La invitada 141 Capítulo 7
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Capítulo 7

Capítulo

La taberna de Antón no tiene nombre en la fachada. Tiene una chapa de cerveza de los años ochenta, cuatro mesas fuera, seis dentro y un cartel escrito a mano que dice HAY CALDO, escrito con la seguridad de quien lo tendrá siempre.

Entré el viernes a la una, con la carpeta, porque en los pueblos la carpeta es un salvoconducto: si llevas carpeta, eres una señora que trabaja, y una señora que trabaja tiene derecho a estar sola en una barra sin que nadie decida qué hace ahí.

No sirvió de nada.

—Usted es la del pazo —dijo Antón, poniéndome un vermú que yo no había pedido.

—Yo no he pedido esto.

—Ya lo sé. —Señaló con la barbilla hacia el fondo—. Se lo mandan.

En la mesa del rincón había tres señoras de entre setenta y ochenta años, con una baraja española sobre el hule, y las tres me miraban con la franqueza de quien ya ha pagado por mirarme.

Cogí el vermú y fui.

—Buenos días.

—Siéntate, muller —dijo la del medio.

—Es que tengo trabajo.

—Tienes un vermú. Eso no es trabajo, eso es un vermú.

Me senté. Es lo que hay que hacer.

Se llamaban Fina, Esther y Divina. Lo supe en ese orden porque en ese orden se presentaron, y aprendí en veinte minutos que ese orden nunca cambia y que corresponde exactamente a la jerarquía: Fina reparte, Esther corrige y Divina remata.

Hablan por turnos encadenados, sin pisarse, como si llevaran sesenta años ensayando, que es lo que llevan.

—Tú eres la mediadora.

—Sí.

—La que está en la lista.

—También.

—La número ciento cuarenta y uno.

—Veo que se la saben.

—Nena, si la hemos leído todas —dijo Fina—. Subimos en mayo, las tres, con Rosalía la de la farmacia, que también está.

—Rosalía está en el sesenta y dos —dijo Esther.

—Está en el sesenta y tres. En el sesenta y dos está el veterinario.

—El veterinario está muerto.

—Está muerto desde junio, pero está en la lista, y la lista es de marzo.

—Eso lo arreglan poniendo una vela —zanjó Divina—. Se pone una vela y ya está el hombre en la boda.

Bebí vermú. En doce años de profesión he aprendido a reconocer una fuente de información de primer nivel, y aquella mesa era la Biblioteca Nacional de la ría.

—¿Y ustedes qué anotación tienen? —pregunté.

Las tres se irguieron a la vez. Aquello era, evidentemente, la pregunta correcta.

—Nosotras salimos juntas —dijo Fina, con orgullo de placa conmemorativa—. Las tres en una línea. Dice: «Cartas después del café. La baraja la traigo yo.»

—«La baraja la traigo yo» —repitió Esther, y le dio un golpecito a la mesa.

Tardé un segundo.

—Un momento. ¿Esa lista la escribió en marzo?

—En marzo.

—¿Y ella sabía que se moría?

—Claro que lo sabía —dijo Divina—. Nos lo dijo aquí, en esta mesa, con esa boca. Dijo: chicas, esto se acaba en abril o mayo, así que no me hagáis trampas ahora que no puedo defenderme.

Las tres se rieron. Y siguieron riéndose otro rato, esa risa larga de las mujeres mayores que se ríen de algo que también les duele, y que no se parece a ninguna otra cosa.

—¿Ella hacía trampas? —pregunté.

—Como una condenada.

—Cuarenta años haciendo trampas.

—¿Y ustedes se lo consentían?

—Nena. —Fina bajó la voz, aunque no había nadie—. En este pueblo, a Aurora Seoane se le consentía todo. Y no era por buena. Que era buena, ojo, pero no era por eso.

—¿Por qué era, entonces?

Ahí se miraron. Y hubo un cambio de temperatura tan claro que lo apunté en el borde de la carpeta, con la fecha.

—Porque aquí se le debía mucho —dijo Esther.

—¿Qué se le debía?

—Dinero, criaturas, favores, entierros. Ella pagaba y no lo contaba. Preguntáis en cualquier casa de esta calle y en todas hay algo que pagó ella y nadie dice en voz alta.

—Y porque además —dijo Divina, y bajó la voz un punto más— con ella se portaron muy mal de joven, y en un sitio como este eso se paga con intereses toda la vida.

Dejé el vaso.

—¿Quién se portó mal?

—Uf. Eso es viejo.

—¿Cómo de viejo?

—De cuando la boda —dijo Fina—. Cuando se casó con Camilo, en el sesenta y cinco. Yo tenía dieciocho años y me acuerdo perfectamente porque me hicieron un vestido nuevo, que en aquella época te hacían un vestido cada tres años.

—¿Y qué pasó en la boda?

—Que no fue nadie.

Esther se removió en la silla.

—Fue gente.

—Fue la familia y cuatro. La iglesia estaba medio vacía, Esther, y tú lo sabes igual que yo.

—Fina se volvió hacia mí, con esa naturalidad tremenda de la gente que cuenta atrocidades sin ninguna intención de que lo parezcan—.

Cosas de entonces, nena. Aquí había señores y había tenderos, y los Seoane eran del almacén.

Se corrió que habían hecho algo feo con una familia de las de arriba, y la gente, pues eso. No fue.

—¿Qué familia?

—Ay, eso ya no me acuerdo.

—No se acuerda —dijo Esther, mirando el hule.

—No me acuerdo, mujer.

—Ya.

Y ahí se cerró. Se cerró como se cierran las cosas en los pueblos: sin portazo, con una tos y un cambio de tema hacia el precio del rodaballo.

Insistí dos veces, con las dos técnicas que suelo usar, y no conseguí nada, lo cual es un dato: la gente que no se acuerda contesta rápido.

La gente que se acuerda tarda y luego contesta que no se acuerda.

Pagué el segundo vermú de todas, que era la tarifa y ninguna disimuló que lo fuera, y cuando me levantaba entró Gabriel Otero con la camisa arremangada y esa cara del que ha conducido desde Pontevedra con el aire acondicionado roto.

—Doña Nora.

—Señor Otero.

—¿Le puedo invitar a comer o va a seguir interrogando a mis vecinas?

—Las dos cosas son compatibles.

Comimos en la mesa de fuera, bajo el toldo, un pulpo que no era el día y una empanada que sí. Y ahí tuvimos la primera conversación larga de las nuestras, que ya no era un asalto: era un partido con las reglas aceptadas por los dos.

—Usted ha venido aquí a preguntar por ella —dijo, cuando llegó el vino.

—He venido a comer.

—Ha venido a las once y cuarto de la mañana con una carpeta, y son las tres.

—Está bien. He venido a preguntar por ella. —Partí la empanada—. Y le voy a decir por qué se lo reconozco en vez de negarlo: porque negarlo nos costaría a los dos media hora y usted ya lo sabía. En una negociación, mentir sobre lo evidente es tirar el dinero.

—¿Y qué ha averiguado?

—Que su clienta pagaba entierros y no lo contaba. Que hacía trampas al tute y todo el pueblo se lo consentía. Y que en 1965, cuando se casó, la iglesia estaba medio vacía y aquí nadie se acuerda de por qué. —Bebí—. ¿Usted lo sabía?

—Lo de las trampas, sí. Lo de la iglesia, no.

Lo miré. En quince días había aprendido a distinguirle tres formas de no contestar, y aquella no era ninguna de las tres.

—Le creo —dije.

—Gracias.

—No me dé las gracias, que no es un favor. Es un diagnóstico. —Dejé el tenedor—. Y es interesantísimo, señor Otero, porque significa que usted lleva quince años trabajando para una mujer que le contó todo lo que él necesitaba saber y nada de lo que ella era. ¿No le molesta?

Tardó.

—Me molesta desde el 28 de abril —dijo—. Antes no, porque antes yo pensaba que había tiempo. Es lo que tiene ir los martes: crees que hay muchos martes.

Aquello me lo tragué con la empanada.

Y entonces, para cambiar de tema, cometí el error de preguntarle por el pulpo.

—¿Por qué dice usted que hoy no es el día?

—Porque el pulpo es de los lunes.

—El pulpo es de cuando lo pesquen.

—El pulpo es de los lunes —repitió, y dejó el tenedor—. Aquí Antón lo cuece los lunes y los jueves. Los martes lo que le queda del lunes. Los miércoles no hay. Los viernes es del jueves y encima con prisa, porque el viernes viene gente.

—Eso es una superstición.

—Eso es un calendario.

—Señor Otero, esto está buenísimo.

—Está bien. —Se recostó—. Está bien. Pero usted no ha comido el del lunes, así que no tiene con qué comparar, y estar contento con el pulpo del viernes es exactamente el problema de este país.

Lo dijo completamente en serio. Con las dos manos.

—¿Usted se oye? —dije.

—¿Qué?

—Que lleva usted cuatro minutos defendiendo un calendario de cefalópodos con más energía de la que ha empleado en tres semanas para defender un testamento.

Se quedó parado. Y luego se pasó la mano por la nuca, que es lo que hace cuando lo pillan.

—Bueno —dijo—. Es que en el testamento tengo que tener razón. Aquí puedo tenerla y ya está.

Se me escapó la risa con el vino a medio camino, y lo pagué durante un minuto largo, tosiendo, con él dándome golpes en la espalda y Antón mirándonos desde la puerta con la cara del hombre que ya ha visto todo esto antes.

—Y encima el pulpo del lunes lo sabe todo el mundo —remató, muy digno.

—Cállese ya.

—Es que lo sabe todo el mundo.

—¿Puedo hacerle una pregunta profesional? —dije, cuando el silencio empezaba a pesar más de la cuenta.

—Puede hacérmela.

—¿Cuánto de lo que usted no me cuenta es porque no puede y cuánto es porque no quiere?

—Todo es porque no puedo.

—Eso no me lo creo.

—Ya lo sé —dijo, y sonrió por primera vez desde que lo conocía—. Pero mire, doña Nora: eso es exactamente lo que yo diría en los dos casos, y usted lo sabe, así que hemos empatado y le toca pagar la mitad del pulpo.

Antes de irnos, Antón se acercó a recoger y se quedó con el trapo en la mano más rato del necesario.

—Oiga. ¿Usted es la que estaba preguntando por la boda del sesenta y cinco?

—Soy yo.

—Yo no había nacido. —Pasó el trapo—. Pero mi padre sí, y mi padre no fue.

—¿Y le dijo por qué?

—Me dijo que no fue nadie, y que él tampoco, y que carallo, que qué iba a hacer él si no iba nadie. —Recogió los vasos—. Y luego, treinta años después, cuando se murió mi madre, la primera que apareció en esta casa con una fuente de comida fue doña Aurora. La primera. Antes que la familia.

—¿Y su padre qué dijo?

—Nada. —Antón pasó el trapo por la barra—. ¿Qué va a decir? En este pueblo hay gente que lleva sesenta años sin decir nada, y no es porque no lo sepan.

Volví al pazo a las cinco. Maruxa estaba en la cocina grande limpiando unos cristales que ya estaban limpios, que es un deporte nacional en esta casa.

—Maruxa.

—Dígame.

—Una pregunta corta.

—Esas son las peores.

—¿Doña Aurora sabía que se moría cuando escribió la lista?

Ella siguió con el trapo. Tres pasadas más, cuatro, y luego dejó el cristal en el escurridor con mucho cuidado, como si el cristal pudiera oírnos.

—Ella sabía —dijo—. Escribió como si no. Que es distinto.

—¿Cómo que como si no?

—Léala otra vez.

—La he leído entera esta mañana.

—Pues léala como se leen las cosas, no como las lee usted. —Cogió otro vaso—. Ahí pone «avisarme». En dos sitios pone «avisarme». Y en uno pone «que me lo presenten».

Me quedé en el marco de la puerta con la carpeta debajo del brazo y una sensación muy concreta, muy antigua y muy poco profesional, que en Madrid tengo perfectamente domesticada y que en aquella cocina, con un olor a lejía y a mar, me pilló entera.

Aquella mujer había escrito ciento cuarenta y una instrucciones para una fiesta a la que sabía perfectamente que no iba a ir. Y las había escrito en presente. En primera persona. Con verbos que solo tienen sentido si una piensa estar allí.

Avisarme.

Maruxa fregaba de espaldas. No dijo nada más y no hizo falta, porque yo ya estaba haciendo lo que hago siempre que algo me toca de cerca: convertirlo inmediatamente en trabajo.

Si escribió como si fuera a estar, pensé, es que había algo en esa boda que no quería perderse.

Y si había algo que no quería perderse, ese algo tenía un número en la lista.

Estaba en eso cuando Maruxa, sin dejar de fregar, dijo:

—¿Ha cenado?

—No tengo hambre.

—Hay caldo.

—Maruxa, de verdad que no.

—Hay caldo —repitió, y me puso un plato en la mesa de la cocina, y me senté a comérmelo porque en aquella casa uno no discute con la alacena.

Estaba bueno. Eso fue todo lo que pasó aquella noche.