La invitada 141 Capítulo 4
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Capítulo 4

Capítulo

Acepté ir a Pontevedra a hablarlo, que no es lo mismo que aceptar. Es una distinción que la gente no respeta y que a mí me da de comer: casi todos los conflictos familiares que llegan a mi mesa empezaron porque alguien fue a hablarlo y el otro entendió que ya estaba hablado.

El despacho de Otero estaba en un primero de la calle Michelena, sobre una óptica, con dos mesas, una becaria que se marchó a las once por vacaciones y un archivador metálico de los años ochenta que alguien había intentado disimular con una planta.

Nada aspiracional. Un hombre que ganaba lo suficiente y no se molestaba en aparentar que ganaba más, lo cual, en mi catálogo, puntúa.

Sobre la mesa había preparado tres carpetas alineadas con precisión de quirófano.

—Ha ordenado usted el escritorio para mí —dije al sentarme.

—He ordenado el escritorio porque venía una reunión.

—Ha ordenado el escritorio dos veces. Se ve por la marca del polvo.

Miró la mesa. Efectivamente, había marca.

—¿Empezamos ya o le doy un poco de ventaja? —dijo.

—Empezamos ya. Es más barato para los dos.

Fue una buena reunión. Lo digo sin ironía, que en mí es casi un elogio técnico.

Expuso el asunto con orden y sin adornarlo: tres herederos —Consuelo, la mayor, que quería vender; Fernando, el segundo, que no quería nada que exigiera decidir; y una nieta, Clara, que heredaba el pazo en unas condiciones que él llamó «específicas» y sobre las que pasó de largo con la agilidad de un hombre que ya ha calculado por dónde no se puede pisar—; una boda el 12 de septiembre en ese mismo pazo; siete semanas; y una familia que llevaba desde abril comunicándose a través de un abogado, que es la fase inmediatamente anterior a comunicarse a través de un juzgado.

—Lo que necesito —terminó— es que alguien los siente a los tres en la misma mesa antes de septiembre. Yo no puedo. Yo soy parte.

—Usted es albacea. Es neutral.

—Yo soy el hombre que les lee a diario lo que su madre dispuso. Eso, en una familia, no es neutral. Es la voz de la difunta con corbata.

Apunté esa frase. Todavía la tengo apuntada.

—Bien. Condiciones. —Saqué la libreta—. Mis honorarios son ciento veinte la hora, más desplazamiento, más informe. Para un encargo de un mes, con disponibilidad, trabajo con una iguala. Le voy a decir la cifra y usted va a poner cara de que es mucho.

—Adelante.

Se la dije. Puso la cara.

—Es mucho.

—Es lo que cuesta. Y voy a cobrarla igual si esto termina en acuerdo que si termina en juzgado, porque yo no cobro resultados: cobro método. Si le prometen resultados, desconfíe.

—Puedo llegar hasta ahí si el informe final incluye una propuesta de reparto valorada.

—El informe final incluirá lo que las partes acuerden.

Si no acuerdan nada, incluirá que no acordaron nada, y le costará lo mismo.

—Anoté—. Y una cosa más. Yo no represento a nadie.

No soy la abogada de la familia, no soy su ayudante y no soy la señora que ha venido a convencer a la tía Consuelo.

Si alguien de esa casa espera de mí que empuje en su dirección, se lo va a encontrar por escrito en la primera sesión.

—Doña Aurora habría firmado eso encantada.

—Doña Aurora no me contrata. Me contrata usted.

—Doña Aurora me contrató a mí en 2011 y todavía no me ha soltado. —Lo dijo sin ninguna épica, ordenando la carpeta que no lo necesitaba—. Ya llegará usted a esa fase.

—¿Cómo era?

La pregunta se me escapó, que es algo que a mí no me pasa. Él tardó en contestar, y no por táctica.

—Vino a este despacho en 2011 por un pleito de lindes con un vecino.

Diez metros de muro. Yo tenía veintiséis años y era el único abogado de Pontevedra que le cobraba menos que el suyo de toda la vida, que era lo que ella andaba buscando, porque el suyo de toda la vida le había dicho que no había pleito.

—Se apoyó en el respaldo—. Ganamos. Y a partir de ahí me llamaba los martes.

Los martes, entre las siete y las ocho. Dieciséis años de martes.

—¿Para qué?

—Para consultarme cosas que no eran consultas.

Si le convenía cambiar de banco. Si un sobrino segundo se estaba aprovechando de la madre.

Si tenía que ir o no a un funeral. —Alineó la carpeta por última vez—.

Yo le facturaba una hora al trimestre y las dos partes sabíamos que era una ficción contable.

—Eso no se le hace a un abogado.

—Eso se le hace a un abogado joven que come poco y vive solo —dijo—. Y funciona.

Firmamos el encargo antes de comer. Alojamiento en la casa de los caseros, dentro de la finca, «recién arreglada», que en gallego administrativo puede significar cualquier cosa entre un hotel rural y un cobertizo con enchufes.

Inicio efectivo el lunes 27. Y entonces, con el bolígrafo todavía en la mano, hice la única pregunta que de verdad había ido a hacer.

—Última cuestión, y es la importante. ¿Sabe la familia que estoy en la lista?

—Lo saben.

—¿Y saben quién soy?

—Saben lo mismo que usted.

—Es decir, nada.

—Es decir, nada.

Dejé el bolígrafo sobre el contrato firmado.

—Señor Otero, vamos a ahorrarnos siete semanas de teatro.

Usted me contrata porque necesita una mediadora, eso me lo creo, el expediente es real y el problema también.

Y me contrata también porque así me tiene dentro de la finca, a mano y de buen humor, hasta el 12 de septiembre.

Las dos cosas son verdad a la vez. No me molesta. Se lo digo para que sepa que lo sé.

Él tenía las manos sobre la mesa. No las movió, y no moverlas le costó un esfuerzo que se le vio.

—Y usted acepta —dijo despacio— porque le pago bien y porque agosto es un mes muerto. Y también porque se va a pasar cuatro semanas metiendo la nariz en los papeles de una señora que la invitó a su boda sin conocerla. Las dos cosas son verdad a la vez.

—Correcto.

—Muy bien.

—Muy bien.

Nos quedamos así un momento, cada uno con su mitad de la verdad encima de la mesa, sin recogerla ninguno.

En mediación esto tiene nombre: acuerdo de reconocimiento previo.

Es el momento en que las dos partes admiten sus intereses reales y, a partir de ahí, pueden negociar como personas adultas en lugar de mentirse durante meses.

Lo que no dice el manual es que también es lo más parecido a un flirteo que se puede hacer con un contrato de por medio.

—Una advertencia —añadió, y se levantó a por la chaqueta—. En esa casa va a preguntarle todo el mundo quién es usted. Todo el mundo, doña Nora. Y yo no puedo decirlo.

—¿Y qué digo yo?

—La verdad. Que no lo sabe.

—Eso en una familia española no lo cree nadie.

—Ya. —Abrió la puerta—. Bienvenida.

Me llevó él, porque el coche de alquiler lo tenía hasta el domingo y porque, dijo, la casa de los caseros era difícil de encontrar.

Media hora larga hacia la ría, por una carretera que se estrecha en cuanto huele el agua.

Julio en Galicia no es julio: la luz llega más tarde y se queda más rato, y a las siete de la tarde todavía tiene esa calidad de cosa recién lavada.

En el coche hablamos poco y bien, que es la mejor combinación posible con un desconocido.

—¿Le puedo preguntar por su divorcio? —dije, a la altura de Vilanova.

—¿Cómo sabe usted que estoy divorciado?

—Anillo no. Marca de anillo no, que a los cinco años ya no queda.

Un hombre de cuarenta y uno que trabaja en agosto, que conduce con el asiento en la posición de un solo conductor y que tiene en la guantera un cargador de móvil de un modelo que ya no fabrican.

—Me encogí de hombros—. Y ha metido usted la mano ahí dos veces sin necesitarlo.

—Eso último no significa nada.

—Eso último significa que tiene la costumbre de comprobar si hay algo que ya no está. —Bajé la ventanilla—. Se lo he preguntado, además, con toda la educación. Podía haber dicho que no.

—Sonia. 2021. Muy cordial, muy aburrido y muy bien llevado por los dos, que es lo peor que se puede decir de un divorcio. —Cambió de marcha—. Ahora usted.

—Yo no me he divorciado.

—Ya lo sé. Usted no lleva marca de nada. Le toca otra cosa.

—Le toca a usted preguntar.

—No pregunto —dijo—. Yo soy de los que esperan. Es más lento y sale mejor.

Y ahí, que conste en acta, gané yo por puntos y perdí la partida larga, aunque tardé seis semanas en darme cuenta.

Arousela son cuatro calles, una lonja, un cruceiro, una taberna con las mesas fuera y ese tráfico peatonal de agosto que consiste en gente parada delante de otra gente parada. Al pasar por delante de la taberna, dos señoras mayores levantaron la cabeza a la vez, exactamente a la vez, como pájaros.

—¿Eso pasa siempre? —pregunté.

—Eso pasa hasta que sepan quién es usted. Luego pasará más.

El pazo estaba a un kilómetro del pueblo, subiendo.

Un muro largo de piedra, una cancela abierta —abierta, no forzada: abierta desde hacía décadas— y un camino de castaños que hacía ese túnel verde que en las fotos de las inmobiliarias sale siempre y en la realidad, la primera vez, hay que reconocer que impresiona.

Corbeira apareció al final: dos plantas de piedra, hórreo a la izquierda, una galería blanca corrida en toda la fachada principal, y detrás, más abajo, un trozo de ría del color exacto del interior de una concha.

—Vaya —dije, porque no había nada más profesional que decir.

—Ya.

—¿Cuánto cuesta mantener esto?

—Esa es la conversación de todo el verano y acaba usted de resumirla en cinco palabras. —Aparcó junto al hórreo—. La casa de los caseros es aquella. Le he dejado las llaves con Maruxa.

—¿Maruxa es la señora que me colgó el teléfono?

—Maruxa es la señora que le colgó el teléfono, sí.

—¿Y cuál es su cargo exactamente?

Gabriel apagó el motor y se tomó su tiempo.

—Oficialmente, ama de llaves desde 1969.

—¿Y extraoficialmente?

—Extraoficialmente, Maruxa es esta casa. Doña Aurora la nombró en el testamento antes que a sus hijos.

Bajé del coche. Olía a hierba caliente, a mar de fondo y a algo dulce que tardé dos días en identificar como higuera.

Tenía en el bolso un contrato firmado, un dedal que no era mío y una invitación a mi nombre, y delante una casa de gente que no conocía, en un pueblo en el que no había estado nunca, del que mi abuela —que me crio media vida, que me enseñó a coser, que hablaba de todo— no me habló jamás.

Fue entonces cuando la vi.

En la galería del piso de arriba, detrás del cristal, una mujer mayor con una rebeca abrochada en pleno julio.

No se apartó cuando levanté la cabeza. No hizo el gesto que hace la gente cuando la pillan mirando, ese medio paso atrás con excusa incorporada.

Se quedó exactamente donde estaba, con las manos por delante, mirándome bajar del coche con una atención que no era curiosidad.

Era comprobación.

Como quien confirma un dato que ya tenía.