DONDE EMPEZÓ TODO
El jet descendió suavemente sobre la pista privada de Isla Mujeres cuando el cielo empezaba a teñirse de naranja. El aterrizaje fue limpio, casi silencioso.
Miré por la ventanilla y sentí ese leve golpe en el pecho que solo provocaban los lugares donde una parte de tu vida se quedó suspendida.
El piloto apagó los motores y se giró hacia mí.
—Señora, ya está todo listo. El hidroavión la espera tal y como indicó.
Asentí despacio.
—De acuerdo. Gracias.
Dudó un segundo antes de añadir:
—¿Está segura de que no quiere que la acompañe?
Lo miré con una serenidad que me había costado años construir.
—Estoy segura.
—Como usted quiera.
Sonreí apenas.
—Esto tengo que hacerlo sola.
Se levantó y abrió la puerta. Antes de bajar, me detuve frente a él.
—Gracias por todos estos años. Por su lealtad. Por saber cuándo no preguntar.
El hombre inclinó la cabeza, emocionado.
—Ha sido un honor, señora. Un verdadero honor. ¿Necesita algo más de mí?
—No. Ya está todo. A partir de ahora… puedo hacerlo yo sola.
—A sus órdenes, señora.
Nos dimos un abrazo breve, contenido. Profesional. Sincero.
Bajé las escalerillas del avión despacio.
El aire de Isla Mujeres me golpeó el rostro con esa mezcla inconfundible de sal, calor húmedo y vegetación tropical.
Cerré los ojos un instante.
El mar rompiendo a lo lejos. El canto agudo de algún ave invisible. El olor a gasolina mezclado con la brisa.
Había pasado mucho tiempo.
Demasiado.
Cuando abrí los ojos, lo vi.
Abajo, al pie de la pista, esperándome como estaba previsto, el coche negro. Discreto. Oscuro. Motor en marcha.
El plan seguía adelante.
Subí al coche negro sin mirar atrás. El conductor estaba donde debía estar. Motor en marcha. Silencio profesional.
—Sigue el plan adelante, señora.
Lo miré por el retrovisor.
—Sí. Vamos a la casa.
Asintió y el coche arrancó.
La carretera estaba casi desierta. Aún era de noche. Faltaban unas horas para el amanecer y el cielo tenía ese azul oscuro que precede al cambio. Las farolas iluminaban tramos cortos de asfalto; más allá, todo era sombra, vegetación y mar invisible.
Isla Mujeres dormía.
El aire era húmedo, denso, salado. Cada curva me devolvía una memoria. Cada palmera recortada contra el cielo me recordaba otra versión de mí.
Llegamos.
El coche se detuvo suavemente frente al sendero que conducía hacia la casa.
—¿Trajo lo que le pedí? —pregunté sin mirarlo.
—Sí, señora. Aquí lo tiene.
Me entregó una pequeña maleta negra.
La coloqué sobre mis rodillas y la abrí.
Ahí estaba.
La chaqueta negra de Elías. El colgante que no valía casi nada… pero lo valía todo. Y el anillo.
Me quedé mirándolos en silencio. El cuero de la chaqueta todavía conservaba su forma. Pasé los dedos por la tela como si pudiera tocar su piel a través de ella.
—¿Está segura, señora? —preguntó el conductor con respeto.
Respiré hondo.
—Completamente. Gracias.
—Ha sido un placer, señora.
Nos despedimos sin más palabras.
Bajé del coche con la maleta en la mano y empecé a caminar hacia la casa.