Capítulo 6
Capítulo
La mesa del comedor de Corbeira es de castaño macizo, mide tres metros y medio y tiene doce sillas, de las cuales aquel jueves usamos cinco. Eso también es información. Cuando una familia de cinco se sienta en una mesa de doce, cada uno elige dónde ponerse, y dónde se pone lo dice todo.
Chelo se sentó en la cabecera. Fernando, a su derecha, que es el sitio del que quiere estar cerca del poder sin ejercerlo.
Clara, en el medio del lado largo, equidistante de los dos, con el móvil boca abajo.
Gabriel, al fondo, con su carpeta y la silla ligeramente retirada de la mesa, que es el asiento universal del que asiste sin participar.
Y yo enfrente de Chelo, en la otra cabecera, porque en mi oficio la geometría es la mitad del trabajo: si te sientas en el lado largo, eres una invitada; si te sientas enfrente del que manda, eres el procedimiento.
—Antes de empezar, tres cosas —dije—. Una: yo no decido nada.
Dos: lo que se diga aquí no sale de aquí, salvo que ustedes autoricen por escrito lo contrario.
Tres: pueden levantarse cuando quieran. Si alguien se levanta, no pasa nada.
Lo que sí pasa es que la conversación se traslada a otro sitio, y el otro sitio son los juzgados de Cambados, que en septiembre tienen ocho meses de retraso y no sirven café.
—A mí el café me da igual —dijo Chelo—. Yo lo que quiero es un número.
—Anotado.
—¿Anotado? Lleva usted aquí cuatro días y lo único que ha hecho es anotar.
—Llevo aquí tres días y medio y es justo lo que estoy cobrando por hacer. —Destapé el bolígrafo—. Consuelo, quiero empezar por usted, y quiero que me diga cuándo empezó este asunto. No cuándo murió su madre. Cuándo empezó.
—En abril.
—No.
—Perdone, ¿usted me va a decir a mí...?
—Le voy a decir que en abril se murió su madre y se abrió el testamento.
Eso es cuando esto salió a la superficie.
Yo quiero saber cuándo empezó. —Dejé el bolígrafo—.
Y se lo pregunto porque llevo doce años en esto y las herencias no empiezan nunca con un testamento.
Empiezan quince o veinte años antes, con algo que en su momento pareció una tontería.
Silencio de castaño.
—El tejado —dijo Chelo.
—¿Qué tejado?
—El de la panda norte. —Se volvió hacia su hermano—. Anda, cuéntaselo tú, que a ti se te da mejor contarlo.
—Chelo, por Dios.
—Cuéntaselo.
Fernando se pasó la mano por la cara.
—En 2009 hubo que cambiar el tejado del ala norte. Costó cuarenta y dos mil euros. Mamá no los tenía y no quiso vender nada, y entonces...
—Entonces los puse yo —dijo Chelo.
—Los pusimos entre los dos.
—Los puse yo, Fernando. Tú pusiste doce mil y una tarde de acompañar al aparejador.
—Yo tenía a los niños en la universidad.
—Y yo tenía un divorcio.
—Un divorcio del que saliste con un piso en Vigo.
—Un piso en Vigo que vendí en 2009. —Chelo se giró hacia mí con una calma perfecta—. Adivine para qué.
Ahí estaba. A los once minutos de sesión. Eso, en una primera sesión, es un lujo.
—De acuerdo. —Escribí en el cuaderno grande, el que ellos ven—. Vamos a poner las fechas en la pared, porque llevan ustedes diecisiete años discutiendo sin ponerlas.
Y así entramos en lo que en mi despacho llamamos el inventario, que es la parte que la gente cree que es terapia y en realidad es contabilidad.
Fuimos hacia atrás. El tejado, 2009. Antes, la comunión de la hija de Fernando en 1998, donde alguien dijo algo en el aperitivo que a estas alturas nadie recordaba pero todos sabían quién había sido.
Antes, el reloj del abuelo Camilo, que en 1994 «desapareció» y en 2011 apareció en casa de Fernando, «porque me lo dio ella», dijo él, y Chelo dijo «ya», con una sola sílaba que valía por catorce años de instrucción.
Y antes, 1987.
—¿Qué pasó en 1987? —pregunté, porque en cada familia hay un año que se nombra sin explicar.
Los dos hermanos se miraron.
—Que se casó ella —dijo Fernando.
—Que me casé yo y mamá no vino a la iglesia —dijo Chelo—. Llegó al banquete. Se sentó, comió, felicitó a mi suegra y a las ocho estaba en el coche de vuelta. A la iglesia no entró.
Dejé el bolígrafo otra vez. Este movimiento no es casual: es lo único que hago para decir «esto es importante» sin decir que es importante.
—¿Y le dijo por qué?
—Nunca. En treinta y nueve años, jamás. —Chelo se ajustó el reloj, que es lo que hace cuando algo le cuesta—.
Y no me venga con que estaba enferma, porque no lo estaba.
Ni con que se llevaba mal con mi marido, porque le encantaba mi marido, hasta el punto de que cuando me divorcié me dijo que era mi culpa.
—Levantó la barbilla—. Mi madre no entró en aquella iglesia y no me dijo por qué, y ahora mi madre me deja esta casa a mi sobrina con una condición que ninguno de nosotros puede tocar.
Así que perdóneme si no me emociono con la mediación.
—No hace falta que se emocione. Solo que se quede sentada.
—Eso lo hago.
Trabajamos hora y media más. Clara habló poco y bien: dijo que ella no había pedido el pazo, que le parecía una barbaridad heredar una casa que su tía llevaba diecisiete años pagando y que estaba dispuesta a firmar lo que hiciera falta. Y ahí Gabriel, desde el fondo, levantó dos dedos.
—No puede firmar nada, Clara. Está prohibido por el propio testamento hasta que se cumpla o se incumpla lo dispuesto.
—¿Y cuándo se sabe eso? —pregunté yo.
—El 12 de septiembre.
—Es decir, que hasta el día de la boda no se puede negociar nada.
—Se puede negociar todo. No se puede firmar nada.
Levanté la vista de la libreta y lo miré un segundo de más.
—Es usted el hombre más incómodo de esta habitación, ¿lo sabe?
—Lo sé, y le agradezco que sea la primera en decírmelo a la cara.
Cerramos a la una y cuarto con dos acuerdos menores —una lista de gastos de conservación desde 2009 y el compromiso de no hablar con tasadores hasta la siguiente sesión— que en su momento me parecieron poca cosa y que resultaron ser todo el capital que teníamos.
Antes de levantarse, Clara pidió la palabra levantando el dedo, como en clase.
—Quiero decir una cosa y que conste.
—Consta lo que usted quiera.
—Yo no me caso aquí por la casa. —Miró a su tía, no a mí—. Nos íbamos a casar en un sitio de Cambados con aparcamiento y bufé. Lo cambiamos en enero porque la abuela nos lo pidió a los dos, sentados en esa silla que ocupa usted ahora, y nos lo pidió de una manera que...
—¿De qué manera?
—Rara. —Se lo pensó de verdad, que en aquella casa era una especie en extinción—. Nos dijo: hacedlo aquí, que quiero verlo.
Fernando se removió.
—Eso lo dice mucha gente mayor.
—Papá, la abuela no decía nada de lo que dice «mucha gente mayor». La abuela decía las cosas una vez y ya. —Clara recogió el móvil de la mesa—. Y en enero ya sabía que no lo iba a ver.
Lo apunté en la columna de la derecha, debajo de lo de los Valdés del pazo.
Aquella columna, que en una primera sesión suele estar vacía, llevaba ya dos entradas en cuatro días.
No significaba nada todavía. Dos entradas en la columna de la derecha no son una hipótesis: son una advertencia de que el expediente tiene más fondo del que te han contratado para tocar.
Chelo recogió las gafas de la mesa y, ya de pie, con la naturalidad de quien pregunta la hora, dijo:
—¿Y usted exactamente de quién es?
—Hoy no toca esa pregunta.
—Es que a mí me lo van a preguntar el domingo en la pedida, delante de los Anguita, y quiero saber qué contesto.
—Conteste la verdad: que soy la mediadora.
—Ya. —Se puso las gafas dentro de casa, lo cual es una declaración de intenciones—. Es que a mi madre le contestaba yo lo que ella quería oír, y mire cómo hemos acabado.
Y ese fue el día en que aquella pregunta dejó de ser de Chelo y pasó a ser de la casa.
En las siete semanas siguientes me la hicieron el cura, el de las flores, dos primos, la mujer del catering, un señor que arreglaba una gotera y una niña de seis años que se llamaba Uxía.
¿Y tú de quién eres? En Madrid esa pregunta no existe.
En Arousela es un saludo, una aduana y una acusación, según quién la haga.
Comí en la casa de los caseros, y a las cuatro subí al salón grande. Fue la primera vez que leí la lista entera.
Habían pasado por allí antes que yo, eso se veía: en el suelo, delante del marco, la cera del castaño estaba más clara en una zona del tamaño de dos personas.
Fernando la había enmarcado para que nadie la tocara, y lo que había conseguido era una peregrinación.
En un pueblo de mil doscientos habitantes, ciento cuarenta y un nombres son un censo moral.
Empecé por arriba. La letra picuda, inclinada, apretada; los números en la izquierda; las anotaciones al margen, en columna, cortas como órdenes de servicio.
17. Ramón Piñeiro y señora — «Que no se siente con su exmujer. Ni con la actual.»
Me reí sola, en un salón vacío, delante de una lista de invitados.
34. Emilio Souto, el del ayuntamiento — «Debe dinero a tres de esta mesa. Sentarlo con los tres.»
Bajé despacio. No eran ocurrencias: era un sistema.
Doña Aurora Seoane no había hecho una lista de invitados.
Había levantado acta de un pueblo entero, con sitio asignado y pena firme.
Cada línea resolvía un conflicto que ella conocía y nadie más había puesto por escrito nunca: quién debía a quién, quién no podía ver a quién, quién iba a llorar, quién iba a beber, quién iba a intentar cantar.
En cuarenta minutos aprendí más sobre Arousela que en cuatro días de preguntar.
Y entonces, en la tercera cara, en el número 96, encontré esto:
96. Gabriel Otero — «Viene solo desde el divorcio. Arreglarlo.»
Leí la anotación tres veces.
—¿Qué tal va? —dijo él desde la puerta.
No me volví enseguida. Me di el tiempo exacto que necesitaba mi cara para no ser una anotación al margen de nadie.
—Va instructiva —dije.
—Es la mejor lectura de la casa. Yo me la sé casi de memoria.
—¿Casi?
—Del todo. —Se acercó y se puso a mi lado, mirando el cristal—. Me la sé del todo. Es que decirlo suena raro.
Ahí tuve, por primera vez desde que llegué, una ventaja limpia sobre aquel hombre: yo sabía que él sabía lo que su clienta había escrito de él, y él no sabía que yo lo había leído.
En negociación esto se llama información asimétrica y es lo único que de verdad se puede acumular.
Decidí guardarla entera, sin gastar ni una moneda, y me sorprendió el poco trabajo que me costó decidirlo.
—¿Todas las anotaciones son así? —pregunté.
—Todas.
—¿Y la gente lo sabe?
—La gente ha subido a leerlas. Aquí no hay Wi-Fi, doña Nora, pero hay pazo. —Señaló el suelo con la barbilla, la cera clara—. Hubo tres semanas de mayo en que esto parecía una capilla. Y le diré una cosa curiosa: nadie se ha enfadado. Ni el del ayuntamiento.
—¿Por qué no?
—Porque todo el mundo aquí sabía que ella los tenía calados. Verlo escrito solo lo confirmó. —Se metió las manos en los bolsillos—. Es más: dos personas vinieron a pedirme copia de su anotación.
Volví al cristal y seguí bajando, cara por cara, línea por línea. Los últimos veinte nombres eran los de fuera: Madrid, Vigo, Santiago, una prima de Buenos Aires que ya no viajaba. Todos con su margen escrito.
El 140 decía:
140. Maribel Ferreiro — «Encantadora. Que no cante.»
Y el 141 era yo, con el margen limpio y la tinta terminada en un punto.
Me quedé delante del marco más rato del que le dedico a nada.
Aquella mujer había sido capaz de escribir, en tres palabras, la verdad social exacta de ciento cuarenta personas.
Sabía quién bebía, quién debía, quién lloraba y quién desafinaba.
Sabía con quién no se podía sentar un divorciado y qué hacer con un abogado que iba solo a todas partes desde 2021.
Tenía ochenta y cinco años, se estaba muriendo y dedicó cuatro tardes de las últimas que le quedaban a colocar a un pueblo entero en una mesa.
De mí, que era la única desconocida de la lista, la única a la que nadie ubicaba, la única cuya presencia habría exigido una explicación de una línea — prima de , hija de , la que ayudó con —, aquella mujer no escribió absolutamente nada.
Y no fue por falta de tinta. La tinta le llegó hasta el punto final.