Capítulo 10
Capítulo
El lunes por la mañana Pilar Novoa decidió que la boda necesitaba un rincón de fotos antiguas.
Lo decidió a las nueve y cuarto, en la cocina, con el cuaderno de anillas abierto, y lo anunció con la contundencia de un ministerio.
—Eso está muy bien —dijo Fernando.
—Ya sé que está muy bien.
Bajaron dos cajas del desván y las pusieron sobre la mesa de castaño, que aquella semana estaba resultando ser el mueble más productivo de Galicia.
En la primera había fotos de los ochenta y noventa, o sea, ninguna utilidad emocional: los ochenta y noventa todavía duelen. En la segunda había álbumes.
Yo estaba trabajando en la esquina, con el listado de gastos de conservación que Chelo me había mandado en un PDF de once páginas escaneado del revés, y no pensaba participar.
La cosa es que cuando alguien abre un álbum de los años sesenta encima de una mesa, la habitación entera cambia de gravedad.
—Ay, mira la abuela.
—A ver.
—Qué guapa era, ¿eh?
Me acerqué. Es lo que hace todo el mundo.
Doña Aurora Seoane a los veintitantos era una mujer de cara ancha, cejas fuertes y esa sonrisa torcida hacia la izquierda que ya conocía por la esquela y que ahí, sesenta años antes, era exactamente la misma. Hay caras que se instalan pronto.
Pilar fue pasando páginas y narrando, que es la función social de las madres en esta clase de operaciones. La boda del sesenta y cinco: Aurora de blanco, con un ramo enorme y un hombre alto y serio al lado. Camilo Ansede. Detrás, la fachada del pazo con la galería recién pintada.
—Aquí ya vivían en la casa —dijo Fernando.
—Aquí acababan de comprarla —dijo Chelo, sin levantar la vista del móvil, desde el otro extremo de la mesa.
Seguimos. Un bautizo. Una comida en el hórreo con veinte personas y un mantel de cuadros. Aurora joven con un delantal, riéndose, con la mano levantada hacia la cámara en ese gesto universal de «no me hagas la foto ahora» que ninguna mujer de aquella generación consiguió ejecutar a tiempo.
Y entonces llegamos a una página de más atrás. Fotos anteriores a la boda. Papel más pequeño, bordes dentados, blanco y negro de verdad.
—Estas son de antes —dijo Pilar—. Mira qué monas.
Eran tres.
En la primera, cuatro chicas jóvenes en una romería, sentadas en la hierba con las piernas dobladas de lado.
Cuatro, según la composición. Tres, según la fotografía.
En el hueco de la izquierda había un recorte limpio, curvo, siguiendo el contorno de una figura sentada, y por el hueco se veía el cartón negro del álbum.
En la segunda, Aurora delante de un escaparate, riéndose, con el brazo pasado por encima de un vacío exactamente del tamaño de otra persona.
En la tercera —esta es la que fotografié dos veces— tres mujeres de espaldas mirando la ría desde el muelle. La del centro estaba recortada. Sobre el hombro izquierdo de Aurora quedaba, intacta, la mitad de una mano ajena. Alguien había recortado a una persona entera y le había respetado la mano.
Me acerqué más.
Y aquí quiero ser precisa, porque esto es importante y porque me dedico a esto: las tres estaban recortadas.
No rotas. No arrancadas. No tachadas con boli, que es lo que hace la gente furiosa, ni dobladas por la mitad para que no se vea, que es lo que hace la gente que quiere olvidar sin destruir.
Recortadas con tijera pequeña, con pulso, siguiendo la línea del pelo y del hombro, con el cuidado de quien no quiere estropear el resto de la foto.
Arrancar es rabia. Recortar es una decisión.
Y para recortar así hay que tener la foto en las manos mucho rato.
—¿Y esto? —dije.
Nadie contestó.
Ojo al matiz: no es que nadie supiera. Es que nadie contestó.
Pilar pasó la página. Fernando se levantó a por agua.
Chelo levantó la vista del móvil, miró las fotos exactamente un segundo y volvió al móvil, y en ese segundo su cara no dijo «qué raro»: dijo otra cosa, más aburrida y más antigua, del género de las cosas que uno ya ha preguntado alguna vez y ha dejado de preguntar.
—Perdón, insisto —dije, con mi mejor voz de reunión—. ¿Estas fotos están así de siempre?
—De siempre —dijo Fernando desde el fregadero.
—¿Y no sabéis quién falta?
—Amigas de la abuela, supongo.
—¿Y por qué las recortaron?
—Uf. —Se rio, con el vaso en la mano—. Nora, en esta casa hay cosas que llevan sesenta años como están y nadie pregunta ya.
—Yo pregunto por oficio, es superior a mí.
—Pues eso —dijo Chelo, sin levantar la vista— es exactamente por lo que le pagamos, así que no se disculpe.
Y ahí Maruxa, que llevaba de pie junto a la alacena desde el principio y a la que nadie había visto entrar, se acercó a la mesa, cerró el álbum sin brusquedad ninguna y se lo puso debajo del brazo.
—Este no. Que se estropea con la luz.
—Maruxa, si estamos escogiendo fotos —protestó Pilar.
—Escoja de los otros, que hay tres cajas.
—Es que las antiguas quedan mejor.
—Las antiguas se estropean —dijo Maruxa, y se fue con el álbum hacia el pasillo del office, con el paso tranquilo de una mujer de setenta y nueve años que lleva cincuenta y siete ganando discusiones sin subir la voz.
Pilar la miró irse. Luego me miró a mí. Luego abrió otra caja.
—Bueno, pues los ochenta.
Volví a mi PDF del revés y estuve cuarenta minutos sin enterarme de una sola cifra.
A eso de las once me levanté a estirar las piernas y acabé, como acaba una siempre en las casas ajenas, delante de las fotos de la pared del comedor.
Los cuatro retratos. Los dos de la izquierda, Seoane: un hombre con bigote delante del almacén y una mujer sentada con un niño en las rodillas. Los dos de la derecha, los que vinieron con la casa. Los desconocidos.
Me acerqué a estos.
Un matrimonio mayor, ropa de domingo, dos sillas de enea sacadas a la puerta de la galería.
Él con las manos sobre las rodillas. Ella con las manos cruzadas y esa expresión de estar deseando que el fotógrafo terminase.
Cristal antiguo, con esa ondulación que ya no se fabrica, y un marco de madera oscura que no se parecía a ninguno de los otros tres.
Le di la vuelta al de la mujer. Es una grosería y la cometí.
Detrás, en el papel del fondo, había una etiqueta de una casa de fotografía de Vilagarcía, y debajo, escrito a mano en tinta antigua por una letra que no era picuda, algo que el tiempo había dejado en dos palabras y media:
...ño de 194...
Y nada más. Ni nombres, ni apellidos, ni casa.
Lo volví a colgar derecho.
Sesenta años comiendo debajo de dos desconocidos, había dicho Fernando riéndose.
Y en aquella casa, donde una señora dejó anotado por escrito qué invitado bebía y cuál no debía cantar, había dos retratos sin identificar colgados en la pared del comedor, y nadie —ni sus hijos, ni sus nietos, ni el abogado de los martes— se había molestado nunca en descolgarlos para mirar detrás.
A veces la gente no esconde las cosas. Simplemente las deja a la vista el tiempo suficiente para que dejen de verse.
A las doce y media subí al pasillo del office con la excusa de un vaso de agua, que es la excusa más antigua del mundo y funciona igual de bien que el primer día. El álbum estaba encima del arcón, junto a un cesto de ropa y una radio apagada. No había nadie.
Lo abrí por donde lo habían cerrado. Saqué el móvil.
Fotografié las tres, primero enteras y después de cerca: el borde del recorte, la mano sobre el hombro, el cartón negro del hueco.
Le di la vuelta a las tres. Dos no tenían nada detrás.
La tercera, la del muelle, tenía una fecha a lápiz, muy suave, con esa letra picuda que ya reconocía a un metro de distancia:
agosto 1962
Y estaba fotografiando el reverso cuando oí la voz detrás de mí.
—Está usted usando el flash en un pasillo. Eso lo delata a uno enseguida.
No me sobresalté, que fue lo único elegante de toda la operación.
—Buenos días, señor Otero.
—Buenos días.
Guardé el móvil. Él tenía la carpeta bajo el brazo, la chaqueta al hombro y una cara imposible de leer, cosa que en dos semanas no me había pasado.
—¿Me va a preguntar qué hago?
—No.
—Podría preguntármelo.
—Podría. —Dejó la chaqueta en el respaldo de una silla del office—. Pero llevo tres meses trabajando en esta casa y la primera semana también abrí cajones que no eran míos. La diferencia es que yo tenía un poder notarial y usted tiene una curiosidad.
—Tengo un contrato de mediación con acceso a documentación familiar.
—Eso es una foto de una romería de 1962.
—Es documentación familiar.
—Es una foto de una romería —repitió, y se sentó en el borde de la mesa del office, y ahí, por primera vez desde que nos conocíamos, hizo algo que no era ni defenderse ni retirarse—: ¿Me las enseña?
Se las enseñé. Las tres, en el móvil, ampliadas.
Estuvo mirándolas mucho más rato del que esperaba. Al final se detuvo en la del muelle, en la mano sobre el hombro, y la amplió él con dos dedos.
—Qué cosa más rara —dijo.
—¿Verdad?
—No es rara por lo que falta. Es rara por lo que queda. —Devolvió el móvil—. Si usted quiere borrar a alguien, borra la mano también. Es más fácil. Con las tijeras se llega perfectamente hasta ahí.
—Exacto.
—O sea, que la dejó a propósito.
—O que no fue capaz.
Nos quedamos los dos con eso encima de la mesa del office, entre un cesto de ropa y una radio apagada.
—Doña Nora, le voy a decir una cosa como albacea y otra como persona, y las voy a decir en ese orden porque soy un profesional.
—Adelante.
—Como albacea: yo no le he visto hacer esas fotografías, porque el inventario del caudal relicto incluye los efectos personales de la causante y esos álbumes están en el inventario. Si alguien me pregunta, yo estaba en el coche.
—¿Y como persona?
Se puso la chaqueta al hombro otra vez y tardó lo suyo.
—Que llevo quince años yendo a esa casa los martes y jamás vi ese álbum. Y hay que tener mucho cuidado con lo que una mujer así te deja ver durante quince años.
Se fue al comedor, donde ya lo esperaban con lo de los gastos.
Yo me quedé en el office con el vaso de agua que no me había servido, con tres fotografías en el móvil y una fecha de agosto de 1962 escrita a lápiz por la misma mano que escribió mi nombre en una invitación sesenta y cuatro años después.
Y con la certeza incómoda de que aquel hombre acababa de hacerme un favor gratis.
Fui a apuntarlo en la libreta, que es lo que hago con los favores gratis, y me di cuenta de que me había dejado la libreta en el comedor, encima de un PDF escaneado del revés, delante de cuatro personas que llevaban dos horas discutiendo por un tejado de 2009.
Así que bajé a por ella.
Y en el comedor seguían discutiendo por el tejado.