La invitada 141 Capítulo 9
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Capítulo 9

Capítulo

La pedida se celebró a la una y media en la galería, con veintidós personas, y fue el acontecimiento social más violento al que he asistido sin que nadie levantara la voz.

Los Anguita llegaron de Madrid en dos coches, con esa puntualidad agresiva de la gente que quiere dejar claro que ha hecho seiscientos kilómetros.

Don Álvaro Anguita, padre del novio, sesenta y cinco años, chaqueta azul de botones dorados en agosto y un apellido que, según me informaron tres personas distintas antes del aperitivo, «viene de los Anguita de toda la vida», sin especificar nunca de dónde ni de qué.

Su mujer, Macarena, llevaba un pañuelo de seda al cuello con treinta y dos grados a la sombra, que es una declaración de principios que respeto aunque no comparta.

Traían dos cajas de vino y un jamón. El jamón viajó desde el coche hasta la cocina en brazos de don Álvaro, que no lo soltó en ningún momento, y sospecho que aquel jamón no era un regalo: era una bandera.

—Es de bellota —dijo, entregándolo por fin—. De Guijuelo. Yo el jamón lo compro siempre en la misma casa desde el noventa y uno.

—Qué bien —dijo Pilar—. Aquí hemos puesto percebes.

Hubo una pausa de dos segundos que valía toda la comida.

—¿Percebes de aquí? —dijo Macarena, con una amabilidad de porcelana.

—De la Costa da Morte. Los trae el hijo de la Divina, que los coge él.

—Ah, qué bien. Nosotros el marisco lo tomamos poco, ¿sabes? Es que Álvaro con el ácido úrico...

—Pues el jamón es peor —dijo Chelo, desde una silla, sin levantar la vista del móvil.

Yo estaba de pie junto a la puerta de la galería, con una copa de albariño y la firme intención de no participar, que es lo que uno se propone siempre en estos sitios y no cumple jamás.

La cuestión de quién era yo se planteó a los once minutos, y lo hizo, como todas las guerras, por un asunto logístico: la colocación de las sillas.

—Nora, tú siéntate aquí, con nosotros —dijo Pilar.

—Yo puedo comer luego, de verdad, no quiero...

—Tú te sientas.

Y ahí, en la mesa larga, con veintidós personas mirando, don Álvaro Anguita hizo la pregunta con la que llevaba media hora armado:

—Y usted es...

Y aquí es donde tengo que explicar algo. En una familia normal, esa pregunta la contesta una persona. En aquella galería la contestaron seis, simultáneamente, y ninguna dijo lo mismo.

—La mediadora —dije yo.

—Una amiga de la familia —dijo Fernando.

—Está con nosotros por lo de la herencia —dijo Pilar.

—Es abogada —dijo Bosco, que no me había escuchado nunca.

—No es abogada —dijo Clara.

—Está en la lista de mi madre —dijo Chelo, muy claro, dejando el móvil sobre el mantel—. Es la número ciento cuarenta y uno.

Y a partir de ese momento, señores, yo dejé de ser una persona y me convertí en un tema.

—¿La lista de la que hablabais? —Macarena se inclinó hacia delante—. ¿La que está enmarcada?

—Esa.

—Ay, qué cosa más bonita. ¿Y usted era muy amiga de la abuela?

—No la conocí.

Cuchara en el aire. Literal: don Álvaro tenía la cuchara a mitad de camino y la dejó ahí.

—¿Cómo que no la conoció?

—Que no la conocí. Nunca la vi, no sabía que existía hasta hace dos semanas, y no sé por qué estoy en la lista.

—¿Y va a ir a la boda?

—No lo sé.

—¿Cómo que no lo sabe?

—Es que es complicado —dijo Fernando, con una sonrisa de anfitrión que ya no le llegaba ni a él.

—No es complicado —dijo Chelo—. Es que si ella no viene, esta casa se vende.

Se hizo entonces uno de esos silencios que en las comidas familiares españolas tienen la textura del cemento fresco.

Pilar cerró los ojos medio segundo. Gabriel, que estaba al otro extremo de la mesa, apoyó los dos antebrazos y no dijo nada, y fue de las pocas veces que le he visto callarse por estrategia y no por obligación.

—Consuelo —dijo Fernando.

—Es que lo van a saber igual, Fernando. Van a ser familia. Que se enteren ahora, que es domingo y hay vino.

Y entonces don Álvaro Anguita, que llevaba desde el aperitivo buscando una grieta por la que meter su apellido, hizo lo que hacen los hombres como él, que es opinar con enorme seguridad sobre el patrimonio ajeno:

—Perdonad que me meta, pero eso no puede ser legal.

—Es legal —dijo Gabriel.

—¿Una señora que no conoce a nadie decide si se vende un pazo?

—No decide. Concurre. —Gabriel se limpió con la servilleta, muy despacio—. La condición no es que ella decida. La condición es que asista.

—¿Y si le pasa algo? ¿Y si se pone mala? ¿Y si le da por no venir?

—Entonces se aplicará lo previsto para ese caso.

—¿Y qué está previsto?

—Lo que está previsto.

Aquello, en boca de un hombre que llevaba tres meses diciendo lo mismo con setenta formulaciones distintas, tuvo algo de arte.

A partir del segundo plato, la mesa se dividió en dos comisiones de trabajo.

La comisión oficial, en el centro, hablaba de la boda: la carpa, la coral, si el padre Lino iba a alargarse mucho —«se alarga», dijeron tres personas a la vez—, y si el sábado 12 llovería, tema sobre el que catorce personas emitieron un pronóstico y ninguna coincidió.

La comisión clandestina, en los extremos, se dedicó íntegramente a mí.

Yo estaba en medio, o sea, en las dos.

Las teorías las fui recogiendo por fragmentos, y las anoto aquí en orden de aparición porque merecen quedar constancia:

Teoría uno (Macarena Anguita, en voz baja, a su cuñada): que yo era hija de don Camilo. «Fíjate en la barbilla.» En ese momento me miré el reflejo en el cristal de la galería y descubrí que tengo, en efecto, una barbilla.

Teoría dos (don Álvaro, sin bajar la voz): Hacienda. «Estas cosas de los pazos siempre acaban en Hacienda.»

Teoría tres (un primo segundo cuyo nombre nunca conseguí): que yo era una ex de Bosco. Bosco negó con tal vehemencia y tal rapidez que durante veinte minutos la mesa entera dio por hecho que era verdad.

Teoría cuatro (dos señoras del pueblo, en la cocina, mientras yo cogía hielo): que doña Aurora me había conocido en un hospital de Santiago. «Ella iba mucho a Santiago.» Aquella fue la única teoría que investigué después. Era falsa.

Teoría cinco (la tía Nieves, la del pulgar): que yo era periodista.

Teoría seis (Uxía, seis años, tirándome de la manga): que yo era la mujer del abogado.

—No soy la mujer del abogado.

—¿Y por qué habláis siempre?

—Porque trabajamos juntos.

—Ah. —Se lo pensó, con la seriedad tremenda de las niñas de seis años—. ¿Y tú de quién eres?

—Nadie lo sabe, Uxía.

—Yo soy de Marisa la de Correos —dijo, y se fue corriendo, resuelta la cuestión.

Lo de Bosco merece capítulo aparte, o al menos un párrafo entero.

El chico llevaba desde el postre esperando su momento, y el momento le llegó con el café, cuando alguien preguntó qué era «eso de abajo, lo de las cepas viejas».

—¡Es la parcela! —Se levantó. Se levantó de verdad, con la taza en la mano—. Media hectárea de albariño de pie franco, plantado antes del ochenta, abandonado desde el noventa y cinco. Ese suelo es granito descompuesto con arena de ría, que es justamente lo que...

—Bosco, siéntate —dijo Clara, con muchísimo cariño.

—Es que si esta casa se vende, ahí plantan césped, Clara. Césped. —Se volvió hacia su padre—. Papá, díselo tú, que tú entiendes.

—Yo el vino lo compro hecho —dijo don Álvaro.

—Ya lo sé, papá.

—Y en la misma casa desde el noventa y uno.

—Ya. Lo. Sé. Papá.

Se sentó. Y aquel chico, que llevaba toda la comida de buen humor, se quedó dos minutos mirando la taza con la cara del que ha entendido a los treinta y tres años que su padre no va a entenderle nunca.

Chelo, desde el otro extremo, lo estuvo observando todo el rato.

Y esto lo apunto porque uno aprende a fijarse en quién mira a quién cuando cree que no lo miran: Consuelo Ansede, que quería vender aquella casa por encima de todo, estuvo dos minutos largos mirando a su sobrino político con una expresión que no era hostilidad.

Era pena. La pena bastante incómoda del que va ganando.

Hubo, además, un momento que en aquella comida no significó nada y que después he repasado muchas veces.

Fue con el café, mientras Bosco todavía defendía sus cepas. Macarena Anguita, que se aburría, se puso a mirar los retratos de la pared del comedor: cuatro fotografías enmarcadas, en blanco y negro, de gente sentada muy tiesa.

—¿Y estos son todos de la familia?

—Los dos de la izquierda sí —dijo Fernando—. Los otros dos vinieron con la casa.

—¿Cómo que vinieron con la casa?

—Estaban aquí cuando se compró. Mi abuelo los dejó donde estaban.

—¿Y no sabéis quiénes son?

—Ni idea. —Fernando se rio—. Aquí llevamos sesenta años comiendo con dos desconocidos.

Me volví a mirarlos, como todo el mundo.

Un matrimonio mayor con ropa de domingo de los años treinta o cuarenta, sentados en dos sillas delante de una casa que era esta casa, con la galería al fondo.

La mujer tenía las manos cruzadas sobre el regazo y una expresión de estar deseando que aquello terminara.

—Qué cosa más rara, ¿no? —dijo Macarena—. Yo eso no lo aguantaría.

—Aquí las cosas se quedan donde están —dijo Chelo, sin volverse—. Es lo único que se nos da bien.

Y se habló de otra cosa, porque estaban los percebes.

A las cinco y media, cuando los Anguita se despedían con esa lentitud de cuatro tiempos que tienen las despedidas en España —de pie en el salón, de pie en el vestíbulo, de pie en la puerta, de pie junto al coche—, don Álvaro me buscó.

—Oiga, no le he preguntado bien antes. ¿Usted a qué se dedica exactamente?

—Soy mediadora familiar.

—¿Y eso qué es?

—Yo me siento en medio de dos personas que se están peleando y hago que se hablen.

—Ah. —Se ajustó los botones dorados—. ¿Y eso funciona?

—A veces.

—Pues aquí va a tener trabajo, hija. —Se rio, encantado consigo mismo—. Aquí va a tener trabajo.

Se fueron. Pilar se sentó en el primer escalón de la galería, se quitó un zapato y dijo una palabra que no consta en el acta.

Y yo me quedé mirando cómo desaparecían los dos coches por el túnel de castaños, con el vino todavía en la mano y una idea muy clara que no tenía nada que ver con las seis teorías.

En cinco horas, veintidós personas habían dicho de mí seis cosas distintas, todas falsas.

Ninguna se había parecido ni de lejos a la verdad, porque la verdad no la tenía nadie en aquella mesa.

Y sin embargo, en algún momento entre el jamón y el café, había ocurrido algo que no estaba en el contrato: yo ya no era una desconocida en aquella casa.

Era un asunto pendiente de la familia.

Que es exactamente la categoría de la que saco gente para vivir.