INTERRUPCIÓN
La mañana amaneció con ese calor suave de Miami que aún no apretaba, pero prometía hacerlo. El cielo era de un azul limpio y el aire olía a sal y a café recién hecho cuando salimos hacia Wynwood.
—Hoy te enseño una parte de la ciudad que casi nadie ve —le dije mientras caminábamos—. La mayoría se queda en las playas y en el lujo… pero Miami también es esto.
Giramos la esquina y el color nos envolvió. Murales gigantes cubrían las fachadas: rostros hiperrealistas, animales imposibles, figuras abstractas, letras que parecían moverse. El olor a pintura fresca y la música que escapaba de los locales se mezclaban con el pulso lejano de la calle.
Lorenzo se quedó quieto.
— Madonna … es un museo al aire libre.
Lo observé más a él que a los murales. Sus ojos recorrían cada pared con la misma atención con la que miraba una obra en su taller.
—Aquí todo se transforma constantemente —le expliqué—. Lo pintan, lo tapan, lo vuelven a pintar… nada es permanente.
—Como la vida —dijo sin apartar la vista de un retrato enorme—. Por eso es tan bello.
Se giró hacia mí. Nos besamos con suavidad, entre el olor a pintura y el murmullo de la gente.
Seguimos caminando hasta un pequeño food truck metálico cubierto de pegatinas. Había una fila corta de gente joven, tatuada, riendo.
—Aquí se come muy bien —le dije—. Nada glamuroso.
Pedimos un sándwich cubano caliente, una arepa y yuca frita con mojo.
Nos sentamos en una mesa de madera pintada de colores, casi infantil.
Lorenzo mordió el sándwich y cerró los ojos.
—Esto vale más que cualquier restaurante de Montecarlo.
—No digas eso muy alto, que arruinas mi reputación —me reí.
—Tu reputación no depende del lujo —respondió—. Depende de quién eres cuando nadie mira.
Me quedé callada un instante.
Entonces, una voz detrás de nosotros:
—Buenas tardes, Sofía.
Me giré despacio.
El inspector Keller. —Qué casualidad encontrarla aquí.
Lo miré fijamente.
—Las casualidades no existen.
Lorenzo dejó el vaso sobre la mesa, atento, pero sin intervenir.
—Solo quería hacerle unas preguntas rápidas —continuó el agente—. Nada formal.
—No es el momento —respondí con calma—. Ya le dije que no hablaré sin la presencia de mi abogada.
—Podríamos agilizar…
—No —lo interrumpí—. No hoy.
Durante un instante, nadie habló.
El inspector observó a Lorenzo un segundo, evaluándolo.
—Que disfrute su día —dijo finalmente.
Se marchó.
El ruido de la calle volvió de golpe.
Lorenzo me miró, sin reproche… pero entendiendo.
—Lo siento —murmuré—. Esto también forma parte de mi mundo.
Él asintió despacio.
—No tienes que explicarte.
Pero el momento ya no era el mismo.
Seguimos comiendo, aunque esta vez en un silencio ligeramente incómodo.