La Intérprete LA VOZ
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LA VOZ

DESTINO DESCONOCIDO

El vuelo se hizo eterno.

Al principio intenté mantener la calma, analizando la dirección del viento, la inclinación, la duración de las aceleraciones.

Imposible.

Perdí la referencia en menos de veinte minutos.

El ruido era constante, profundo, vibrando en el pecho. El aire, bajo la tela, olía a tejido sintético y queroseno.

Calor. Respiración pesada.

Pasó una hora. Luego otra. Después dejé de saber cuántas.

La idea del gobierno empezó a desmoronarse. Demasiado largo. Demasiado aislado.

Entonces pensé en un secuestro.

Un secuestro limpio.

—¿Cuánto falta? —pregunté.

—No mucho.

Mentían.

Pasaron horas. Demasiadas.

Cuando aterrizamos, tenía el cuello rígido, las piernas dormidas y la mente agotada.

Pedí aire. Me dejaron respirar unos segundos.

Olor seco. Tierra. Campo abierto. Nada urbano.

Volvieron a cubrirme.

Fuera quien fuese la gente que me había traído hasta allí, no querían solo hablar conmigo.

Querían algo.

Y lo querían con urgencia.

El coche blindado llegó después. Volvieron a cubrirme la cabeza.

Curvas. Muchas curvas. Pendientes. Grava.

El trayecto fue aún peor que el vuelo: sin referencias, sin tiempo.

Pedí agua. Me la dieron con cuidado, levantando apenas la tela.

Empecé a pensar escenarios.

Si fuera una ejecución, ya estaría muerta. Si fuera un rescate gubernamental, me habrían hablado. Si fuera un cártel, ya me habrían presionado.

Esto era otra cosa.

Cuando finalmente paramos, mis sentidos estaban en máxima alerta.

El aire era más frío allí fuera, con olor a tierra húmeda y madera quemada, como si hubiera una chimenea encendida no muy lejos.

Oía la grava crujir bajo las botas de los hombres y, a lo lejos, el viento golpeando contra algo metálico.

Con los ojos vendados, el corazón me latía con tanta fuerza que ya no sabía si el temblor venía del miedo o de la incertidumbre.

Me guiaron caminando.

Una puerta. Interior.

Me retiraron la capucha. Parpadeé.

Una casa. Amplia. Silenciosa. Cálida.

Sin gente. Sin explicación.

El corazón me latía lento… pero pesado.

No sabía quién me había traído. Y eso era lo peor.

Tardé unos segundos en enfocar bien.

La luz era cálida, amarilla, suave… nada que ver con un lugar de retención. No había fluorescentes ni sombras duras. Era una iluminación doméstica, casi acogedora, lo bastante baja como para relajar o para desarmar.

Parpadeé otra vez.

Estaba en un salón amplio, de techo alto, con vigas de madera oscura. Las paredes eran de piedra natural, irregular, como las de una casa antigua restaurada. Olía a madera seca, a cuero y a un leve rastro de café reciente. No había humedad ni sensación de encierro. El aire circulaba.

Frente a mí, un gran ventanal, sin cortinas, mostraba una oscuridad total. Nada de ciudad. Nada de carreteras. Solo negro. Campo abierto.

No sabía qué hora era, pero por la oscuridad deduje que era de noche.

A la derecha, una chimenea encendida crepitaba suavemente. El sonido del fuego resultaba casi íntimo, demasiado íntimo para una situación así.

Un sofá de piel envejecida, una mesa baja con un vaso de cristal y una botella de agua abierta, como si alguien hubiera estado allí hacía un momento.

Pero no había nadie.

Ni guardias dentro. Ni cámaras visibles. Ni prisas.

Me giré despacio.

—¿Dónde estamos?

El hombre que me había acompañado no respondió. Solo señaló el sofá.

—Por favor, espere aquí.

—No espero sentada sin saber quién me ha traído.

—Lo sabrá en breve.

Lo miré fijamente.

—Si esto es una negociación, empieza mal.

Su expresión no cambió.

—No es una negociación.

Eso me tensó más que cualquier amenaza.

—Entonces ¿qué es?

Hubo una breve pausa.

—Una conversación.

Silencio.

Se retiraron sin ruido. La puerta se cerró con suavidad a mi espalda.

Y me quedé completamente sola.

LA VOZ

El fuego crepitaba.

La casa respiraba en silencio.

Sentía miedo, pero también una intriga incómoda. No tenía ni idea de quién demonios me había traído hasta allí ni por qué. Y, por primera vez desde que todo había empezado, me pregunté si había cometido un error al aceptar venir.

De pronto, detrás de mí, el fuego siguió crepitando y escuché algo.

No la puerta principal.

Otra.

Un leve clic metálico, seguido del roce suave de madera contra madera.

Una puerta a mi espalda.

No me giré al instante.

Mi cuerpo reaccionó antes que mi mente: los hombros se tensaron, la respiración se detuvo y sentí un frío subir por la espalda, lento, inevitable. Como si algo profundamente enterrado acabara de despertar.

Y entonces habló.

—Sigues girando la cabeza ligeramente hacia la izquierda cuando estás nerviosa.

La voz.

El tiempo no se detuvo.

Simplemente dejó de existir.

No podía ser. No podía.

Durante un segundo pensé que mi mente me estaba traicionando, que el cansancio, el miedo o la presión habían decidido jugar conmigo de la peor manera posible.

Tragué saliva.

Muy despacio, me giré.

Primero vi sus manos.

Las recordaba. Imposible no hacerlo.

Apoyadas con calma en el respaldo de una silla, grandes, firmes, sin prisa. Sin la menor tensión, como si el mundo entero estuviera exactamente donde debía estar.

Luego sus hombros. Más delgado. O quizá más definido. Camisa oscura, arremangada hasta los antebrazos. La misma forma de colocarse la tela: práctica, limpia, precisa.

Después su rostro.

La barba corta marcando la mandíbula. Los pómulos duros.

Sus labios, firmes y perfectamente dibujados, conservaban esa mezcla peligrosa de dureza y promesa que siempre me había desarmado.

Y sus ojos. Intensos, oscuros, implacables. Seguían mirándome como si fueran capaces de atravesar cada uno de mis pensamientos.

Me faltó el aire.

Di un paso atrás sin darme cuenta.

—No…

El pecho se me cerró.

—No… no puede ser…

Mi voz salió apenas como un susurro roto.

Lo miré intentando encontrar cualquier detalle que negara lo evidente. Cualquier error. Cualquier mentira.

Pero no existía.

Era él.

Era Elías.