La Intérprete SOFÍA
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SOFÍA

La lancha golpeó suavemente contra el embarcadero.

Apagué el motor con un nudo en el estómago tan denso que apenas podía respirar. Durante unos segundos me quedé sentada, mirando el agua moverse bajo mis pies, como si todavía esperara ver emerger algo desde el fondo.

Pero no emergió nada.

Amarré la cuerda con manos firmes, aunque por dentro todo temblaba.

Subí las escaleras del embarcadero despacio. Cada peldaño crujía bajo mis pasos como si la casa entera supiera que era la última vez.

Entré.

Vacía.

El silencio era distinto ahora. Más definitivo.

Recorrí el salón con la mirada. Las ventanas abiertas dejaban entrar el primer hilo de luz del amanecer. Toqué el respaldo de una silla. La encimera de la cocina. El marco de la puerta donde una vez me apoyé sin saber que estaba cambiando mi destino.

Suspiré.

—Adiós.

Salí por la otra puerta, la que daba hacia la cala tranquila, donde el mar se volvía casi laguna. Allí, inmóvil sobre el agua todavía gris del amanecer, me esperaba el hidroavión.

Todo estaba saliendo tal y como había previsto.

Me detuve un momento y miré atrás. La casa. El embarcadero. El horizonte donde minutos antes me había despedido de él.

Miré al cielo.

Y caminé hacia el hidroavión.

Subí por el flotador izquierdo, abrí la puerta y me acomodé en el asiento del piloto. Cerré con firmeza. El interior olía a metal, a combustible y a sal.

Me coloqué los auriculares.

Manos en los mandos.

Respiré.

Lista de chequeo.

Interruptor maestro: on . Batería activada. Bombas de combustible: encendidas. Mezcla rica. Palanca de gases ligeramente adelantada.

Giré la llave.

El motor tosió una vez. Dos. Y luego la hélice cobró vida con un rugido creciente. La vibración atravesó el fuselaje y subió por mis brazos hasta el pecho.

—Suave… —escuché su voz en mi memoria—. No fuerces el arranque.

Ajusté las revoluciones. Comprobé presión de aceite. Temperatura. Instrumentos en verde.

Liberé freno de amarre.

Deslicé el hidroavión lentamente sobre el agua. El casco cortaba la superficie con un sonido hueco y rítmico.

Alineé hacia mar abierto.

Gases progresivos.

El motor respondió. La hélice levantó una cortina de agua detrás de mí. El avión empezó a planear más rápido sobre la superficie.

—No mires el agua, mira el horizonte.

Sonreí, nerviosa.

Tiré suavemente de la palanca.

Sentí el momento exacto en que dejé de tocar el mar.

Despegué.

Isla Mujeres comenzó a hacerse pequeña bajo mis pies. La costa mexicana se extendía como una línea dorada bañada por los primeros rayos del sol.

Volé en línea recta hacia el oeste.

Aquel territorio me había dado todo.

El amor. La traición. La pérdida de mi familia. El poder. El miedo. La fuerza.

Allí me convertí en alguien temida.

Allí me enamoré.

Allí aprendí a sobrevivir.

Y allí me despedí.

El océano se abrió ante mí. Infinito. Azul profundo.

Solo agua y cielo.

Solo yo.

Miré el panel.

GPS activo. Transpondedor emitiendo. Señal limpia.

Respiré hondo.

Ahora es el momento.

Desactivé el transpondedor.

Apagué el GPS principal.

Silencio electrónico.

Nadie podía seguir mi rastro.

Saqué la brújula auxiliar. Ajusté rumbo manual.

—Confía en el horizonte, no en las pantallas —me había dicho alguna vez.

Ajusté potencia de crucero.

El hidroavión se estabilizó.

Volé durante minutos que parecieron horas. El mar debajo era un espejo interminable. El cielo comenzaba a aclararse por completo.

Pensé en Miami. En el imperio construido. En Thiago. En la pasión. En la traición.

Pensé en Colombia. En los disparos. En el beso de despedida con Dan.

Pensé en Lorenzo. En su taller.

En su mirada. En la vida sencilla que me devolvió la sonrisa.

Pensé en Elías. En su sombra vigilante. En su olor. En el amor que nunca dejó de existir.

Había dejado atrás al Halcón. A Lorenzo. A Santini. Al imperio.

Todo lo que alguna vez me definió.

Pero en ese vacío no había miedo. Había claridad.

No huía. Elegía.

No era una esposa. No era una amante. No era una estratega. No era un símbolo. No era un mito.

Era yo.

Apreté el mando con firmeza. Sentí el control en mis manos.

El plan estaba en marcha. El plan definitivo.

Todo había empezado con una maleta. Una maleta cuyo contenido ni siquiera elegí.

Y ahora todo terminaba de otra manera. El destino ya no lo escribían otros. El camino era mío. Y yo elegía qué llevar conmigo.

El sol terminó de elevarse detrás de mí. El océano seguía infinito. Y yo seguía volando.

Sola. Libre.

Y por fin, ese día, dejé de ser la Intérprete.

Y volví a ser Sofía.

FIN