La invitada 141 Capítulo 8
24%

Capítulo 8

Capítulo

El sábado por la mañana hice lo que hace cualquiera con conexión, tiempo y una pregunta: buscar. Y descubrí lo que descubre cualquiera que busque de verdad, que es que internet solo sabe de la gente que ha querido que se sepa.

Dediqué cuatro horas. Lo digo sin orgullo: cuatro horas de sábado.

Lo cual, dicho sea de paso, es lo normal. La gente que nació en los cuarenta no tiene internet: tiene cajas.

A la una y media me di cuenta de que llevaba cuarenta minutos leyendo el listado de fallecidos de una parroquia gallega en 1963 y de que aquello ya no era una gestión profesional. Cerré el portátil con un golpe seco, salí a la ría y anduve una hora, que es mi método contra mí misma.

Volví con la decisión tomada.

Que es una manera bonita de decir que volví con el teléfono en la mano.

Mi madre está en la agenda como «Marina».

No como «mamá». La cambié hace tres años, un martes, sin ninguna ceremonia, y a la semana siguiente estuve a punto de volver a cambiarla y no lo hice porque me pareció que volver atrás era darle importancia.

Ese es el nivel de tontería en el que estamos: dos mujeres adultas jugándose la relación en un campo de nombres de contacto.

Abrí el chat. La última conversación es del 14 de marzo de 2023. Dice, íntegro:

—Ya he recogido las cosas del tanatorio. —Vale.

Cinco palabras entre las dos. La última vez que hablamos de verdad fue tres días antes, de pie, en un pasillo con máquina de café, y de aquello no hay registro escrito porque nadie graba las conversaciones que le parten a uno la vida.

Redacté un mensaje. «Hola. Estoy trabajando en un pueblo de Pontevedra y me ha salido una cosa rara con la abuela. ¿Te suena el apellido Seoane?»

Lo leí. Lo borré.

Redacté otro. «Oye, ¿la abuela tuvo alguna vez relación con Galicia?»

Lo leí. Ese era peor, porque no explicaba nada y a la vez lo pedía todo, y porque si la respuesta era «no» yo iba a quedarme igual, y si era «sí» iba a tener que preguntar por qué nunca me lo había contado, y esa pregunta, con mi madre, no se hace por escrito.

Lo borré también.

Y aquí está lo que de verdad pasó, y lo escribo porque prometí levantar acta de esto con la misma honestidad con la que la levanto de las familias ajenas: en ningún momento de aquellos ocho minutos me planteé seriamente enviar nada.

Lo que estaba haciendo era otra cosa. Estaba comprobando que todavía podía escribirle.

Como quien mete la mano en la guantera para ver si sigue estando lo que ya no está.

Dejé el móvil boca abajo.

Y el móvil, que llevaba dos días esperando su momento, vibró.

Clara Ansede te ha añadido al grupo «BODA CLARA Y BOSCO 💍».

Cuarenta y siete participantes.

Lo primero que hace un profesional al entrar en un grupo ajeno es subir. Es deformación: en una mediación, el histórico es la prueba. Subí. Nueve meses de mensajes, desde noviembre. Y a los treinta segundos de scroll ya sabía más de aquella familia que en cinco días de sesiones.

Aprendí que Pilar escribe en mayúsculas todo lo que considera urgente, que es todo.

Que Fernando manda buenos días con paisajes.

Que Chelo redacta como un burofax: «Buenas tardes.

Con relación al asunto de las sillas, me remito a lo ya expuesto en el mensaje anterior.

» Que Bosco usa puntos suspensivos como quien respira.

Y que existe una tal tía Nieves cuyo único aporte en nueve meses son pulgares hacia arriba que llegan siempre dos días tarde, a mensajes que ya no vienen a cuento, con la puntualidad exacta de un satélite.

Y entonces empezó lo bueno.

Porque, a diferencia de mí, aquella gente también sabe subir.

Pilar Novoa: Bienvenida Nora!! 🎉

Pilar Novoa: Chicos por favor un aplauso a Nora que nos está ayudando mucho

(Nadie aplaudió.)

Hubo cuarenta segundos de silencio absoluto, que en un grupo de cuarenta y siete personas es un fenómeno geológico.

Y luego, lo que en mi cabeza llamé el pánico retroactivo: el momento exacto en que cuarenta y seis personas se dan cuenta a la vez de que la desconocida acaba de heredar nueve meses de historial.

Bosco Anguita: bienvenida!!!! oye pregunta tonta... el grupo se puede borrar hacia atrás?

Fernando Ansede: Bienvenida Nora. Aquí somos muy familiares.

Chelo: Buenas tardes. Doy por reproducido lo dicho en el mensaje del 12 de junio sobre el emplazamiento de la carpa, que sigo manteniendo.

Bosco Anguita: el del 12 de junio no era el de las sillas?

Chelo: Era el de la carpa.

Pilar Novoa: ERA EL DE LAS SILLAS

Bosco Anguita: ok ok

Pilar Novoa: Nora ignora los mensajes de junio que fue un mes complicado

Clara Ansede: Nora no los ignores, son buenísimos

Tía Nieves: 👍 (a un mensaje del jueves sobre el aparcamiento)

Me reí sola en la casa de los caseros, con el móvil en la mano y la ventana abierta al ruido de las chicharras, y fue una risa limpia, de las que no cobran nada, la primera desde que llegué.

Luego bajé al mensaje del 12 de junio. Era, en efecto, sobre las sillas.

Y era una obra maestra: nueve mensajes de Chelo, tres de Pilar en mayúsculas, un audio de Fernando de tres minutos y veinte segundos titulado, según la transcripción automática, «bueno a ver yo lo que digo», y un cierre de Clara a las 23:41 que decía únicamente: «las sillas las pongo yo y punto. »

Y luego, entre el ruido, encontré una cosa que no era graciosa.

Era del 3 de abril, tres semanas antes de que ella muriera. Un mensaje de Clara, a las siete y media de la tarde:

Clara Ansede: La abuela dice que la boda no se toca. Que si le pasa algo se hace igual y en la fecha. Textual: «yo no pienso estropearos el día por una cosa mía».

Fernando Ansede: No digáis eso

Clara Ansede: No lo digo yo papá. Lo dice ella.

Y debajo, veinte minutos después, sin ningún emoji, sin mayúsculas, sin burofax, un mensaje de Chelo:

Chelo: Mi madre lleva toda la vida decidiendo cómo se hacen las cosas en esa casa. No veo por qué su muerte iba a ser distinta.

Nadie contestó a eso. Cuarenta y siete personas y nadie contestó a eso.

Cerré el grupo a la una de la mañana, con esa culpa de haber estado leyendo una casa por dentro.

El domingo por la mañana, temprano, me encontré a Clara en el hórreo con una lijadora y las manos blancas.

—¿Te desperté con el grupo? —dijo, sin apagar nada.

—Me hiciste reír a la una de la mañana.

—Perdona por meterte. Es que me pareció injusto que estuvieras en la lista de mi abuela y no en el grupo de mi boda. —Apagó la lijadora—. Suena tonto dicho en voz alta.

—No suena tonto. Suena a que eres la única de esta casa que ha decidido tratarme como a una persona en vez de como a una cláusula.

Se limpió las manos en el pantalón.

—¿Puedo preguntarte una cosa? Y si no quieres, no contestas.

—Adelante.

—¿Tú tienes familia?

Y ahí, con la lijadora apagada y el polvo de nogal flotando en la luz que entraba por el hueco del hórreo, se me ocurrieron cuatro respuestas profesionales y contesté la quinta.

—Tengo una madre en Madrid con la que no hablo desde hace tres años.

—Vaya.

—Sí.

—¿Por algo gordo?

—Por algo que ella dijo en un tanatorio.

Clara asintió una sola vez, sin pedir detalles, que es lo que hay que hacer y casi nadie hace.

—Pues qué mala suerte que te haya tocado precisamente esta casa —dijo—. Aquí no se habla de otra cosa que de familia.

—Ya lo he notado.

—Es que cuando alguien se muere, la familia se pone a hablar todo el rato para no oírse. —Volvió a encender la lijadora—. Perdona. Los sábados me pongo profunda porque tengo resaca.

Y el domingo, antes de la pedida, subí otra vez al salón grande.

Fui con la libreta, con el móvil y con un método, porque a esas alturas ya había decidido que aquello era un expediente y que los expedientes se trabajan.

Empecé por la primera cara y fui fotografiando línea a línea, con la luz de la mañana entrando por los tres balcones, y a medida que fotografiaba iba anotando en tres columnas: quién es, qué se dice de él y —esto era lo mío— qué sabía ella que la otra persona no sabía que ella sabía.

Encontré los «avisarme». Dos, como había dicho Maruxa. Encontré el «que me lo presenten», en el número 118, un chico de Vigo que venía con novia nueva.

Y volví al 141.

Nora Valdés. Margen limpio. Papel cuadriculado, cuatro rayas de cuadrícula vacías, y el punto final de la tinta a la izquierda, donde acababa mi apellido.

Me acerqué hasta que el cristal me devolvió mi propia cara encima de su letra, que es la única forma que tienen las cosas enmarcadas de mirarte a ti.

Doce años dedicándome a esto. Doce años sentando a hermanos en mesas de castaño y explicándoles que las herencias no empiezan con un testamento, que empiezan quince años antes con una tontería.

Doce años diciéndole a la gente que la única manera de resolver un conflicto es preguntarle a la parte contraria qué quiere de verdad.

Y ahí estaba yo, delante de la única parte contraria de mi vida a la que no le podía preguntar nada.

—¿Qué sabías tú de mí? —dije, en voz alta, en un salón vacío, un domingo de agosto a las once de la mañana.

El suelo de castaño crujió por su sitio de siempre, que no fue una respuesta pero lo pareció.