Capítulo 5
Capítulo
Maruxa me esperaba en la puerta de la casa de los caseros con un manojo de llaves y ninguna intención de disculparse por lo del teléfono.
—Usted.
—Yo. Nora Valdés.
—Ya lo sé. —Me puso las llaves en la mano—. La grande es la de fuera. La pequeña, la de la leña, que no la va a necesitar. La otra no sé de qué es y lleva ahí cuarenta años.
—¿Y esa cuál es? —señalé la cuarta.
—Esa es la del portón de arriba. No suba de noche, que hay un escalón que se lo tengo dicho a todo el mundo y todo el mundo se cae igual.
La casa de los caseros era, contra todo pronóstico, buena: dos habitaciones, cocina nueva, vigas, cal, y una ventana orientada de manera que a las ocho de la mañana el sol entra a la altura exacta de la almohada, cosa que descubrí al día siguiente sin ninguna gratitud.
—Señora Maruxa.
—Maruxa.
—Maruxa. El lunes empiezo a trabajar aquí. Me va a ver mucho.
—Ya me lo han dicho.
—Le voy a hacer una pregunta y le pido que me conteste con un sí o con un no. ¿Usted sabe por qué estoy en esa lista?
Me miró con la calma de quien lleva cincuenta y siete años siendo mirada por gente con prisa.
—¿Sí o no? —insistí.
—¿Usted sube al portón de noche?
—Le he preguntado otra cosa.
—Y yo le he contestado otra cosa —dijo—. Cene algo. Tiene cara de tren.
El lunes 27 subí a la casa grande a las nueve y media y entendí en cuarenta minutos que aquella no era una familia difícil: era una familia con acústica.
En Corbeira, todo lo que se dice en la cocina se oye en el rellano del primero.
Eso, en el catálogo de las herencias, adelanta trabajo y arruina secretos.
Fernando Ansede llegó primero, con una camisa de lino y una cordialidad de anfitrión que llevaba puesta como se lleva una chaqueta prestada.
—Usted será la mediadora. Menudo lío le hemos buscado, ¿eh? —Se rio él solo—. Bueno, lío tampoco. Cosas de familia. Que aquí nos queremos mucho.
—Le tomo nota de las dos cosas.
—¿De qué dos cosas?
—De que no es un lío y de que se quieren mucho.
Se rio otra vez, con menos convicción, y se fue a buscar a su mujer, que apareció con un cuaderno de anillas del tamaño de un salpicadero. Pilar Novoa me dio dos besos, me midió el equipaje profesional en dos segundos y abrió el cuaderno como quien desenfunda.
—Nora, ¿verdad? Mira, para que te sitúes: la boda es el doce, tenemos ciento cuarenta y un confirmados, el catering entra el jueves anterior, la carpa se monta el miércoles porque el jueves llueve, aunque falten siete semanas, yo lo sé, y la coral ha subido el precio.
—Respiró—. Y ahora resulta que igual no hay boda aquí. Así que tú dirás.
—Yo no vengo a la boda.
—Tú vienes a la boda.
—Vengo a la herencia.
—Cariño, en esta casa desde abril es lo mismo.
Y en eso, hay que decirlo, Pilar Novoa tenía toda la razón y lo había visto antes que nadie.
Clara apareció a las diez con una camiseta manchada de barniz y las manos de alguien que trabaja con las manos. Treinta años, tranquila de una manera que llamaba la atención en aquella casa, como una nota sostenida en medio de un ensayo.
—Tú eres Nora. —Se limpió la palma en el vaquero antes de dármela—. Perdona, estaba con una cómoda.
—¿Restauras?
—Muebles, sí. Tengo el taller en el bajo del hórreo, que es donde no molesto. —Y entonces, sin ninguna solemnidad—: Oye, siento mucho el follón de la invitación. Me imagino cómo debe de ser recibir eso.
—¿Tú sabes por qué estoy invitada?
—No.
—¿Y no te parece raro?
Se lo pensó de verdad, que fue lo primero que me gustó de ella.
—Me parece de la abuela —dijo—. A la abuela no se le escapaba nada. Si tú estás, es por algo, y el algo será bueno. —Se encogió de hombros—. Ya sé que dicho así suena a fe. Es que un poco lo es.
Consuelo Ansede Seoane llegó la última, que es una manera de llegar. Sesenta años, lino también, pero de otro precio, y unas gafas de sol que se quitó despacio en el vestíbulo, como quien apaga los faros al entrar en el garaje.
—Así que usted es la solución.
—Yo soy el procedimiento. La solución la ponen ustedes.
—Qué frase. —Sonrió con la boca—. Dígame una cosa, ¿esto lo paga la herencia?
—Lo paga el albacea con cargo al caudal, sí.
—O sea, que lo pago yo. —Dejó las gafas sobre la consola, con cuidado—.
Perdone la franqueza, es que llevo cuatro meses pagando la conservación de una casa que no puedo usar, el seguro de una casa que no puedo usar y ahora a una señora de Madrid para que me explique por qué debo seguir pagando una casa que no puedo usar.
—Es un resumen razonable de mi factura.
Levantó una ceja. Un punto para mí y lo apuntó, que en esa familia era lo raro: los demás no apuntaban.
—¿Y usted de quién es? —dijo entonces.
—¿Perdón?
—Que de quién es usted. De qué familia. Los Valdés de aquí eran del pazo, pero de eso hace mil años y no queda ninguno. —Se ajustó el reloj—. Se lo pregunto porque mi madre la invitó a una boda y yo, mire usted, a mi madre la conocía. No hacía nada por casualidad. Ni siquiera perder al tute.
Ahí, si esto fuera una novela de las que a mí me gustaban de pequeña, yo habría sentido algo. Un aviso. Un tirón.
Lo que sentí fue lo que siento siempre que una parte suelta un dato de más creyendo que está atacando: interés profesional.
Los Valdés de aquí eran del pazo. Lo anoté en la libreta, en la columna de la derecha, que es la de los datos que las partes regalan sin saberlo, y seguí trabajando, porque a las once tenía prevista la primera reunión informativa y porque en aquel momento aquello era, con toda honestidad, una frase sobre unos señores del siglo pasado.
Lo de los apellidos en los pueblos es un ruido de fondo. Todo el mundo es de alguien. Yo era de Madrid, que es lo mismo que ser de nadie.
La reunión de las once no fue una reunión: fue un reconocimiento del terreno con café.
Expliqué qué es una mediación y qué no lo es, que yo no decido, que no informo a nadie de lo que hablo con otro salvo autorización expresa, que el proceso es voluntario y que se puede levantar cualquiera en cualquier momento, cosa que Chelo apuntó con visible alivio.
Acordamos primera sesión formal para el jueves.
Fernando propuso «hacerlo en la comida, que se habla mejor»; le dije que no; Pilar dijo que en la comida no, que el jueves viene el de las flores.
Bosco Anguita llegó al final, cuando yo recogía, con la energía del que ha conducido seis horas desde Madrid y ha decidido que eso le da derecho a caer bien de inmediato.
—¡Tú eres la de la lista! —Me dio dos besos antes de presentarse—. Perdona. Bosco. El novio. Oye, ¿tú entiendes algo?
—Nada.
—Nosotros tampoco. Mira, aquí hay dos teorías. —Levantó los dedos—. Clara dice que la abuela sabía lo que hacía. Y mi suegro dice que a lo mejor eres de Hacienda.
—¿De Hacienda?
—De Hacienda. Yo le he dicho que Hacienda no invita a bodas, pero él dice que ya no se sabe.
—¿Y tú qué teoría tienes?
—Yo tengo hambre. —Se apoyó en el marco de la puerta—. Y una parcela de albariño ahí abajo, media hectárea, abandonada desde los noventa, que si esta casa se vende se la queda un fondo y planta césped. Eso también es una teoría, pero es la mía.
—¿Y le has dicho eso a tu tía política?
—A Chelo no se le dice nada. A Chelo se le espera. —Se irguió—. Bueno, encantado. Pregunta lo que quieras, aquí todo el mundo habla mucho. Menos Maruxa.
Terminamos a la una. Y al recoger, Clara me dijo:
—¿Has visto ya el salón grande?
—No he entrado.
—Entra. Está eso.
Eso.
El salón grande de Corbeira tiene tres balcones a la galería, un suelo de castaño que cruje en un sitio concreto y muy poco mobiliario, porque los pazos que se conservan de verdad se conservan vacíos. En la pared del fondo, entre dos ventanas, había un marco.
No un cuadro. Un marco de madera oscura, sencillo, con cristal, del tipo que se usa para las orlas y los diplomas.
Dentro había cuatro folios cuadriculados, escritos a mano por las dos caras, sujetos con pinzas de latón para que se leyeran los cuatro a la vez.
Me acerqué.
La letra era la misma del pliego de la notaría: picuda, inclinada, tinta azul.
Cientos de nombres en columna, numerados, con una anotación al margen de casi todos.
Anotaciones cortas. Órdenes, más bien: alguna con un verbo en infinitivo, alguna con un punto en medio, todas escritas con esa economía de la gente que no espera que le pidan explicaciones.
Estaba enmarcada. Una lista de invitados de una boda, enmarcada en la pared del salón principal como si fuera un título universitario o el árbol genealógico de la casa.
Fui bajando. No leí ninguna entera: no era el momento, había gente al lado y yo estaba trabajando. Pero uno lee lo que el ojo pilla, y el ojo pilla los números.
Ciento cuarenta y uno.
En el 141, la última línea de la última cara, con la misma tinta y la misma letra:
Nora Valdés
Y a la derecha, donde todos los demás tenían dos líneas de instrucciones, el papel cuadriculado, en blanco, del ancho exacto de un margen.
—Ahí lleva desde mayo —dijo Chelo detrás de mí, y no la había oído entrar—.
La mandó enmarcar mi hermano. Para que nadie la toque, dice él.
—Se puso a mi lado, con el café en la mano, mirando la pared como se mira una factura—.
Total, tampoco se puede tocar. Está protocolizada, la lista.
Y el sobre ese que guarda el abogado. Y todo lo demás.
Me volví.
—¿Qué sobre?
Chelo me miró por encima de la taza, y en su cara pasó algo rapidísimo: la sombra de haber dicho una palabra de más delante de la única persona de la casa que cobraba por escuchar.
—Nada —dijo—. Cosas de mi madre.
Y se fue al comedor, con los tacones sonando sobre el castaño, justo por la parte que cruje.