LO QUE NUNCA TERMINÓ
Horas después me levanté de la silla sin haber probado bocado. El estómago cerrado. El aire, retenido en el pecho como si no encontrara salida. Necesitaba apartarme, aflojar la cuerda que nos tensaba, aunque fuera apenas unos centímetros.
Estábamos demasiado cerca, pero irremediablemente lejos. El pulso me martilleaba en las sienes; la respiración, irregular. Los recuerdos y los reproches se agolpaban sin orden. Bastaba un gesto, una palabra, para que todo se quebrara.
—¿Por qué ahora? —pregunté con la voz rota—. ¿Por qué has vuelto ahora, Elías?
Él no apartó la mirada.
—Porque ahora puedo. Ya no me buscan como antes. Ya no soy prioridad.
Se acercó un paso.
—Y porque no podía más.
Mi respiración se aceleró.
—¿No podías más de qué?
—De no verte. De no olerte. De no tocarte. De no saber cómo suena tu voz cuando no estás defendiendo nada… de no saber cómo duermes ahora.
La tensión se volvió física.
—No tenías derecho —susurré—no ahora.
Hubo un silencio largo.
Se quedo pensando unos segundos.
—¿Le amas?
La pregunta fue directa, sin rodeos.
—Ya te dije que es complicado.
—Eso no responde a mi pregunta.
Silencio.
—¿Le amas? —repitió.
No respondí.
Sus ojos se oscurecieron.
—Si es así, me aparto. Te doy mi palabra. Te dejo el camino libre. Desaparezco esta vez de verdad. Pero mírame y dime que ya me has olvidado.
Sentí que el suelo se movía bajo mis pies.
—No puedes traerme aquí y exigirme eso.
—No te exijo nada. Te pido la verdad.
Di un paso atrás.
—Basta. No tienes derecho a controlar todo. A entrar en mi vida cuando quieras. A enamorarme. A desaparecer. A hacerme sufrir.
Hice una pausa. —Y ahora, cuando por fin conozco a alguien que merece la pena… vuelves con declaraciones.
Se levantó despacio.
Decidido.
Se acercó hasta que apenas quedaban centímetros entre nosotros.
—Sofía…
Su voz grave, baja.
La misma que había echado tanto de menos.
Sentí un golpe en el estómago.
—Apártate —dije mientras me levantaba.
No lo hizo.
—Mírame —dijo.
No quería. Porque sabía que, si lo hacía, iba a romperme.
—Dime que ya no me amas.
El aire se volvió electricidad pura.
Levanté la mirada.
Demasiado cerca.
Podía oler su piel. Ese olor que había intentado olvidar durante años.
Y entonces llegaron los recuerdos.
París. Holbox. Isla Mujeres. La chaqueta sobre mis hombros.
Su espalda bajo la ducha, el tatuaje asomando en el costado. Yo mirándolo dormir. Sus manos buscándome en mitad de la noche.
—Dímelo —insistió en un susurro—. Mírame a los ojos y dime que ya no sientes nada por mí y te dejo ir.
Intenté hablar.
No salió nada.
Él dio un paso más.
Nuestros cuerpos casi tocándose.
Mi corazón latiendo contra el suyo.
El pasado entero entre nosotros.
—Sofía…
Su aliento rozó mi boca.
Y entonces todo se rompió.
Lo besé.
No fue un roce. Fue un choque. Como si años de silencio explotaran en un segundo.
Respondió sin dudar.
Sus manos en mi espalda, firmes. Las mías en su cuello. Urgencia. Rabia. Necesidad. Culpa.
Nos besamos como si el tiempo no hubiera pasado.
Como si no hubiera existido nadie más.
—No sabes el tiempo que he esperado este momento —murmuró contra mis labios.
Volví a besarlo.
Le desabroché la camisa con manos temblorosas. Su pecho bajo mis dedos. Calor. Piel conocida. Familiar.
Un golpe de memoria me atravesó.
Mi respiración en su clavícula. Sus manos recorriéndome la espalda. Nosotros antes de todo.
Me levantó en brazos como si el peso no existiera.
Como si aún fuéramos los mismos.
Cruzó el salón. El fuego iluminando sombras largas en las paredes.
La habitación.
Me dejó sobre la cama sin dejar de mirarme.
Se inclinó sobre mí.
Nos quedamos un segundo inmóviles. Respirando. Reconociéndonos.
—Te sigo amando —susurré, casi sin querer—nunca te he olvidado.
Sus ojos se cerraron un instante, como si esa frase le doliera y lo salvara al mismo tiempo.
Y después volvió a besarme.
Lento al principio.
Después intenso.
Sus manos recorriendo mi piel como si tuviera miedo de que desapareciera.
Las mías aprendiendo de nuevo cada músculo, cada cicatriz, cada línea de su espalda.
La ropa cayó al suelo sin que apenas nos diéramos cuenta.
No fue brusco. Fue urgencia contenida.
Sus labios en mi cuello. En mis hombros. Mi cuerpo arqueándose bajo el suyo. Nuestros nombres pronunciados entre suspiros.
El fuego de la chimenea crepitaba, marcando el ritmo.
Nos movimos despacio al principio. Mirándonos. Buscándonos. Como si quisiéramos asegurarnos de que era real. Y luego más profundo.
Más intenso.
Como si el mundo fuera a acabarse en esa habitación.
No era solo deseo. Era historia. Era todo lo que no habíamos dicho.
Dolor transformado en piel.
Cuando el silencio volvió, solo se oía el fuego y nuestras respiraciones. Quedamos abrazados bajo las sábanas.
Desnudos.
Su brazo rodeándome. Mi cabeza sobre su pecho. El latido firme bajo mi oído.
Durante un instante —solo un instante— no existía el pasado. Ni el italiano. Ni el negocio. Ni la culpa.
Solo nosotros, el calor y el eco de algo que nunca terminó del todo.