AUSENCIA
Los días siguientes en Miami no se parecieron en nada a los últimos meses.
La casa seguía igual. El despacho seguía igual. La ciudad seguía igual.
Pero todo sonaba distinto. El silencio pesaba.
Ya no había mensajes.
Lorenzo era así. Si pensaba que yo necesitaba espacio, sabía dármelo, incluso si eso significaba quedarse en silencio.
Cada mañana, casi sin darme cuenta, lo cogía antes incluso de abrir del todo los ojos.
Pantalla negra. Ninguna notificación. Nada.
Durante el desayuno lo dejaba al lado del café. En la mesa del despacho. En el coche. En la mesilla de noche.
Siempre boca arriba. Siempre esperando.
En varias ocasiones abrí su conversación. Escribí.
¿Cómo estás? He llegado bien. Hoy he pasado por Ocean Drive y me he acordado de ti. He visto una moto como la tuya …
El cursor parpadeaba. Borraba. Volvía a escribir.
Nunca me atreví a enviarlos. No tenía derecho. Había sido yo quien se fue.
La casa se volvió demasiado grande, el aire demasiado quieto. Me sentía vacía, triste, de una forma silenciosa y constante que no se podía distraer con trabajo ni con ruido.
Lo echaba de menos. Demasiado.
No conseguía sacarlo de mi cabeza.
Su sonrisa aparecía en cualquier momento —abriendo un cajón, mirando el mar desde la ventana—, como si estuviera escondida en los gestos cotidianos.
Esos ojos marrones verdosos mirándome con paciencia infinita.
En su taller, concentrado, frunciendo ligeramente el ceño mientras restauraba una pieza como si el mundo dependiera de la delicadeza de sus manos.
El sonido metálico de las herramientas, la luz entrando por la ventana sobre su espalda.
Cocinando, probando la salsa con la cuchara y haciéndome probarla después, riéndose cuando decía que estaba perfecta, aunque aún no lo estuviera.
Su moto arrancando al atardecer.
Mi cara apoyada en su espalda mientras recorríamos la costa.
Sus besos lentos. Sus abrazos sin prisa. Las caricias que no pedían nada a cambio.
Cerraba los ojos y todavía podía sentir el calor de su pecho bajo mi mejilla.
Abría los ojos y solo estaba Miami.
Trabajaba más horas de las necesarias para no pensar.
Pero al final del día, cuando todo callaba, volvía.
Siempre volvía.
Había tomado la decisión correcta. Lo sabía.
Pero dolía como si me hubiera arrancado una parte de mí misma.