la cuenta otra vez para ver si me había equivocado.

No me había equivocado.

Y la tercera es que a las tres de la mañana, con la ventana abierta y el ruido de la verbena llegando desde el pueblo muy amortiguado, él dijo, medio dormido, contra mi hombro:

—Esto complica mucho las cosas.

Y yo dije:

—Ya.

Y ninguno de los dos hizo absolutamente nada al respecto.

A las tres y cuarto vibró el móvil en la mesilla.

Y volvió a vibrar. Y otra vez. Y otras cuatro veces seguidas, con esa insistencia epiléptica que solo tiene una cosa en este mundo.

—¿Qué es eso? —dijo él.

—Es el grupo.

—¿A las tres de la mañana?

—Es el quince de agosto.

Lo cogí, porque en el fondo soy una profesional y una profesional mira el móvil.

Pilar Novoa: CHICOS URGENTE

Pilar Novoa: La floristería ha cerrado en agosto y no me lo ha dicho NADIE

Pilar Novoa: NADIE

Bosco Anguita: Pilar son las 3 de la mañana...

Pilar Novoa: Bosco yo llevo despierta desde las 2 con esto

Fernando Ansede: Buenas noches a todos. Mañana lo vemos con calma.

Pilar Novoa: MAÑANA ES DOMINGO Y CIERRAN TODOS

Clara Ansede: mamá deja el móvil

Chelo: Buenas noches. Con relación al asunto de las flores, remito al mensaje del 12 de junio, en el que ya advertí de la conveniencia de contratar con proveedor de Vilagarcía.

Pilar Novoa: EL DEL 12 DE JUNIO ERA EL DE LAS SILLAS

Bosco Anguita: jajajajaja perdón

Bosco Anguita: perdón

Y a las 3:41, la tía Nieves: 👍 al mensaje del jueves sobre el aparcamiento.

Yo estaba leyendo aquello en voz alta, desnuda, sentada en una cama a las tres y media de la mañana del dieciséis de agosto, y a mitad del mensaje de Chelo me tuve que parar porque no podía seguir.

Gabriel se reía con la cara metida en la almohada, de esa manera que se ríen los hombres serios cuando por fin les da, que es sin ningún control.

—El del 12 de junio era el de las sillas —repitió.

—Ya lo sé.

—Es que era el de las sillas —dijo, y le volvió a dar.

Estuvimos así un rato largo. Y cuando se nos pasó, y volvió la casa a quedarse en silencio, y ya solo se oía la verbena a lo lejos, él dijo, mirando el techo:

—Mañana esto va a ser un problema.

—Mañana esto va a ser un problema —confirmé.

Y luego me dormí, que es lo que hago yo cuando no quiero seguir hablando.