La Intérprete VACÍO
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VACÍO

Días después, el aeropuerto olía a aire acondicionado frío y café barato. Maletas rodando, familias despidiéndose, pantallas parpadeando y un murmullo constante que hacía la despedida más real.

Caminábamos despacio hacia el control de seguridad. Ninguno quería llegar.

—Odio esta parte —murmuré.

Lorenzo sonrió con suavidad, sin dejar de mirarme. —Significa que algo importante está pasando.

Nos detuvimos frente a la cinta que separaba pasajeros y acompañantes. La gente pasaba alrededor, pero para mí todo se había quedado en silencio.

—Quédate unos días más —le dije casi en un susurro—. Podemos cambiar el vuelo. Volverte cuando quieras… incluso en mi avión.

Negó despacio. —Si me quedo… no me iré nunca.

Hizo una pausa leve. —Y tengo que volver. Pero volveré a ti.

Bajé la mirada un instante.

—Podrías vivir aquí —añadí, intentando sonar ligera—. Miami también tiene talleres…

Él sonrió, entendiendo. —O tú allí.

Lo miré. —Me lo estoy planteando —confesé—. Pero mi vida no es fácil de mover.

—No te pido que cambies hoy —dijo, acercándose un poco más—. Solo que no cierres la puerta.

Le acaricié la mejilla.

—Estos días… —tragué saliva— han sido de los más felices que recuerdo.

—Para mí también —susurró—. Y no quiero que sean solo un paréntesis.

Nos besamos. Largo, sin prisa, con esa sensación de que el tiempo se encogía.

Separamos las frentes, todavía muy cerca.

—Escríbeme cuando llegues —dije.

—Cuando aterrice, lo primero que haré será pensar en cuándo vuelvo.

Sonreí, pero el nudo en el pecho no se aflojó.

Se apartó un paso… luego volvió y me abrazó fuerte, como si quisiera memorizarme.

—Te voy a echar de menos, Sofía.

—Yo también.

Cruzó el control de seguridad. Se giró una última vez y levantó la mano. Yo me quedé allí hasta que desapareció. El aeropuerto volvió a sonar de golpe. La ciudad seguía exactamente igual, pero algo en mí se había ido en ese avión.

La puerta se cerró detrás de mí con un clic suave.

La casa estaba igual que siempre: perfecta, silenciosa… demasiado silenciosa.

Dejé el bolso en la entrada y avancé despacio por el salón. A través de los ventanales se veía la bahía negra de Miami, salpicada de luces que temblaban sobre el agua. La piscina reflejaba el cielo como un espejo oscuro.

Todo era espectacular.

Me quité los zapatos y caminé descalza hasta el sofá. Todavía podía oler su perfume en mi camisa.

Ocean Drive al atardecer. El donut gigante que no pudimos terminar. Su risa al intentar pronunciar nombres en español, su cara al ver el skyline desde el coche. Sus manos entrelazadas con las mías en la terraza de Brickell. La forma en que me miraba… como si no existiera nada más. Cerré los ojos.

—¿Para qué…? —susurré.

Tanto control. Tanta tensión. Tantas reglas. Había sido más feliz paseando sin rumbo que firmando contratos millonarios. Cogí el teléfono, casi sin pensarlo, y llamé. Dos tonos.

—¿Sophie? —la voz de Santini sonó grave—. ¿Sabes qué hora es aquí?

—¿Te desperté?

—Ahora sí —rió bajo—. Son las cuatro de la madrugada. ¿Todo bien?

Miré el reflejo de la ciudad en el agua.

—No voy a poder dormir.

Pequeño silencio.

—¿Ya se fue?

—Sí… ya se fue.

Respiré hondo.

—¿Alguna vez has pensado en… dejarlo?

—¿Dejar qué?

—Esto. El negocio… esta vida… todo.

Se tomó unos segundos antes de contestar.

—Sophie… esta conversación supera mi capacidad mental a las cuatro de la mañana.

Me reí.

—En serio, Julien. ¿Alguna vez lo has pensado?

Hubo un silencio breve.

—Muchas veces… pero querer no es poder.

—¿Nunca imaginaste algo normal?

—Lo normal es subjetivo. Sophie… nosotros no tenemos botón de apagado.

—Estos días he sido feliz de verdad. Y hacía años que no lo era.

No interrumpió.

—Con él todo es fácil. Caminamos, comemos cualquier cosa, hablamos de nada… y de todo. No pienso en cifras, ni en riesgos… ni en quién me observa.

—¿Estás pensando en dejarlo de verdad? —preguntó más suave.

—No lo sé… estoy confundida.

Miré la ciudad otra vez.

—Hoy paseábamos por Wynwood… y apareció el inspector de la DEA otra vez.

—¿Otra vez?

—Sí.

—¿Y Lorenzo?

—Incómodo… intentando entender sin preguntar.

Hice una pausa.

—Esto no va a parar. Cada vez será peor.

Tragué saliva.

—Él no se merece vivir cerca de esto.

—Lo sé —respondió Santini—. Por eso siempre digo que nuestros mundos no se mezclan bien.

Silencio.

—Por primera vez quiero algo que no puedo proteger —murmuré.

—Y por primera vez tienes algo que perder.

Apoyé la cabeza en el respaldo.

—No quiero hacerle daño.

—Entonces piensa muy bien lo que vas a hacer —dijo con calma—. Porque aquí no hay término medio.

Miré la piscina, inmóvil.

—Ojalá fuera simple…

—Nunca lo ha sido contigo —sonrió en su voz—. Pero puedes decidir hasta dónde llegas.

Respiré hondo.

—Gracias por contestar.

—Siempre, Sophie.

Colgué y el silencio regresó despacio. El skyline seguía al fondo, pero Miami ya no brillaba igual.