La Intérprete LA DESPEDIDA
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LA DESPEDIDA

Allí estaba. Vacía. Oscura. Tal como la recordaba.

Habían pasado años. Y, sin embargo, cada rincón seguía intacto en mi memoria.

La fiesta. El micrófono escondido. El socio del este que dudó y luego confió en mí. El momento en que Elías me observó por primera vez con respeto real. Las miradas de todos hacia él.

El Halcón.

El hombre al que todos temían.

Incluso yo.

Recordé su forma de mirarme en silencio cuando empezaba a negociar. Cómo medía mis palabras. Cómo sentía su presencia detrás de mí, como una sombra poderosa.

Sin detenerme más, crucé la casa hasta la salida trasera.

Bajé las escaleras lentamente.

El embarcadero.

El mismo.

Por un instante lo vi allí. Apoyado en la barandilla. Esperándome. Como aquella madrugada después de la fiesta. Como aquella noche en la que me citó para ver el amanecer.

Pero no había nadie.

Solo el mar.

La lancha estaba preparada, tal como estaba previsto.

Subí. Coloqué la chaqueta con cuidado en el asiento. Me aseguré de que el colgante y el anillo estuvieran en el bolsillo.

Arranqué el motor.

El mar estaba ligeramente agitado. El viento levantaba pequeñas crestas blancas que golpeaban el casco. Avancé hasta Punta Sur y apagué el motor.

Silencio.

Solo el mar respirando.

El frío me recorrió los brazos. Tomé la chaqueta y me la puse. El olor.

Su olor.

Cerré los ojos.

Recordé cuando me la colocó sobre los hombros aquella madrugada. Cuando todavía no sabíamos lo que éramos. Cuando la tensión entre nosotros era un hilo eléctrico que ninguno se atrevía a romper.

Saqué el colgante.

Después el anillo.

Los sostuve en la palma de mi mano mientras el horizonte comenzaba a iluminarse.

Los primeros rayos de sol en territorio mexicano nacían en Punta Sur.

Siempre.

El cielo empezó a abrirse en tonos dorados y rosados. El mar reflejaba la luz como si estuviera hecho de cristal líquido.

Por un segundo fugaz, volví a verlo. Esta vez sentado frente a mí en la lancha. Mirándome. Sonriendo apenas. Ajustándome la chaqueta porque decía que tenía frío. Esa mirada intensa. Ese silencio cargado de todo lo que aún no habíamos dicho.

Ahí fue.

Ahí fue donde me enamoré de ti, Elías .

Las lágrimas empezaron a caer sin que pudiera detenerlas.

Me quité la chaqueta con cuidado y la dejé doblada sobre el asiento de nuevo.

Sostuve el colgante.

Luego el anillo.

—Aquí fue donde me enamoré de ti.

Miré al horizonte.

El sol emergía completamente del mar.

Con una intensa angustia apretándome la garganta, pronuncié mis últimas palabras en aquella isla: —Adiós, Halcón… hasta siempre.

Lancé el colgante.

Después el anillo.

Desaparecieron bajo la superficie en un instante.

Respiré.

Arranqué la lancha.

Y volví hacia el embarcadero mientras el sol terminaba de nacer a mi espalda.