ÚLTIMA NOCHE
El fuego seguía crepitando cuando el silencio se volvió más suave.
Yo estaba tumbada sobre su pecho, dibujando con la yema de los dedos las líneas de su clavícula, como si quisiera comprobar que era real.
—¿Te acuerdas de aquella vez en Holbox? —murmuré—. La bioluminiscencia…
—Claro que me acuerdo.
—Cuando fingías que mirabas al agua…pero en realidad me estabas mirando a mí.
Una media sonrisa se dibujó en su boca.
—No fingía. Solo que todavía no podía permitirme tocar lo que deseaba.
Sonreí.
—Me acuerdo de ti, entrando descalza, como si no tuvieras miedo a nada.
—Te acuerdas de eso…
—Me acuerdo de todo, Sofía.
Alcé la cabeza. Sus ojos estaban fijos en mí.
—Recuerdo cómo arrugabas la nariz cuando algo no te gustaba; el silencio en el que te refugiabas cuando pensabas de más; cómo dormías abrazada a mi brazo… y ese leve ceño fruncido si el café llegaba sin leche.
Ambos reímos.
Se inclinó y apartó un mechón de mi cara.
—Me acuerdo de todo, Sofía. Eres… —hizo una pausa mínima— fuiste mi mujer.
Ese fuiste me atravesó como una aguja.
Me incorporé un poco.
—¿Fui?
Sostuvo mi mirada.
—Para mí nunca has dejado de serlo.
Silencio.
El fuego iluminaba su perfil, el tatuaje asomando por el costado. Todo tan familiar que dolía.
Entonces habló más bajo.
—Sofía, quiero proponerte algo.
El aire cambió.
—Quédate conmigo.
Esa frase me atravesó el alma.
—Me pides que me quede contigo y no sé ni siquiera dónde estamos —respondí casi en un susurro.
—Es información que no te conviene tener.
—¿Y quieres que me quede contigo así? ¿Sin saber dónde estoy o lo que me espera mañana?
Se incorporó, apoyando la espalda en el cabecero.
—Tendríamos que movernos. Cambiar de lugar cada cierto tiempo. Y de identidad. Aunque ya no esté en el foco como antes, los cargos siguen ahí.
Lo miré fija.
—¿Te das cuenta de lo que me estás pidiendo? Que viva escondida. Que cambie de nombre, de identidad… que viva una mentira.
—Antes dijiste que, si aquel día en La Paz te lo hubiera propuesto, habrías aceptado.
Tragué saliva.
—La Sofía de aquel día ya no existe.
Silencio denso.
Me observó como si intentara descifrarme.
—Vaya… —murmuró—. Parece que lo que se dice de ti es cierto.
Fruncí el ceño.
—¿Qué se dice?
—Que cada vez eres más la Intérprete… y menos Sofía.
Aquello me dolió más de lo que esperaba.
—Ya te he dicho antes que he cambiado.
Se inclinó hacia mí.
—Sofía, déjalo todo. Ven conmigo.
—Sabes que nunca me interesó lo material.
—Lo sé.
Sus dedos recorrieron mi brazo, despacio.
—No hablo de eso —dijo—. Hablo de nosotros.
Se pasó una mano por la nuca, como buscando las palabras.
—Lo que tenemos no se apaga, Sofía. —Su voz salió más baja, más tranquila—. Lo estamos viendo esta noche.
Hizo una pequeña pausa, observándome, como si intentara adivinar qué estaba pensando.
—Por más que pase el tiempo, por más que intentemos ser otros… —añadió— cuando estamos juntos, el mundo se para.
Se acercó un poco más, lo justo para que sus palabras no parecieran un discurso, sino una confesión.
—Nadie te conoce mejor que yo, Sofía. —Me miró con una media sonrisa cansada—. Y lo sabes. No sería fácil… pero sería real. —Somos los únicos que lo saben todo el uno del otro.
Sus ojos se suavizaron.
—Sabes mejor que nadie que la conexión que tenemos es única. La tuvimos desde el primer día… —hizo una breve pausa— y quisimos obviarla.
Negó otra vez con la cabeza, casi para sí mismo.
—No la obviemos ahora.
Cerré los ojos un segundo.
—No sé qué sentir ahora mismo, Elías…
Mi voz se quebró apenas.
—Estaba pensando en dejar el negocio. De verdad. Antes de que me trajeras aquí. Estaba cansada.
Él se quedó inmóvil.
—Además… —añadí tras un momento de silencio, apartando la mirada—. Antes te dije que durante tu ausencia he conocido a alguien.
Respiró hondo, como si esas palabras le pesaran más de lo que esperaba.
—A alguien que de verdad merece la pena. —Hice una pequeña pausa—. Con una vida normal, lejos de todo esto. Una buena persona.
Se quedó en silencio un instante. La mandíbula se le tensó apenas; enseguida desvió la mirada, negándose a lo que acababa de oír.
—Supongo que alguien tenía que ocupar mi lugar —dijo en voz baja—. Quizá en él encontraste lo que yo no supe darte.
Hizo una pausa, como si sopesara las palabras.
—Debe de ser un hombre con suerte.
Entonces volvió a mirarme.
—No me des una respuesta ahora. Quédate esta noche conmigo. Solo esta noche. Mañana decides.
Su tono no era presión. Era súplica contenida.
Asentí levemente.
Lo había echado mucho de menos.
Demasiado.
Pensé que lo había olvidado. Que lo que habíamos sido se había quedado atrás, enterrado en otra vida. Con Lorenzo había vuelto a sentir lo que creía perdido, y llegué a convencerme de que Elías ya no ocupaba ese lugar en mí.
Pero tenerlo allí, frente a mí otra vez, tan cerca, me hizo entender que lo que sentía por él nunca había desaparecido. Solo había aprendido a vivir sin ello.
Volvimos a estar juntos.
Esta vez sin urgencia. Sin rabia.
Solo piel contra piel.
Hablamos en susurros. De recuerdos y de cosas absurdas. De viajes. De aquella vez que piloté su avioneta por primera vez. De cuando me dijo que me quería y yo fingí no haberlo oído.
Reímos. Lloré un poco sin darme cuenta.
Volvimos a besarnos.
Otra vez. Más lento. Más profundo. Como si quisiéramos grabarnos en la memoria.
Y cuando creí que por fin nos habíamos calmado, volvimos a buscarnos entre risas suaves y caricias que conocían el camino.
Cuando el fuego empezó a apagarse, me acomodé en su pecho.
Su brazo me rodeó. El latido firme bajo mi oído.
—No desaparezcas otra vez —murmuré, medio dormida.
No respondió. Solo me besó el cabello.
Su olor me reconfortaba.
El cansancio me venció. Me dormí en sus brazos. Pero él no durmió. Lo supe incluso en sueños. Sentía sus dedos recorriendo mi espalda con cuidado, como si temiera que al amanecer ya no estuviera.
Sus ojos abiertos en la oscuridad.
Observándome. Memorizándome.
Como si también supiera que aquella noche podía ser la última.