La Intérprete EL REGRESO
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EL REGRESO

Me quedé paralizada.

Tuve que agarrarme al borde de la mesa porque sentí que las piernas dejaban de sostenerme. El pulso me golpeaba en los oídos, fuerte, desordenado, como si el cuerpo reaccionara antes que la mente.

No podía ser.

Parpadeé varias veces, intentando recomponer la imagen frente a mí. Pero no cambiaba.

Seguía ahí.

—No… —negué muy despacio—. No…

El aire me faltó.

Di un paso atrás.

—Desapareciste…

La voz apenas me salió.

—Te creía muerto.

Silencio.

Mis ojos se llenaron de lágrimas.

—Te lloré… —tragué saliva— años. Años, Elías.

Pronunciar su nombre me rompió por dentro.

Me llevé una mano a la boca, intentando controlar la respiración.

—No dejaste nada. Ni una palabra. Ni una explicación. Nada.

Lo miré con una mezcla imposible de alivio y rabia.

—¿Sabes lo que es despertarte cada día sin saber si odias a alguien o si rezas por él?

La voz me temblaba.

—Pensé que habías muerto. Pensé que me habías abandonado. Pensé… todo.

Di otro paso hacia él, casi temblando.

—¿Cómo es posible que estés aquí?

Entonces habló.

Y al oírlo, su voz fue exactamente la que había guardado en mi memoria todos esos años.

—Porque nunca me fui, Sofía.

Escuchar mi nombre en su boca fue como si alguien abriera una herida que creía cerrada; me atravesó despacio, sin violencia, pero con una precisión devastadora.

Lo miré sin comprender.

—¿Por qué?

El silencio pesó entre nosotros.

Sus ojos no se apartaron de los míos cuando respondió:

—Porque me iban a detener.

—Dime algo nuevo que no supiera.

—Si me quedaba —continuó, sereno— te arrastraban conmigo. Interrogatorios. Prensa. Seguimientos. Todo. Y no podía permitirlo.

Sentí la rabia subir por el pecho.

—Así que decidiste desaparecer sin decirme nada.

La voz se me quebró.

—¿Te pareció mejor dejarme destrozada?

Él dio un paso, pero no me tocó.

—Si te lo decía, te convertías en cómplice. Cuanto menos supieras… más limpia estabas.

Negué con incredulidad.

—¿Limpia? Me condenaste a vivir sin respuestas.

La emoción me desbordó.

—No tuve ni un cuerpo que odiar, Elías. Ni una tumba que llorar.

El silencio volvió a caer.

Respiré hondo, intentando recomponerme.

—¿Y ahora qué? —susurré—. ¿Por qué estoy aquí? ¿Por qué me has traído?

Por primera vez su mirada cambió.

Más vulnerable. Más real.

—Porque no podía seguir sin verte.

Mi corazón se detuvo un segundo.

—¿Qué?

—Lo intenté, Sofía —dijo, más bajo—. Intenté seguir sin verte. Me convencí de que era lo correcto… lo mejor para ti. Pero cada noche acababa hablándote en silencio. Y llegó un punto en el que entendí que podía esconderme del mundo… pero no de ti.

Lo miré, aún temblando.

—¿Me has secuestrado… por eso?

Una sombra de sonrisa cansada apareció en su rostro.

El silencio se tensó.

—No te he secuestrado. Puedes irte cuando quieras —señaló la puerta—. Pero tenía que hablar contigo.

Mi respiración volvió a acelerarse.

—Elías…

No sabía si acercarme o huir.

—Has vuelto a aparecer en mi vida sin avisar… igual que te fuiste.

Lo miré a los ojos.

—Y no sé si abrazarte… o matarte.