La Intérprete VÉRTIGO
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VÉRTIGO

DESPUÉS DE PARÍS

Caminamos sin rumbo por Ocean Drive. Lorenzo señalaba fachadas art déco que yo llevaba años sin mirar. —Mira la simetría… y esas líneas curvas.

Hicimos fotos. Entramos en tiendas absurdas. Compramos un donut gigante, excesivamente azucarado.

—Esto es ilegal —reí—. Aquí todo es enorme. —Estados Unidos… tutto XXL.

Nos reíamos por cualquier cosa.

Sin negocios. Sin nombres. Solo nosotros.

El sol empezó a caer sobre Ocean Drive.

El cielo no anochecía de golpe: primero dorado, luego naranja sobre el mar, después rosa en los ventanales… y al final un azul profundo que parecía tragarse los edificios.

Caminábamos sin prisa mientras las luces se encendían.

—¿Qué quieres hacer ahora? —pregunté—. Tendrás hambre… y estarás agotado con el desfase horario.

Sonrió, cansado. —Un poco… sí.

Nos reímos.

—¿Algún sitio tranquilo? —añadió.

Lo pensé unos segundos. —Sí… conozco uno.

Lo miré. —Vamos.

Llamé a mi conductor. —A casa.

Durante todo el trayecto casi no hablamos.

Nuestras manos permanecieron entrelazadas en el asiento trasero, y de vez en cuando nos mirábamos, sonriendo sin saber muy bien por qué.

Yo seguía sin palabras.

Llamé al servicio desde el coche.

—Preparad una cena en el jardín, junto a la piscina. Esta noche vengo con alguien especial.

Colgué.

Me miró. Le había gustado.

Cuando cruzamos el acceso a la isla, Lorenzo volvió la vista hacia la ventana.

No con codicia, sino con curiosidad.

—Esto… —sonrió— cambia bastante respecto a mi pequeño taller.

—No es lo importante. —Lo sé.

Me miró, y supe que lo sabía.

Entramos.

La mesa estaba preparada junto al agua, con velas bajas y los manteles moviéndose con la brisa.

La ciudad se reflejaba en la piscina.

—Vaya… —susurró— otro mundo.

—Te dije que Miami te iba a gustar.

Se acercó.

—Lo que me gusta… es lo que hay en Miami.

Me besó.

Nos sentamos frente a frente, aunque pronto dejamos de estarlo.

Las miradas se alargaban más de lo necesario.

Compartimos platos, probamos el postre del otro y acabamos dándonos de comer, riendo como si nos conociéramos de siempre.

—Acércate más —susurró—. Hemos estado demasiado tiempo separados.

No podía ser tan perfecto.

Hablamos de nuestras vidas. De Santini.

—Le regalé los clubs… y ahora los gestiono yo —reí—. Me he metido en mi propia trampa.

—Pero él tiene una buena razón para confiar —dijo—. Eres muy profesional.

—Y él demasiado mujeriego —reí—. En la fiesta del yate casi me da algo.

—Siempre ha sido así.

—No me quiero imaginar vuestras fiestas…

Negó. —Yo no.

Lo miré, incrédula.

—Nunca he sido de fiestas. Prefiero estar tranquilo… trabajando.

—Es increíble lo que haces —dije—. La delicadeza con la que tocas las obras…

Me miró con calma. —Cuando algo es importante… hay que tratarlo con cuidado.

El silencio cambió.

Nos acercamos. Sus manos encontraron mi cintura.

Un beso. Luego otro, más lento, más largo.

Subimos al piso de arriba casi sin hablar y nos dejamos caer sobre la cama, riendo, nerviosos.

Se detuvo un instante y miró alrededor: la ciudad al fondo, la luz, el silencio. Después volvió a mí… y sonrió.

Todo lo demás desapareció.

No era urgencia. Era cercanía. Descubrimiento.

Nos buscamos sin prisa, despacio, como si el tiempo se hubiera detenido. Sin distancia, solo respiraciones que se encontraban tras demasiado tiempo.

Luego, bajo las sábanas, permanecimos en silencio.

Sentía su pecho bajo mi cabeza.

Cerré los ojos.

Por un momento, después de París, volvía a ser feliz.

VÉRTIGO

Desperté antes que él.

La luz de Miami entraba suave por los ventanales, dibujando sombras doradas en las sábanas.

Durante unos segundos no me moví. Solo lo miré.

Dormía boca abajo, el brazo extendido hacia mi lado. El cabello ligeramente revuelto, la respiración tranquila. Tan lejos del ruido de mi mundo que casi parecía irreal.

Le acaricié el hombro con la yema de los dedos.

Abrió los ojos despacio.

—¿Qué hora es? —susurró.

—La hora perfecta —sonreí—. Tengo algo preparado.

Entrecerró los ojos, curioso. —¿Debo preocuparme?

—No. Pero a un siciliano debería gustarle.

Se incorporó un poco. —¿El qué?

—El mar.

Una sonrisa lenta apareció en su rostro.

—Entonces me encantará… el mar siempre me ha inspirado. Desde pequeño. Podía pasar horas mirándolo… o dentro de él.

—Perfecto —respondí—. Hoy no hay teléfonos, ni reuniones… ni nada que no seamos nosotros.

Me miró de una forma distinta. Más profunda.

—Eso sí es una sorpresa

Después de desayunar, bajamos al embarcadero privado.

Mi yate blanco nos esperaba, balanceándose suavemente. Elegante. Madera clara, metal pulido, cojines crema. Todo cuidado, sin ruido.

—Tranquilo —le dije—. No es el yate de las fiestas de Julien.

Se rió. —Menos mal.

Subimos y el motor arrancó con suavidad, alejándonos poco a poco del muelle. El aire era cálido, salado, limpio. Me senté a su lado, en la proa. Durante unos minutos ninguno habló: solo el sonido del agua abriéndose bajo nosotros.

—Rumbo al sur —dije al capitán.

El mar cambiaba de color a cada milla: turquesa, verde, azul profundo.

—Nunca me acostumbraré a esto —murmuré.

—Hay cosas a las que no hay que acostumbrarse… porque dejan de desarmarte.

Giré la cabeza. —¿Como qué?

Me miró. — Come te.

Algo en mi pecho se tensó.

Guardé silencio.

Sonrió, leve, y continuó.

—La primera vez que te vi… no sabía quién eras. Solo vi a una mujer con una seguridad que no se aprende.

Hizo una pausa.

—Cómo caminabas… cómo mirabas… No mirabas a la gente, Sofía. Parecía que atravesabas el lugar.

Tragué saliva.

—Luego hablaste —añadió— y pensé: esta mujer tiene algo. No por lo que hace… sino por lo que provoca.

—¿Provoco?

—Silencio. Atención… —bajó la voz—. Y, en mi caso, la imposibilidad de olvidarte.

Aparté la mirada hacia el horizonte.

—No piensas eso de verdad…

—Pienso en ti cada día.

El viento movió su camisa.

—En el taller… conduciendo… incluso hablando con mis amigos… Siempre apareces.

Bajé la cabeza.

—Sofía… —dijo más suave—. Desde el primer día que te vi, estás en mi cabeza.

Todo a mi alrededor pareció detenerse.

Levanté la vista.

—No sé qué decir… —confesé en voz baja—. Si te soy sincera… me impones. Demasiado.

Dudé un segundo.

—Y no me había pasado algo así en años.

Lorenzo bajó la mirada, sonriendo con timidez.

Anclamos en una zona de agua clara, completamente tranquila.

—¿Listo? — Sempre .

Saltamos al agua. Fría al principio, perfecta después. Jugamos, nos salpicamos, nadamos sin rumbo. Y, sin darme cuenta, dejé de estar alerta. Solo reía.

Al subir al barco seguíamos riendo. Me envolvió con la toalla con cuidado y se quedó mirándome en silencio.

— Sei davvero troppo bella …

—No hables en italiano —reí—. Es injusto. —¿Por qué? —Porque me desarma.

Sonrió. —Entonces lo haré más.

Lo empujé suave. Nos besamos.

Comimos en cubierta. El sol calentaba sin quemar.

—¿Cómo cambió tu vida? —preguntó.

Tardé unos segundos.

—No la busqué… simplemente ocurrió. Todo empezó con una maleta.

Frunció el ceño.

—Alguien decidió que yo era la ficha perfecta para su tablero. Lo que no sabían… —hice una pausa— era que acabaría cambiando la partida.

Me escuchaba en silencio.

—Empecé traduciendo… luego negociando… entendiendo a la gente. Sus silencios. Sus intenciones.

Bajé la mirada.

—Y un día… ya era demasiado grande para salir.

Asintió.

—Nunca lo hiciste por ambición.

Lo miré. —¿Cómo lo sabes?

—Porque cuando hablas de poder no brillan tus ojos… pero cuando hablas de cosas simples sí.

Respiré hondo.

—Vivía en un piso pequeño en Madrid… y era feliz.

Me miró intensamente. —Aún está ahí.

—No —negué—. Soy otra persona.

—No —repitió—. Solo te protegiste.

Lo miré en silencio.

—Lorenzo… hay cosas de mis negocios que quizá nunca pueda contarte.

Bajó la mirada un instante.

— Lo so , Sofía.

Se inclinó un poco hacia mí.

—Todos tenemos partes que no compartimos. Lo importante es quién eres cuando estás aquí conmigo.

El silencio fue largo.

Tomé aire.

—Tengo que decirte algo. Es justo que sea sincera contigo —dudé unos segundos—. Yo… he estado casada.

No cambió la expresión.

—Lo sé.

Levanté la mirada. —¿Lo sabes?

—Julien me lo contó.

Asentí, despacio. —¿Y lo sabes todo?

—Sé que un día desapareció… y lo que eso supuso para ti.

El aire se quedó suspendido.

—Tenía que decírtelo. Para mí eres especial.

No añadí nada más.

Sonrió.

Se inclinó hacia mí.

Sus labios rozaron los míos.

—No digas nada más, Sofía…

Otro beso, más lento.

—Me gustas mucho.

Apoyó la frente en la mía.

—Y quiero que avancemos.

El día se alargó sin prisa. Nos bañamos otra vez y hablamos de la infancia, de Sicilia, de Madrid, de recuerdos pequeños.

Al entrar en la cabina, el mundo desapareció. Nos tumbamos, todavía riendo con cierta timidez. Se acercó despacio, como si temiera romper algo frágil.

Nos buscamos sin prisa, en silencio, como si necesitáramos asegurarnos de que era real.

Después, abrazados bajo la sábana, apoyé la cabeza en su pecho. Su respiración marcaba el ritmo y, casi sin advertirlo, dejé de pensar en el presente para proyectarme en un futuro. Con él.

Y eso me dio más vértigo que cualquier peligro que hubiese vivido.