Capítulo 11
Capítulo
La segunda sesión empezó con una carpeta nueva encima de la mesa y con Chelo mirándome como quien pone una carta boca arriba y espera que la mesa reaccione.
—He pedido una valoración —dijo, antes de que yo abriera el cuaderno.
—Acordamos no hablar con tasadores hasta hoy.
—Y hoy es hoy. —Se ajustó el reloj—. Y no he hablado con un tasador. He pedido una valoración orientativa a un amigo de una inmobiliaria de Vilagarcía, que es distinto, y no ha entrado en la finca, así que no he incumplido nada.
—No ha incumplido la letra.
—La letra es lo único que se puede incumplir, señora Valdés. Lo demás son sentimientos.
Aquello, dicho por ella, tenía la virtud de ser lo mismo que yo llevaba doce años intentando explicarle a la gente al revés.
—Muy bien. Dígame la cifra.
—Uno coma cuatro.
Fernando dejó el bolígrafo.
—¿Millones?
—No, hombre, uno coma cuatro sandías. —Chelo abrió la carpeta—.
Con la casa como está, sin restaurar, con el ala este cerrada y la instalación eléctrica de 1978.
Un fondo lo compra mañana y lo convierte en hotel, y hay dos que ya han preguntado en el pueblo, o sea que la información existe y no la he inventado yo.
—¿Cuándo han preguntado? —dije.
—En mayo.
Lo anoté con la fecha, porque en mayo doña Aurora llevaba tres semanas muerta y ya había gente midiendo el tejado que ella pagó a medias con su hija.
Trabajamos dos horas. Y hay que decir una cosa a favor de Consuelo Ansede Seoane: la mujer venía preparada.
Traía el gasto de conservación acumulado desde 2009 —ciento nueve mil euros, de los cuales setenta y ocho puestos por ella—, traía el recibo del seguro, traía las tres derramas del muro y traía, esto fue lo mejor, una lista escrita a mano de las veintidós veces que había subido desde Vigo a abrir la casa por una gotera, un aviso o una inspección, con fechas.
Escrita a mano. La hija de su madre.
—Consuelo, quiero preguntarle una cosa y no es una trampa.
—Todas las suyas lo son, pero adelante.
—Si mañana su sobrina heredara el pazo limpiamente y usted cobrara su parte en dinero, ¿estaría satisfecha?
Tardó. Fue la primera vez que la vi tardar.
—Estaría aliviada —dijo—. Que no es lo mismo.
—¿Y qué le faltaría para estar satisfecha?
—Eso no me lo puede dar usted.
—Ya lo sé. Por eso se lo pregunto: para saber qué es lo que estamos negociando de verdad, que nunca es lo que pone en el orden del día.
—Fernando —dije, antes de que Chelo contestara—. Lleva usted dos sesiones sin decir nada que no sea para calmar a alguien.
—Es que yo no tengo problema con nada.
—Ese es su problema.
Levantó la cabeza.
—¿Perdone?
—En una mesa de tres, cuando dos discuten y el tercero no quiere nada, el tercero acaba decidiéndolo todo por omisión.
—Le puse delante el listado de gastos—. Su hermana ha traído once páginas.
Usted no ha traído nada en dos semanas. Y no es porque no le importe: es porque si trae papeles tendrá que tener una posición, y si tiene una posición se enfadará alguien.
—Yo no quiero que se venda la casa.
—Dígalo mirándola a ella.
Fernando Ansede se removió en la silla como un hombre al que le hubieran quitado una manta.
—No quiero que se venda la casa —dijo, hacia el mantel.
—A ella.
—Chelo, no quiero que se venda la casa.
—Ya lo sé —dijo Chelo.
—Y sé que la has pagado tú.
—Eso no lo habías dicho nunca.
—Lo he dicho muchas veces.
—Lo has pensado muchas veces, Fernando. Que no es lo mismo. —Y se le movió algo en la voz, un cuarto de tono, y volvió enseguida a su sitio—. Bueno. Ya está dicho. Sigamos.
Escribí en el cuaderno grande, el que ellos ven: reconocido el gasto de C. por F., 12.19 . Y en voz alta:
—Eso que acaba de pasar es lo que en mi profesión vale dinero. Lo demás es papeleo.
Chelo cerró la carpeta despacio. Miró a su hermano. Miró a Clara, que no había abierto la boca. Y luego dijo, con una voz completamente distinta, como si la hubiera tenido guardada en otro sitio:
—Que alguien me explique por qué mi madre no entró en aquella iglesia.
—Chelo —dijo Fernando.
—Es que ya está, Fernando. Ya está. —No levantó la voz ni un punto—.
Yo llevo desde el ochenta y siete comportándome como si aquello no hubiera pasado, y aquello pasó, y ahora se muere y me deja la casa a mi sobrina con una condición ridícula y otra vez sin explicar nada.
Y todo el mundo aquí sentado tan tranquilo, porque en esta familia lo que no se explica es de mala educación preguntarlo.
Nadie dijo nada.
Y en ese momento, desde el fondo de la mesa, en la silla retirada, Gabriel Otero hizo lo peor que puede hacer un abogado, que es intentar consolar.
—Consuelo, su madre no dispuso esto contra usted. Lo dispuso porque necesitaba asegurar el cumplimiento de una condición que no podía dejar al criterio de nadie, y créame que le dio muchas vueltas: estuvo dos horas en la notaría con esa cláusula, y no era por el dinero, era por...
Y se paró.
Se paró en seco, en mitad de una frase, con toda la mesa mirándolo. Un hombre que lleva dieciséis años ejerciendo y sabe perfectamente en qué punto exacto de una frase se ha caído por un sitio del que no se sale.
—...por lo que dispuso —terminó.
Silencio de castaño.
—Muy bonito —dijo Chelo.
—Es todo lo que puedo decir.
—Es más de lo que ha dicho en tres meses.
Yo no dije nada. Escribí en el cuaderno pequeño, el que ellos no ven, dos palabras y una hora: «no era por el dinero» — 12.41.
Cerramos a la una y media con un acuerdo real, el primero: Chelo aceptaba no mover la valoración hasta el 12 de septiembre a cambio de que la familia reconociera por escrito, en el acta, la cuantía de sus aportaciones desde 2009.
Eso, que suena a nada, era lo que ella llevaba diecisiete años pidiendo sin saber pedirlo: no dinero. Papel. Que constara.
Firmaron los tres. Y cuando Chelo salía, se paró en la puerta y me dijo, sin volverse del todo:
—A esto es a lo que se dedica usted.
—A esto.
—Pues no está mal. —Y se fue, que en Consuelo Ansede equivalía a un abrazo.
Salí a la galería a las dos, con el sol de agosto ya de plano sobre las bateas y una calma provisional en el cuerpo, esa que dan las mañanas en que el trabajo ha salido bien.
Gabriel estaba de pie junto a la barandilla, con la chaqueta al hombro y la carpeta bajo el brazo, mirando la ría con cara de estar reproduciendo una frase por dentro.
—Ha hablado usted de más —dije.
—Ya lo sé.
—Y lo sabía mientras lo hacía.
—También.
—¿Y por qué lo ha hecho?
—Porque esa mujer llevaba treinta y nueve años esperando una explicación y yo tengo una en el bolsillo. —Se apoyó en la barandilla—. Y no se la puedo dar. Así que le he dado un cuarto, que es lo peor que se le puede hacer a nadie.
—Sí.
—Gracias por la comprensión.
—No es comprensión. Es un diagnóstico. —Me apoyé también, a dos metros—. Se lo digo porque en esta casa hay una diferencia importante entre lo que usted cree que está haciendo y lo que está haciendo. Usted cree que está guardando un secreto. Lo que está haciendo es repartir trozos.
—¿Y eso es peor?
—Es infinitamente peor. Un secreto entero se soporta. Un secreto en trozos convierte a todo el mundo en detective, y a los detectives no se les quiere.
—Lo tendré en cuenta.
—No lo tendrá.
—No —admitió—. No lo tendré.
Nos quedamos ahí un rato, mirando el agua, sin hablar, y no fue incómodo, que a esas alturas ya era un dato en sí mismo.
—¿Le puedo preguntar una cosa que no tiene nada que ver? —dije.
—Es mi frase favorita de las suyas.
—El divorcio. Dijo usted que fue muy cordial y muy bien llevado por los dos. ¿Cuánto tardaron?
—Catorce meses.
—Eso es larguísimo para un divorcio cordial.
—Es que fue cordial de una manera muy laboriosa. —Cambió de postura—. Yo redacté el convenio regulador. Es mi trabajo, no íbamos a pagarle a otro. Se lo mandé a Sonia un domingo por la tarde y me lo devolvió el martes con control de cambios.
Levanté la cabeza.
—¿Con qué?
—Con control de cambios. Comentarios al margen. Ciento nueve.
—¿Ciento nueve comentarios en su propio divorcio?
—Ciento nueve, sí. La mayoría de redacción.
—Lo estaba contando completamente en serio, con las manos, como se cuenta un caso—.
Y algunos eran buenos, eso hay que reconocerlo.
Yo había puesto «el uso de la vivienda familiar» y ella señaló que técnicamente no era familiar, que familiar implica hijos, y tenía razón. Y me lo puso en amarillo.
—¿En amarillo?
—Los cambios de fondo en amarillo, los de forma en verde. —Contó con los dedos—. Estuvimos cinco semanas con tres versiones. La versión buena era la 7, pero yo tenía guardada la 6 con una cláusula de la 4.
Y ahí me eché a reír.
Me reí de verdad, con la cabeza hacia atrás, en la galería de una casa ajena, un miércoles a las dos y cuarto de la tarde, y estuve riéndome un rato largo, de esos en que una intenta parar y le da otra vez.
—¿Qué pasa? —dijo él.
—Que se divorciaron ustedes por control de cambios.
—Nos divorciamos con control de cambios.
—¡Es peor así! —Me sequé el ojo con el dorso de la mano—. Perdone. Perdóneme. Es que llevo doce años sentando a gente en una mesa para que se hable, y usted y su mujer se dijeron todo lo que tenían que decirse en amarillo y en verde durante catorce meses.
—Visto así...
—Es que no hay otra manera de verlo.
—Bueno. —Y entonces se rio él también, tarde, como quien acaba de oírse desde fuera—. Bueno, pues sí. Puede que sí.
Y aquello duró lo que duran esas cosas, que es poco: treinta segundos de dos personas riéndose de lo mismo en una barandilla.
—¿Puedo hacerle yo una ahora? —dijo él, cuando se nos pasó.
—Adelante.
—¿Por qué mediación?
—Porque paga bien y en España la gente se pelea mucho.
—Eso es la respuesta de la web.
—Es que tengo web.
—Ya la he visto. —Se apoyó en la barandilla, mirando la ría—. «Doce años ayudando a las familias a hablarse.» Fondo blanco. Una foto suya con chaqueta gris.
—¿Usted me ha buscado en internet?
—El 5 de mayo —dijo—. Con el testamento encima de la mesa y su nombre en una lista. Claro que la busqué. Lo primero que sale es la web y lo segundo un artículo suyo sobre empresa familiar en una revista del colegio de abogados que, permítame, es bastante mejor que la web.
—Ese artículo lo leyeron cuatro personas.
—Cinco.
Me tuve que dar la vuelta hacia el mar, porque tengo cuarenta y siete años de práctica en no poner cara de nada y aquella tarde llevaba una racha mala.
—Vale —dije—. La respuesta de verdad. Mi madre y mi abuela llevaban toda la vida sin hablarse bien, y yo crecí en medio, traduciendo. Lo que decía una y lo que quería decir. Y luego resulta que eso es un oficio y que hay gente que lo paga.
—¿Y con ellas funcionó?
—No.
—¿Nunca?
—Ni una sola vez en cuarenta años. —Bebí el café que ya estaba frío—. Le va a parecer raro, pero es bastante común. Los cirujanos no se operan.
Gabriel se quedó un rato con eso.
—A mí me pasa lo mismo con los testamentos —dijo—.
Yo redacto cuatro o cinco al mes. Le explico a la gente que hay que dejarlo todo escrito, que la mitad de los pleitos que llevo son por cosas que alguien no dijo a tiempo, que un testamento bien hecho es lo más generoso que se puede hacer por los que quedan.
—¿Y usted no tiene.
—Yo no tengo.
—¿Ninguno?
—Ninguno, doña Nora. Cuarenta y un años, divorciado, sin hijos, con un piso en Pontevedra y una plaza de garaje. —Se encogió de hombros—. Y no es por dejadez. Es que para hacer testamento hay que decidir a quién le importa lo tuyo, y esa es una pregunta que yo prefiero no contestar por escrito.
Se quedó ahí, con las dos manos en la barandilla, un poco sorprendido de haberlo dicho.
—Bueno —añadió—. Eso tampoco debería habérselo contado.
—No —dije—. Eso sí.
Y no dije nada más, porque a veces lo más profesional que se puede hacer es no rellenar un silencio ajeno.
Lo apunto porque a partir de aquel miércoles algo cambió de sitio y no fue ninguna de las cosas que yo estaba vigilando.
Yo tenía controlado el expediente. Tenía controlada la lista, las fotos, las fechas, los trozos que aquel hombre iba repartiendo por la casa como quien deja migas. Tenía tres columnas y un método.
Lo que no tenía controlado —y esto lo escribo con la misma frialdad con la que redacto un acta, porque es lo único que me queda— es que a mí, desde marzo de 2023, nadie me hacía reír así.