La Intérprete LA DISTANCIA
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LA DISTANCIA

Me quedé de pie, sin moverme todavía, intentando que el aire volviera a mis pulmones.

Él fue el primero en apartar la mirada.

—Debes de estar cansada… —dijo en voz baja—. El viaje ha sido largo.

No respondí.

Miré alrededor. La casa era sobria. Nada revelaba dónde estábamos.

—¿Dónde estamos?

—No puedo decírtelo.

—¿Este es el sitio donde te escondes?

—Actualmente sí.

Tragué saliva.

—Entonces te estás moviendo.

Me sostuvo la mirada.

—Sofía… cuanto menos sepas, mejor.

Di un paso hacia él.

—Dime al menos el país. O el continente. He estado horas volando… ¿Dónde estoy?

—Cuanta menos información tengas, mejor.

Apreté los labios.

—Sigues igual.

Él suspiró despacio y se giró hacia la mesa.

—Tienes hambre.

—No quiero cenar.

No era una respuesta. Era una muralla.

Él ignoró mi tono.

—Ordené algo que sé que te gustaba. —una pausa breve— No sabía si… te seguiría gustando.

No respondí.

Unos minutos después entraron dos hombres en silencio. Dejaron la comida y salieron sin mirarme.

Nos quedamos solos otra vez.

No me moví.

—No voy a sentarme hasta que me respondas —dije.

Elías apoyó las manos en el respaldo de la silla, sin imponerse.

—Toma asiento. Vamos a tener tiempo. Te responderé a todo lo que pueda.

La frase me molestó.

—¿A todo lo que puedas?

—A todo lo que deba.

Lo miré unos segundos… y finalmente me senté. Pero lejos.

Durante unos instantes ninguno tocó la comida.

—Te fuiste —dije al fin—. Sin explicación. Sin nada.

Su mirada bajó apenas un segundo.

—Si no me iba, me encerraban. Y entonces sí habrías sido cómplice.

—Yo habría decidido.

—No —negó despacio—. No te habrían dejado decidir.

El silencio pesó.

—¿Y desaparecer? ¿Años? —mi voz tembló pese a que no quería—. ¿Eso también era protegerme?

Respiró hondo.

—Nunca desaparecí Sofía. Siempre estuve ahí, protegiéndote.

Fruncí el ceño.

—¿Cómo?, ¿qué estás diciendo?

—Tengo ojos en todas partes.

—No lo entiendo. No entiendo nada —alcé la voz—. Deja de repetirlo.

—Nunca estuviste sola, Sofía.

Me incliné hacia delante.

—¿Claire lo sabía? ¿Sebastián?

—No.

—¿Quién entonces?

Me sostuvo la mirada.

—Nadie que tú conozcas.

—Ahora conozco a más gente de la que te crees. Ya no soy la misma.

Se hizo un silencio largo.

—Has cambiado —dijo finalmente.

Solté una risa amarga.

—Claro que he cambiado.

—Sin embargo —añadió—sigues teniendo la misma mirada.

No respondí.

—Estás hermosa Sofía.

Lo miré con dureza.

—No empieces por ahí.

Se acercó apenas medio paso. Instintivamente retrocedí.

—No te acerques.

Dolió. Lo vi en sus ojos.

—No te voy a perdonar jamás —dije—. ¿Lo entiendes? Jamás. Lo peor no fue perderte. Fue no saber si estabas muerto o si simplemente te habías ido.

Mi voz se quebró.

—Después de aquellos días en París… ¿por qué me hiciste eso? ¿Para qué me llevaste allí?

Cerró los ojos un instante.

—Quería verte por última vez.

—Lo tenías todo calculado. No me esperaba menos de ti…

El silencio cayó como una losa.

—Quería darte en unos días todo lo que no iba a poder darte en toda una vida.

No supe qué decir.

—Cuando te digo que te he echado de menos, es cierto —continuó—. Cada noche. Cada mañana.

Apreté los dedos sobre la mesa.

—No tienes derecho —susurré, con la voz temblando—. No ahora. No tienes derecho a desaparecer de mi vida cuando te da la gana, dejarme hundida, intentando recomponerme sola… y reaparecer justo cuando empezaba, por fin, a levantar la cabeza. No tienes derecho, Elías.

Él me sostuvo la mirada unos segundos. Pese al tiempo que había pasado, me conocía demasiado.

—¿Has conocido a alguien? —preguntó al fin, más bajo.

No respondí.

—Respóndeme, Sofía. ¿Has conocido a alguien?

Tragué saliva.

—Sí. He conocido a alguien.

El silencio se hizo espeso entre los dos.

Elías me sostuvo de nuevo la mirada, esta vez demasiados segundos.

—¿Te trata bien? —preguntó, con la mandíbula tensa—. ¿Eres feliz?

—Es complicado —admití—. Es una persona normal. No pertenece a este mundo. Y sí… he sido feliz. Muy feliz junto a él.

Sus ojos se ensombrecieron.

—Te recuerdo que todavía eres mi esposa.

Sentí el golpe en el pecho.

—No tienes ningún derecho a decirme eso. Ninguno. Y para que lo sepas, ya no soy tu esposa. Me declaré viuda.

El impacto fue visible. Como si acabara de dispararle sin arma.

—¿Qué pretendías? —continué, con la voz quebrada—. ¿Que te esperara toda la vida sin saber si estabas vivo? Me abandonaste, Elías.

Él cerró los ojos un instante.

—Lo siento… no quería decirlo así. Pero pensar que otra persona haya podido ocupar mi lugar —me miró, desarmado— me rompe por dentro, Sofía. Me mata imaginarlo.

Hizo una pausa.

—Quiero que me respondas con total sinceridad, ¿me has olvidado?

Lo miré.

—No te voy a responder.

—Eso significa que no.

No respondí.

Se quedó inmóvil.

—Pero aprendí a sobrevivir. Alguien me enseñó que en esta vida o te vuelves frío… o te rompen.

Su expresión cambió. Entendió que ese alguien había sido él…

Nos quedamos en silencio. Ninguno comía.

Solo nos mirábamos desde dos lados de una vida que ya no existía y que, sin embargo, seguía ahí.

La distancia entre nosotros era de apenas un metro. Pero nunca había parecido tan imposible de cruzar.