EL CONDUCTOR
Pasaron casi tres meses.
El dolor seguía allí.
Aquella noche me quedé en el despacho mucho más tarde de lo necesario. No porque hiciera falta, sino porque lo necesitaba.
Era madrugada y casi todas las luces del edificio estaban apagadas.
La ciudad, al otro lado del ventanal, había pasado del ruido al murmullo.
Revisé el mismo informe tres veces sin leerlo realmente.
Respondí correos que podían esperar. Llamé a gente a la que perfectamente podía llamar al día siguiente.
Cualquier cosa con tal de no quedarme a solas con mi cabeza.
Cuando por fin cerré el ordenador, el silencio me golpeó de lleno.
Suspiré. Era hora de irme.
El ascensor descendió lentamente hasta el parking privado. Cada paso de mis tacones resonaba entre las columnas de hormigón. Olía a metal caliente, gasolina y humedad.
Siempre me había parecido un olor neutro. Aquella noche resultaba opresivo.
Mi coche me esperaba donde siempre: negro, con el motor en marcha y el interior tenuemente iluminado.
Abrí la puerta trasera sin mirar al conductor y me dejé caer en el asiento.
—Buenas noches… —murmuré, apoyando la cabeza un instante contra el respaldo.
Clac.
Abrí los ojos.
Clac.
Las otras puertas también se bloquearon.
El coche arrancó suavemente.
Fruncí el ceño y levanté la vista hacia el retrovisor.
No era él.
Mi mano se deslizó automáticamente hacia el bolso.
—Para el coche.
—Buenas noches, señora Sofía —respondió una voz calmada.
No obedeció.
El corazón me dio un golpe seco.
—Para el coche ahora mismo —repetí, ya firme.
El hombre siguió conduciendo.
Saqué el arma del bolso. El clic del seguro resonó en el habitáculo cerrado.
—Frena —apunté directamente a su nuca—. No me obligues.
No frenó. Ni siquiera se tensó.
—Nadie le va a hacer daño —dijo con absoluta serenidad—, pero no podemos detenernos.
Apreté la mandíbula.
—No sabes con quién estás jugando —mi voz bajó—. Última oportunidad.
El coche salió del aparcamiento y cruzó la barrera sin reducir la velocidad.
—Si dispara aquí dentro no salimos ninguno —respondió él—. Y no es lo que queremos.
—¿Quién eres? —susurré—. ¿Hombres de Ríos? ¿Otro cártel? ¿DEA?
—Solo cumplo instrucciones.
—¿Dónde está mi conductor? ¿Dónde están mis hombres?
—Están bien. Dormidos. Despertarán como si nada.
Respiré hondo sin bajar el arma.
Demasiado limpio para un ajuste de cuentas. Demasiado organizado para un secuestro improvisado.
—¿Gobierno? —dije al fin.
No respondió.
Y eso fue peor.
Bajé el arma lentamente, sin guardarla aún.
—Entonces vamos a hablar —dije—. Porque si esto no termina bien, no termina bien para nadie.
El hombre no contestó.
Solo condujo.
Salimos de la ciudad.
Las luces de Miami fueron apagándose detrás de nosotros y la carretera se volvió cada vez más vacía. El tiempo empezó a estirarse. Comencé a contar salidas, curvas, kilómetros mentales… hasta que el coche giró hacia una zona industrial.
Vi focos blancos en mitad de la oscuridad.
Una pista. Un helicóptero.
El coche se detuvo.
No abrí la puerta.
—Explícate —ordené.
El conductor giró ligeramente la cabeza.
—Debe acompañarnos.
—¿Motivo?
—No puedo decirlo.
—Entonces no me muevo.
Un segundo hombre abrió la puerta desde fuera.
Armado. Tranquilo.
—Señora, por favor.
—No —respondí—. Negociamos aquí.
—Tendrá tiempo para negociar.
—No con gente que no da nombres.
El silencio se alargó.
—Es importante —dijo al fin—. Y urgente. Le interesa.
Lo observé con atención.
Profesionales.
No había tensión en sus manos. No olían a violencia. No había agresividad.
Eso me inquietó más.
—¿Es una detención?
—No.
—¿Un traslado de seguridad?
No respondió.
Miré el helicóptero.
Gobierno, pensé.
Tal vez testigo protegido. Tal vez querían hablar lejos de cualquier jurisdicción.
Respiré.
Guardé el arma y el teléfono, pero antes descargué el cargador y lo dejé caer sobre el asiento.
—Bien —dije—. Pero esto se negocia en cuanto lleguemos.
—Así será.
Me retiraron el teléfono.
El reloj.
El arma.
Los documentos.
Aquello ya no me gustaba.
—Esto empieza a parecer un secuestro —dije.
—Es un traslado —respondieron.
—A ciegas.
No contestaron.
Dentro del helicóptero me colocaron una capucha.
—No pienso firmar nada sin mi abogada —advertí.
—No le pediremos nada ilegal.
El rotor arrancó.