TI AMO
La puerta se abrió a medianoche.
Llevaba más de una hora sentada en el sofá, sin moverme, escuchando cada paso en la escalera, cada voz en la calle, cada motor que pasaba, esperando el sonido exacto de su llave en la cerradura.
Cuando por fin entró, levantó la vista y vio las maletas.
Hechas, cerradas, delante de mí.
Se quedó quieto. Ni siquiera dejó las llaves.
Me miró como si necesitara unos segundos para entender lo que estaba viendo.
— Ma dai , Sofía…
Su voz salió muy baja.
—Si es por lo que dije antes… de verdad lo siento. No era mi intención herirte.
Negué suavemente.
—No es por eso.
Avanzó un paso, aún con la chaqueta puesta.
—Entonces ¿qué es?
Respiré hondo. Me temblaban las manos, así que las entrelacé para que no se notara.
—Tenías razón… no podemos vivir así. No podemos pasarnos la vida escondiéndonos. Tú necesitas una vida normal… una vida de verdad.
Su expresión cambió al instante.
—Sofía, olvida lo de antes. De verdad. No pasa nada. Podemos arreglarlo.
Negué en silencio.
—No estoy enfadada. No lo dijiste con maldad… —tragué saliva—, pero la visita del policía me despertó. Me sacó de la burbuja. Tú no tienes por qué estar metido en esto.
Se acercó más.
—No decidas por mí.
Lo miré.
—Cuando quieres a alguien… piensas primero en la otra persona.
El silencio se tensó entre nosotros.
—Y tú sabes muy bien que nunca podremos ser una pareja normal… lo sabes, ¿no?
No respondió. Sus ojos bajaron al suelo.
Ahí entendí que sí lo sabía.
Volvió a mirarme.
—Entonces… ¿así de rápido te vas?
Sentí que la garganta se cerraba.
—Aunque me duela en el alma, alejarme es lo mejor para ti. Créeme. Te estoy salvando.
Negó lentamente, dolido.
—No necesito que me salves.
Respiré hondo. Sentí que algo se rompía dentro de mí.
—Ya perdí a dos personas por este mundo, Lorenzo —mi voz apenas fue un susurro—. Y no pude hacer nada.
Sus ojos cambiaron.
—No podría perdonarme nunca si te perdiera a ti también.
Lorenzo negó despacio.
—Sofía… —susurró— perderte así también es perderte.
El silencio cayó entre nosotros.
Se acercó un poco más.
—Tómate un tiempo si es lo que necesitas. Pero cambia de opinión, per favore … —su voz se quebró apenas—. Yo estaré aquí. Esperándote.
Señaló el apartamento.
—Deja el negocio. Ordena tus piezas… lo que necesites. Yo espero el tiempo que haga falta. Pero vuelve.
No pude sostenerle la mirada.
—Me tengo que ir.
Me miró unos segundos en silencio.
Luego, muy despacio:
— Ti amo , Sofía.
El mundo se detuvo.
Me acerqué y lo besé con suavidad.
—Lo siento…
No me abrazó. No porque no quisiera, sino porque ya sabía que me iba.
Esa inmovilidad dolía más que cualquier reproche.
Cogí las maletas y abrí la puerta.
Y al cruzarla, lo entendí. De verdad entendí lo que significaba marcharse para proteger a alguien.
Dejar a la persona que amabas también era una forma de amor.
Pero no dejaba de destruirme.
No lloré en el coche, ni en la pista de aterrizaje, ni mientras subía al jet.
Pero en cuanto la puerta se cerró, me derrumbé.
Lloré en silencio, con la frente apoyada en la ventana, mientras la pista se alejaba. Cada kilómetro de distancia dolía físicamente.
Cuando aterrizamos, el Seco ya estaba esperando.
Al abrir la puerta, me miró con atención.
—¿Está bien, señora?
Negué.
—No, Seco.
Subí al coche sin decir nada más.
La ciudad pasaba ante mis ojos… pero no veía nada.
Solo pensaba en una frase.
Ti amo.
Quizá Lorenzo tenía razón.
Quizá ya era el momento de dejarlo todo.
Y empezar, por fin, a encajar las piezas.