LA ELECCIÓN
La luz, tenue, se filtraba cuando abrí los ojos. Tardé unos segundos en ubicarme.
El olor a madera quemada. El calor suave de la chimenea ya casi apagada. Y su brazo rodeándome.
Él no dormía.
Estaba apoyado sobre un codo, mirándome.
No era una mirada inquieta. Era la mirada de un hombre enamorado.
—¿Llevo rato dormida? —pregunté con la voz aún espesa.
—Unas horas apenas.
—¿Y tú?
Sonrió, muy leve.
—No.
—¿No has dormido nada?
Negó con la cabeza.
—Estaba mirándote.
Mi pecho se apretó.
—Eso es inquietante.
—No —susurró—. Necesitaba asegurarme de que estabas aquí.
Lo observé en silencio. Había algo distinto en su expresión. No era el hombre que manejaba todo desde las sombras. Era simplemente Elías. Vulnerable.
Llamaron a la puerta con discreción. Hizo un gesto y uno de los hombres dejó una bandeja en la mesa baja antes de desaparecer sin decir nada.
—He pedido que preparen tu desayuno preferido —dijo mientras destapaba los platos—. Si es que aún lo es.
Lo miré, sorprendida.
—Te acuerdas.
—Ya te dije que me acuerdo de todo.
Sonreí sin poder evitarlo.
Nos sentamos en la cama, compartiendo la bandeja. Se inclinó y me besó despacio, sin urgencia.
Un beso de mañana.
Íntimo.
Terminamos el desayuno casi en silencio. Las miradas decían más que las palabras.
Él fue el primero en romperlo.
—¿Has pensado en mi propuesta?
Suspiré.
—Es complicado, Elías.
—Lo sé.
Me tomó la mano.
—Pero haré todo por protegerte. Esta vez no te quiero volver a perder, Sofía. No otra vez.
Me levanté de la cama lentamente y empecé a vestirme. Sentía su mirada recorriéndome, no con deseo esta vez, sino con una especie de despedida anticipada.
—¿Sabes? —dije mientras abrochaba la camisa—. Una vez alguien me dijo que no podía garantizarme un futuro.
El silencio cayó como una piedra.
Él sabía perfectamente a qué me refería.
—Ahora soy yo la que no sabe si podré garantizártelo.
No lo dije con reproche. Lo dije con honestidad.
Bajó la mirada un instante. Dolido.
—Todo esto es demasiado para mí —continué—. Demasiado intenso. Demasiado rápido. Necesito volver a casa, Elías. Necesito pensar.
Levantó la vista.
—¿Tan pronto?
—Sí.
—Quédate un poco más. Un día más…
Su voz era suave. No una orden. Una súplica contenida.
Negué.
—No. Vuelvo ahora. Me dijiste que podría irme cuando quisiera. Es el momento.
Silencio largo.
Luego asintió.
—Como quieras.
Se levantó y llamó a sus hombres.
—Preparad todo. La señora vuelve.
Terminó de vestirse despacio mientras yo lo observaba, pensativa. No dejamos de mirarnos en ningún momento.
Por una parte, lo miraba y deseaba quedarme con él para siempre.
Por otra, no confiaba en que no volviera a desaparecer. El dolor que había dejado no se había borrado. Y la sombra de Lorenzo seguía ahí.
Era extraño.
Habíamos pasado la noche más íntima de nuestras vidas y aun así había una distancia nueva entre nosotros.
Cuando todo estuvo listo, me acerqué.
No sabía cómo despedirme. Él tampoco.
Apoyé las manos en su pecho.
—Ante todo quiero que sepas que lo que te dije anoche es sincero. Te amo. Nunca he dejado de hacerlo.
Algo en su rostro se tensó.
—Entonces supongo que amar no siempre es suficiente.
—Ojalá lo fuera.
Un segundo. Dos.
Me acerqué y lo besé. No hubo prisa, sino una profundidad lenta, dolorosa, como si ambos intuyéramos que podía ser el último. Nos abrazamos; su olor volvió, y con él, la certeza de que todo se complicaba.
Se quedó quieto, mirándome, con los ojos más oscuros que nunca.
—Si decides volver —dijo finalmente—, no tendrás que buscarme. Yo sabré.
No respondí.
Porque no sabía si aquello era una promesa o una condena.
—Adiós Elías.
Me giré antes de que el peso me venciera y cerré la puerta.
El trayecto de vuelta se me hizo interminable. En el coche, la capucha volvió a cubrirme la cabeza mientras el motor rugía entre curvas, con ese olor a cuero y polvo adherido a la piel. Todo se mezclaba.
Después, el helicóptero. Horas de ruido constante, el cuerpo sometido a cada vibración. Cerré los ojos.
Y apareció él.
Su forma de mirarme. El “nada es casual” sobre su piel. Sus manos desabrochándome la camisa la noche anterior. Su voz, baja, diciendo que no quería volver a perderme. La certeza —incómoda, inevitable— de que nadie me conocía como él. El olor de su piel. El calor de su pecho.
Pero otra imagen se abría paso.
Lorenzo en su taller. Su moto bajo el sol. Sus ojos, entre marrones y verdosos. La sonrisa contenida, casi torpe. Su risa en el mercado. Su acento al decir mi nombre. La concentración paciente con la que devolvía la vida a las piezas. Su “yo lo quiero todo contigo”.
Dos vidas.
Una, clandestina, junto al hombre que fue mi marido. La otra, serena, con quien me había enseñado que aún era posible la felicidad.
Y, en medio, lo demás: el negocio, el imperio, la Intérprete.
¿Lo dejo? ¿Sigo?
¿Quién soy si no soy eso?
Cuando el helicóptero aterrizó y el calor de Miami volvió a envolverme, el vacío fue casi físico. No era duda. Era pérdida anticipada.
Porque, eligiera lo que eligiera, iba a perder algo.
Y eso —eso sí— era seguro.