ARRIVO
La noche había caído sobre el puerto de Mónaco como un telón de terciopelo negro salpicado de luces.
El yate de Santini dominaba la marina. No era grande. Era desproporcionado.
Tres cubiertas abiertas al mar, madera pulida reflejando la luz como estrellas duplicadas. Arriba, un DJ mezclaba electro-jazz. Camareros uniformados se movían en silencio con bandejas de plata. Caviar, ostras, trufa negra. El champán no se pedía. Simplemente aparecía.
Santini estaba en su elemento. Traje azul noche, camisa abierta un botón más de lo prudente, esa sonrisa de anfitrión que mezclaba elegancia y descaro marsellés.
Yo llevaba un vestido de seda color champán que, bajo las luces del puerto, parecía dorado. Tirantes finos, la espalda descubierta.
—Sophie —me dijo al verme subir—, si Montecarlo tuviera reina, hoy ya tendríamos coronación. —Y tú, si tuvieras vergüenza —respondí—, no estarías bebiendo antes de que lleguen los rusos. —Es estrategia diplomática.
Reímos.
Nos sentamos en la terraza de popa, en la barra exterior del yate: el mar negro detrás, las luces del puerto frente a nosotros.
Los rusos llegaron puntuales.
Trajes impecables, miradas duras, educación fría.
Mikhail Petrenko era atractivo de forma severa. Observaba todo. Especialmente a mí.
Pedimos champán
—Montenegro… Croacia… —dijo Santini, apoyando el codo— puertos pequeños, menos control.
—Menos ruido —respondió Petrenko —. Más discreción. Queremos gente fiable allí.
Hablábamos. La fiesta seguía a nuestro alrededor: música, risas, copas chocando.
Mi teléfono vibró.
Lorenzo: ¿Sobreviviste al día?
Una sonrisa involuntaria se me escapó.
Yo: Depende de la definición de sobrevivir.
Seguí escuchando al ruso mientras escribía bajo la barra.
—Necesitamos regularidad —decía Volkov—. No sorpresas.
Yo: Estoy en una fiesta demasiado elegante para mi salud mental.
Pausa.
Lorenzo: Entonces escapa.
Levanté la vista.
Mikhail Petrenko me miraba fijamente mientras hablaba Santini.
—Nuestra Intérprete parece feliz —comentó con media sonrisa.
—Siempre —respondí con naturalidad.
El acuerdo avanzó. Cifras, rutas, garantías. Santini intervino justo cuando hacía falta. Yo cerré lo que faltaba cerrar.
Finalmente, Volkov levantó la copa.
—Tenemos trato.
Brindamos.
La música subió de intensidad: el electro-jazz dio paso a un house elegante.
El yate se convirtió en una pequeña ciudad de excesos.
Santini ya estaba bailando con medio mundo.
Mikhail Petrenko se acercó de nuevo.
—Usted no celebra —dijo.
—Yo trabajo.
—Podría dejarlo unas horas. Celebrar conmigo.
—No entra en el trato.
Sonreí con una educación impecable.
Él lo entendió.
—Lástima.
Se alejó.
Santini apareció detrás de mí riéndose.
— Mon dieu Sophie… tienes huevos.
—Tengo límites.
Chocamos las copas.
—Una vez más —dijo— gracias a ti abrimos territorios.
—Una vez más te salvaré de tu propia fiesta.
—Imposible esta noche.
Se lo llevaron otros invitados.
A medida que la fiesta avanzaba, Santini se desmelenaba entre risas, copas que no dejaban de llenarse y mujeres que giraban a su alrededor como si la noche le perteneciera.
Me aparté hacia la barandilla.
El mar, oscuro y tranquilo, ajeno a la música.
Saqué el móvil.
Yo: Por favor sácame de aquí.
Respuesta casi inmediata.
Lorenzo: Tutto bene?
Miré hacia atrás. Santini bailaba con dos botones de más desabrochados y la chaqueta abandonada en algún sitio del yate.
Yo: Fiesta lujosa, excesos… en diez minutos Julien estará bailando sin camisa sobre la barra.
Pausa breve.
Lorenzo: Ok. Arrivo.
Leí la palabra varias veces.
Arrivo .
El ruido dejó de pesar.