EL TALLER
El puerto seguía lleno de música, risas, copas alzadas… pero yo ya no estaba allí.
Bajé por la pasarela del yate con los tacones en la mano. El aire del Mediterráneo me golpeó la piel caliente. Por primera vez en toda la noche, respiré.
Entonces lo vi.
La moto.
Y él, esperando.
Cazadora de cuero, camisa clara, el pelo movido por la brisa. Al verme descalza, con el vestido agitado por el viento, se quedó quieto un instante… y sonrió.
—Sofía… sei troppo bella .
Me puse roja al instante.
—Había… buen ambiente —murmuré, intentando parecer normal.
Miró hacia el yate, donde la música retumbaba.
—¿Y Julien?
No pude evitar reír.
—La última vez que lo vi se alejaba del brazo de una pelirroja y una morena.
Lorenzo soltó una carcajada suave.
—No cambia.
Luego volvió a mirarme. Más despacio. Más serio.
—¿Dónde quieres ir?
Negué con la cabeza.
—No lo sé… a un sitio tranquilo. Tengo hambre.
Pensó un segundo.
—Ok… plan improvisado.
Me tendió el casco.
Subí detrás de él. El motor vibraba bajo nosotros y la ciudad quedó atrás en pocos minutos. El viento fresco, la carretera costera iluminada a tramos, el olor salado del mar mezclado con el olor de la noche y mi mejilla casi rozando su espalda.
Cada curva hacía que me acercara un poco más.
No decía nada. Yo tampoco.
Pero el silencio era cómodo.
Cruzamos la frontera italiana y paramos frente a un pequeño puesto iluminado por un único neón que ya estaba cerrando.
— Ancora una pizza? —preguntó Lorenzo.
El hombre suspiró y sonrió, resignado.
Esperamos apoyados en la moto. Nos mirábamos y apartábamos la mirada como dos adolescentes.
Volvió con la caja caliente entre las manos.
—¿Y ahora? —pregunté.
Miró la carretera… y luego a mí. —Todo está cerrado… pero se me ocurre un lugar donde podríamos cenar.
Las calles se volvieron estrechas. Pueblos dormidos. Persianas bajadas. Pasos de peatones vacíos.
Finalmente se detuvo frente a una puerta metálica discreta. Sacó unas llaves.
El ruido del cierre al alzarse rompió el silencio.
Entramos.
Su taller.
Olía a madera antigua, barniz y tiempo.
Luz cálida indirecta, mesas de trabajo cubiertas de herramientas finas, pinceles alineados con precisión casi obsesiva, lienzos apoyados contra la pared, esculturas a medio restaurar.
Me quedé quieta.
Era fascinante.
—Es… precioso.
Él se encogió de hombros, apenas. —Es el sitio más especial que tengo… es mi vida.
Me acerqué a una pieza dorada apoyada en un caballete. —¿Cuántas historias pasan por tus manos?
—Muchas —dijo en voz baja—. Pero esta noche prefiero crear una nueva.
Esa frase me estremeció.
Buscó alrededor y encontró una gran tela limpia enrollada. La extendió en el suelo. —No es el lujo al que estás acostumbrada… pero así no te mancharás.
Colocó la caja de pizza en el centro.
Luego me miró. —Estás bellísima.
El corazón me golpeó mientras nos sentábamos frente a frente. No recuerdo haber probado la pizza. Solo sus ojos y lo increíblemente atractivo que estaba bajo aquella luz cálida.
El silencio creció entre nosotros. Nadie dio permiso. Simplemente pasó. Nos inclinamos casi al mismo tiempo.
El primer beso fue suave. Eléctrico. Como si lleváramos deseándolo desde que nos vimos la última vez. Sentí un calor inmediato subir por el pecho.
Sus manos cerraron suavemente mi cintura. Las mías se apoyaron en su pecho firme, cálido.
Nos separamos un segundo. Nos miramos. Sonreímos sin saber por qué. Volvimos a besarnos. Dos. Tres. Cuatro.
Cada vez más cerca. Más natural. Más intenso.
Mis dedos subieron hasta su cuello, luego a los botones de su camisa… uno… otro… La tela cedió y mi palma tocó su piel. Su respiración cambió. La mía también.
Al descubrir su torso sentí una oleada cálida, una admiración íntima que me hizo sonreír. Lo recorrí con las manos, aprendiendo su forma como si fuera un territorio nuevo. Él me acariciaba a su vez, con una mezcla de firmeza y cuidado que me hacía estremecer.
Las manos, las caricias, la cercanía de los cuerpos sobre la tela extendida. El olor a madera y pintura mezclándose con su piel y esa inesperada sensación de paz dentro del deseo.
Nos buscamos sin palabras, guiados por esa urgencia dulce que ya no quería esperar. Y allí, entre susurros y respiraciones entrecortadas, hicimos el amor, no como un arrebato, sino como si ambos supiéramos que aquel momento nos pertenecía.
El tiempo se detuvo. No era urgencia. Era conexión.
Cuando todo se calmó, nos quedamos muy cerca, respirando igual, mirándonos todavía sorprendidos. Y en sus ojos no había conquista. Había ternura.
El trayecto de vuelta fue al amanecer. Más silencioso. Más suave.
Cuando paramos frente al Hôtel de Paris , me quité el casco lentamente.
Nos quedamos frente a frente.
—Gracias por esta noche improvisada —dije.
Sonrió.
—Simple… pero intensa.
—Perfecta —respondí.
Nos dijimos adiós con un beso tibio y delicado, lleno de ternura y complicidad.
Nos miramos un segundo más.
Sonrió de nuevo.
Subí las escaleras del hotel y, antes de entrar, me giré.
Seguía allí.
Y volvimos a sonreír.